Por Cristóbal OsorioDilema Bachelet: Estado o Provincia

Chile debe hacer todo lo que esté a su alcance para conseguir que Michelle Bachelet logre la Secretaría General de la ONU. Algo que incluye el respaldo del futuro presidente José Antonio Kast, por mucho que él sienta que está en las antípodas de ella en la política local.
La razón para eso es que el mundo no empieza en Arica ni termina en Magallanes, por lo que ver este asunto como un “amarre” del Gobierno saliente es tan equivocado como provinciano.
Chile no es una republiqueta, pero sí es un país pequeño en un planeta de gigantes incómodos que están en un brusco proceso de ajuste. Por mucho que la misma ONU esté en entredicho, nuestra mejor alternativa es promover y ojalá encabezar instancias de diálogo multilateral que apuesten por la interdependencia económica y el derecho internacional. Esa ha sido la política del país que le ha permitido navegar y prosperar en los últimos 35 años, diversificando sus alianzas políticas y sus mercados, con lo que Chile tiene juego en América, Asia y Europa.
Bachelet tampoco es una figura cualquiera. Tiene todos los elementos para prestigiar a Chile a la cabeza de la ONU. Ha sido dos veces presidenta del país (siendo la primera mujer en lograrlo) y tuvo un buen desempeño en el nada fácil cargo de alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, después de haber sido ella misma una víctima de violaciones de estos derechos en una dictadura repudiada globalmente y exitosamente dejada atrás.
En esa calidad, Lula da Silva y Claudia Sheinbaum convinieron apoyar a Bachelet, con el implícito reconocimiento de que se trata de una candidatura de América Latina, donde Brasil y México -los dos gigantes regionales- se ponen de acuerdo. Esto, en momentos en que la región necesita de unidad para hacer frente a la fuerza y la incertidumbre de esta era.
Visto así, Kast tiene dos opciones.
La primera es persistir en la guerra cultural contra el mundo progresista para imponer una agenda ultra liberal en lo económico, conservadora en lo valórico, nacionalista en lo político y proestadounidense en lo internacional. Algo que le permitió saltar a la primera línea de la política nacional, y que lo acercaría a Donald Trump, Javier Milei y una derecha tal vez tan feroz como fugaz.
La segunda opción va más en la línea de moderación pragmática que lo llevó finalmente a La Moneda (alejándolo de Johannes Kaiser) y lo vistió de estadista en su visita al Brasil de Lula. Algo que no es otra cosa que escuchar el venerable mantra del buen manejo público, el que señala que la política exterior de un país responde a un trabajo de Estado que trasciende a los gobiernos de turno.
Esta opción ha sido la del Chile democrático, cuya línea está marcada por el multilateralismo para participar de los asuntos globales, el pragmatismo y la autonomía frente a los grandes bloques y el imperio del derecho para defender sus intereses. Eso es lo que al país le ha granjeado coherencia, seriedad, prestigio y un lugar en la mesa.
A propósito de eso, Kast debiese escuchar con atención las palabras del primer ministro canadiense y ex banquero central de Inglaterra y Canadá, Mark Carney, quien dijo que “las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estás en la mesa, estás en el menú”.
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