¿El Derecho de Vivir en Paz?

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La derrota cultural de la derecha parte, precisamente, cuando se normalizan este tipo de afinidades por temor a ir contra la corriente y para acercarse más a la intelligentsia progre.



Contaba un amigo que, noche tras noche después del 18 de octubre, sonaba incesantemente la pegajosa melodía de la versión remasterizada de El Derecho de Vivir en Paz de Víctor Jara. Al principio, reconoció que comenzó a tararearla por efecto repetición. No tenía muchas alternativas: vive en una casa pareada del sector pujante de Las Condes y era difícil, sino imposible, evitar oír la iteración continua de uno de los hits del estallido de violencia.

Al poco andar, hizo doble clic en la letra: “Con respeto y libertad, un nuevo pacto social”, se escuchaba cantar a Mon Laferte; “Los estudiantes no lo dejarán dormir, si usted no los deja soñar”, agregaba en tono desafiante Manuel García. Mi amigo, de la derecha tibia, obviamente no se sentía muy cómodo con algunos conceptos ni menos con que la canción fuera un verdadero himno para los que a esa misma hora quemaban y destruían el centro de Santiago. Al cabo de unos meses, el ejercicio acústico se volvió una pesadilla, que solo terminó aplacado por la aparición de la pandemia en marzo.

“Yo creo que la cultura, el arte y particularmente el contenido tan bonito de esa canción, no debiera ser propiedad de algún sector político o ideológico”, afirmó un diputado de derecha al ser consultado por el slogan que la UDI acuñó en su campaña por el rechazo, basado en el título de la canción de Jara. ¿En serio? ¿De qué contenido tan bonito estamos hablando? ¿Arte o cultura? Curiosa descripción.

Quizás fue un gaffe y quería referirse a la letra original de la mentada canción. ¿Poeta Ho Chi Minh? ¿Tío Ho? Si ya la nueva versión es mala, la antigua es francamente deplorable. ¿Cómo podemos encontrar bonita una canción que es un homenaje a uno de los dictadores más sangrientos del Sudeste Asiático, como Ho Chi Minh?

Víctor Jara era un buen director de teatro, pero un cantante regular, afirmó Benjamín Mackenna. “Yo no canto por cantar, ni por tener buena voz”, afirmaría el propio Jara en su Manifiesto. Efectivamente, a mi juicio, si Víctor Jara no hubiese sido brutalmente asesinado, sus canciones habrían pasado sin pena ni gloria en Chile y el mundo. Solo su inaceptable martirio es capaz de explicar su ascenso a la constelación de artistas comunistas de Latinoamérica, y es la razón de que hoy muchos tengamos que escucharlo una y otra vez por culpa de la izquierda y a veces, incluso, de la derecha.

La derrota cultural de la derecha parte, precisamente, cuando se normalizan este tipo de afinidades por temor a ir contra la corriente y para acercarse más a la intelligentsia progre. Muchos dirigentes de derecha se ufanan de disfrutar los escritos de Gramsci, Marx o Lenin, quizás tomando algunas notas sobre ideas innovadoras; otros alegremente celebran las melodías de Quilapayún, Aznar, Ana Tijoux o el propio Jara, las colocan en sus playlists y comentan su afición por la variedad de gustos en reuniones y redes sociales.

¿Ustedes creen que Camila Vallejo ha escuchado alguna vez a Alberto Plaza o que canta Yo te seguiré en la ducha? ¿Creen acaso que entre los 8 mil libros que tiene Daniel Jadue en su biblioteca, los más destacados son Capitalismo y Libertad de Milton Friedman o La Revolución Silenciosa de Joaquín Lavín? ¿Que los subraya y saca ideas nuevas para su futuro programa de gobierno? Lo dudo.

No se trata de desechar la cultura y música comunista sólo por el hecho de ser marxistas. Hay cantantes rescatables y melodías que, en ciertos momentos, hasta pueden ser inspiradoras. También es indispensable leer a sus autores para conocer sus argumentos e instruirse en cómo desmontarlos.

Pero no hay que ser ingenuos ni caer en el simplismo de creer que detrás de cada canción y cada texto, no hay un esfuerzo ideológico destinado a cautivar a las masas e inconscientemente ir debilitando a sus adversarios. Por eso mismo se equivocan quienes de un día para otro buscan camuflarse con el disfraz de socialdemócrata, creyendo que, por declararlo, van a ser recibidos con los brazos abiertos. También se equivocan quienes creen que si el apruebo arrasa en el Plebiscito, misteriosamente todos los chilenos serán ganadores esa noche y viviremos una verdadera fiesta transversal en Plaza Italia.

“Toda revolución ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeación de ideas a través de agregados humanos al principio refractario y solo atentos a resolver días a días, horas por horas, y por ellos mismos sus problemas económicos y políticos, sin vínculos de solidaridad con los demás que se encontraban en las mismas condiciones”, escribió Gramsci. Así reflejaba el filósofo italiano la claridad de la misión revolucionaria que tienen los comunistas y la necesaria disciplina que deben observar para alcanzar sus objetivos de hegemonía cultural, política y social. Si algo les debería quedar grabado a los dirigentes de derecha que leen a Gramsci, son este tipo de instrucciones a los comunistas que revelan, sin ambigüedades, el plan para destruirlos.

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