El peligro de vincular inmigración con delincuencia




Por Daniel Hasson, profesor de Derecho Penal de la Universidad Andrés Bello.

La narrativa de vincular la migración a la criminalidad no es algo novedoso, basta recordar que, durante el siglo XX, muchos países dirigieron fuertes políticas públicas, teniendo este paradigma como uno de sus ejes centrales.

Es más, hoy, si nos aventuramos, podríamos pensar que hay buenas razones teóricas para pensar que los inmigrantes deberían exhibir tasas de delincuencia más elevadas que las de la población nacional. Por ejemplo, los inmigrantes podrían encontrar mayores problemas para adaptarse a las culturas, problemas que la población nacional no confrontaría. A su vez, podríamos pensar que los inmigrantes tienden a encontrar residencia en barrios desorganizados y caracterizados por condiciones estructurales negativas tales como la pobreza, con códigos culturales en que los inmigrantes pudiesen conflictuar.

Sin embargo, a pesar de éstas y otras razones que se podrían sugerir, la gran mayoría de los estudios empíricos han evidenciado que los inmigrantes, salvo muy escasas situaciones, se encuentran infra-representados en las estadísticas criminales (On Immigration and Crime. Martínez y Lee).

Chile sigue esta regla general, los inmigrantes no tienen una representación importante en los índices de criminalidad en el país. Así, revisando las cifras proporcionadas por Gendarmería de Chile, es posible identificar que 2.974 extranjeros fueron condenados, de un total de 58.088 personas condenadas, esto equivale a 5,1% y, de esta cifra, 1.442 extranjeros fueron expulsados del territorio nacional. (Compendio Estadístico Penitenciario 2019)

Sinceramente, ojalá no fuese necesaria esta columna, no obstante, estos últimos días hemos presenciado dos declaraciones de autoridades sobre la inmigración que, por decir lo menos, llaman profundamente la atención.

La primera corresponde a una entrevista del alcalde de la comuna de Santiago, Felipe Alessandri, quien sostuvo, a propósito de comportamientos inadecuados de la población en pandemia que: “Algunos [inmigrantes] con sus conductas fomentan la xenofobia”.

La segunda, corresponde a una declaración emitida por el jefe del Departamento de Extranjería, Álvaro Bellolio, que se produce con ocasión de la tramitación del proyecto de ley sobre Migración y Extranjería, Boletín N° 8.970-06. En esta entrevista, sostuvo que: “(…) visibilizar su expulsión ayuda a generar confianzas en que el extranjero que está en Chile no tiene antecedentes y, si llega a cometer delitos, va a ser expulsado. Poco ayuda la visión buenista de que nuestro país sea el centro de la rehabilitación de migrantes delincuentes porque genera tensión entre nacionales y extranjeros debido a la impunidad de que cometer delitos, si eres extranjero, no tiene consecuencias.”

El punto central acá es reconocer que Chile tiene un largo desafío en esta materia, por esto, lo sustantivo es instar a ser cautos en la peligrosa estigmatización y dañina desinformación que, declaraciones como las precedentes, generan. Por lo anterior, es esperable que las autoridades no acudan más a una suerte de scapegoat para culpar graves situaciones y crisis actuales.

Preocupa e insta a ocuparnos de que esta narrativa no eche abajo alguna posibilidad de construir una adecuada estrategia en la tarea de disminuir el delito y mejorar la seguridad, junto con impedir que la migración y la criminalidad se vuelvan conceptos afines.

En este sentido, las autoridades debiesen procurar no instalar una cultura de desconfianza y temor sobre un fenómeno social que llegó para quedarse y con el cual todos debemos convivir, disfrutar y aprovechar, para desarrollarnos como una sociedad mucho más justa, multicultural e inclusiva.

Finalmente, cabe preguntarnos entonces: ¿será muy difícil cambiar el foco y centrar el debate y la investigación en el efecto positivo que tiene la inmigración en las comunidades y en la reducción de la delincuencia?

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