
El sentido común

Hay algo muy internacional en esta ya no tan nueva derecha a la que no le gusta el prefijo “ultra”. Rasgos comunes como el lenguaje agitado para apelar a las frustraciones colectivas que cunden, el uso de Youtube y TikTok como plataformas de difusión de contenidos reñidos con los hechos, un lenguaje agresivo con todo quien discrepe de sus ideas y un desdén ácido con sus aliados: la expresión “derechita cobarde”, en origen atribuida a Santiago Abascal –el líder de Vox en España–, para referirse al Partido Popular español, ha sido utilizada también por sus contrapartes latinoamericanas, incluso chilenas, para referirse a los partidos tradicionales del sector y a sus dirigencias. En esos casos buscan marcar diferencia echando mano a las burlas, pero cuando se trata de distinguirlos de la derecha tradicional añadiendo un prefijo que haga alusión a la intensidad ultra y extrema de sus propuestas, entonces no vale hacer distinciones y contraargumentan que sus ideas –básicamente encoger el Estado al mínimo, privatizar al máximo, igualar libertad de expresión con derecho a insultar a los débiles, y demonizar todo lo que desconocen–, lejos de ser ultra o extremas, son de “sentido común”.
La explotación del “sentido común” como reemplazo del conocimiento o de la relación pormenorizada de causas y consecuencias de un fenómeno ha sido una estrategia brillante. Puesta en perspectiva, ha revalorizado el alcance de la experiencia individual concreta de quien se resiste a perder el tiempo reconociendo la propia ignorancia –que todos padecemos en un mundo tan complejo–, apagando de paso el deseo de saber, desdeñando la actividad intelectual y otorgándole mérito a la sensación inmediata, como si eso bastara: la tierra es plana, no hace falta más que salir a la calle para comprobarlo; la ciencia es una pérdida de tiempo y las vacunas una trampa, lo leí en internet; ayer hizo mucho frío, por lo tanto, lo del cambio climático es una mentira para someternos. Para muchísimas personas, cada una de esas aseveraciones conviven en el mismo plano de realidad con el desempleo, la inseguridad, el maltrato en ciertos servicios públicos y los cobros abusivos crónicos que sufren a diario. Son ciudadanos y clientes en discusión permanente con un bot que atiende sus reclamos sin darles solución. Lo que ofrece esta nueva derecha es secuestrar toda esa nube de experiencias cotidianas, darles un valor, transformarlas en símbolos de una rebeldía extendida y usarlas como forma de desquite en contra de quienes detentan el poder. Es una pauta global con un patrón internacional, ejecutada por quienes se arrogan el adjetivo patriota –en diferentes idiomas y acentos– y la defensa de una esencia nacional que estaría diluyéndose por la acción del Islam en Europa, la migración latinoamericana en Estados Unidos, los pueblos originarios en América Latina, la ONU en todo el mundo, las élites en todas partes (excluyendo a los megamillonarios), las organizaciones LGBTIQ+, los científicos y humanistas, y Greta Thunberg. Hay un guion internacional de base, pero elencos nacionales variables, con líderes a la medida idiosincrática de cada cultura.
Actualmente, nada parece sumar tanta adhesión electoral como ofrecer un cambio que le corrobore al votante que se han estado burlando de él o de ella, tomándolo por tonto, usándolo para que otros lleguen al poder a vivir una vida que ellos jamás podrán tener. Ocurrió en EE.UU., en Brasil, en Argentina, y todo indica que puede ocurrir también en Chile. Una aplastante mayoría votó por Javier Milei, quien nunca ocultó cuáles serían sus intenciones políticas y comenzó su mandato presentando una maquinaria de decretos –ley ómnibus– para eliminar subsidios, fondos públicos, ministerios e instituciones. Pero para que Milei llegara al poder fue necesario el fracaso anterior, primero de la centroderecha y después de sus adversarios, la última versión del peronismo encabezada por Alberto Fernández. De un modo similar, en Chile lo que le está pavimentando el camino a José Antonio Kast en su carrera presidencial no solo es la fórmula internacional de la ultraderecha, la incapacidad de la derecha tradicional para diferenciarse, sino también el actual gobierno en ejercicio y su conmovedora pasión para contradecir la palabra empeñada, defraudando a su electorado.
Un presidente que a siete meses de dejar el poder decide ejercer de comentarista internacional hablando sobre el ataque de Trump a los museos en Estados Unidos –como si aquí el panorama de las instituciones culturales fuera jauja–, durante la misma semana en que su ministro de Vivienda ningunea a las familias que quedaron sin casa en el incendio de 2024 de Viña del Mar, es un líder que está pensando en su futuro político, no en el bienestar del país. El mismo presidente Gabriel Boric les aseguró a los afectados por la catástrofe de 2024 que no estarían solos. Bueno, ya fueron informados que no gozan de la compañía del ministro de la Vivienda. Tal vez la apuesta sea que ya no vale la pena esforzarse si la suerte está echada; por lo tanto, la meta ahora es ejercer, a partir de abril de 2026, de líder progresista carismático latinoamericano para volver a la disputa electoral en 2029. El sentido común puede descifrar todos estos gestos bajo un mensaje muy simple: “nosotros ya no les servimos y ellos ya se sirvieron”.
Quienes realmente padecerán las consecuencias de lo que ocurra en las próximas elecciones no serán quienes tienen planificada su reencarnación política de antemano, confiándose de la mala memoria colectiva, sino justamente los que votaron por un gobierno que supuestamente les brindaría protección y derechos, pero que terminó abandonándolos, desfondando a la izquierda, quitándole peso a la dictadura con una conmemoración esperpéntica del Golpe, permitiendo el manoseo del nombre del presidente Salvador Allende y empujando el avance de esta nueva derecha a la que no le gusta que le digan ultra, en su encarnación local, declaradamente pinochetista y fervorosamente ultraconservadora.
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