Opinión

El shock que vuelve a conectar al mundo con su fragilidad

Foto: Europa Press/CENTCOM. CENTCOM

La guerra desatada entre Estados Unidos, Israel e Irán no es solo otro episodio de violencia en Medio Oriente. Es, más bien, un punto de inflexión que revela la fragilidad del orden global y acelera tendencias que ya estaban en marcha: fragmentación geopolítica, crisis energética y reconfiguración del poder mundial.

El conflicto, que incluyó ataques directos a infraestructura iraní y la muerte del líder supremo Alí Khamenei, desencadenó una escalada regional con efectos que van mucho más allá del campo de batalla. La interrupción del estrecho de Ormuz —por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial— ha generado un shock energético global, disparando precios, tensionando cadenas logísticas y elevando la inflación en múltiples economías.

De este conflicto se desprende una conclusión clave que comenzó con la guerra comercial entre Estados Unidos y China y luego se consolidó con la agresión de Rusia contra Ucrania: el debilitamiento del orden internacional basado en reglas. Mientras Estados Unidos reafirma su poder militar, China aprovecha el vacío para posicionarse como actor estabilizador, aunque con límites claros. El resultado no es un nuevo equilibrio, sino una transición incierta.

A nivel regional, el conflicto ha erosionado la percepción de estabilidad del Golfo, afectando inversiones, comercio y expectativas de desarrollo. A nivel global, la economía enfrenta un escenario de crecimiento más débil y mayor inflación, con riesgos de estanflación si la guerra se prolonga.

Pero quizás la dimensión más relevante es estructural: la guerra refuerza una tendencia hacia la “geoeconomía”, donde la energía, las rutas comerciales y los recursos estratégicos vuelven al centro de la política internacional.

Para Chile, este conflicto no es lejano. Aunque geográficamente distante, sus efectos son inmediatos y concretos. El alza del petróleo impacta directamente en los costos de transporte, la inflación y el precio de los alimentos. El encarecimiento de fertilizantes —ya advertido por organismos internacionales— puede afectar la agricultura local.

Al mismo tiempo el territorio vuelve a tomar vuelo político como variable central. Apreciarlo, protegerlo, no ofrendarlo y conectarlo con esta nueva dimensión, se vuelve una tarea insoslayable, ya que la robustez internacional de nuestro país descansará en buena medida en su territorio y recursos naturales.

Sin embargo, esa oportunidad convive con riesgos: mayor dependencia de mercados externos, volatilidad en los precios de exportación y presión sobre la política fiscal.

En definitiva, la guerra en Irán obliga a países como Chile a repensar su inserción en un mundo donde la estabilidad ya no es la norma, sino la excepción.

Por Teodoro Ribera, rector Universidad Autónoma de Chile y ex ministro de Relaciones Exteriores

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