Por Carlos OminamiEn defensa de la izquierda

Las izquierdas navegan en la actualidad con viento en contra cosechando sonadas derrotas. Milei, Kast y Bukele se han constituido en figuras prominentes del nuevo paisaje político latinoamericano, marcado en principio por el ascenso de la ultraderecha. Otra tanto ocurre con Meloni en Italia, Orbán en Hungría, Le Pen en Francia, Farage en Reino Unido, Wilders en Holanda o Weidel en Alemania, para nombrar los más conocidos.
En Chile, tratando de explicar esta tendencia se han introducido en el debate expresiones grandilocuentes como “la bancarrota de las ideas de izquierda” empleada por G. Arriagada (La Segunda 19/1) o el “derrumbe ideológico de las izquierdas” introducida por J.J. Brunner (El Mostrador 19/1).
Es un hecho que en el plano de las políticas públicas las izquierdas acumulan pasivos importantes. Objetivamente, han mostrado debilidades para garantizar seguridad enfrentando con fuerza la delincuencia o impidiendo los desbordes migratorios. Asimismo, han exhibido un cierto complejo para asumir que el crecimiento económico es imprescindible para asegurar bienestar y derechos sociales.
Si quiere volver a ser alternativa, la izquierda debe superar estas falencias. Se requieren redefiniciones importantes en la concepción del Estado de Bienestar y un reconocimiento explícito de que el crecimiento es fundamental para garantizar derechos sociales. Se trata de modificaciones importantes que no afectan, sin embargo, el núcleo ideológico central de la izquierda que está constituido por el ideal de la igualdad: entre hombres y mujeres, entre razas, entre las naciones; y por cierto la igualdad social que constituye el rasgo esencial que diferencia a la izquierda de las derechas como bien apuntó Bobbio. Éste definió la igualdad como una aspiración normativa que no elimina las diferencias, pero rechaza que se transformen en jerarquías injustas. El ideal de la igualdad levantado hace más de doscientos años por la Revolución Francesa sigue incólume en el plano de la moral y perfectamente pertinente como tarea política. La bancarrota ideológica de las izquierdas se produciría si estas renunciaran a este ideal, como algunos proponen.
La crisis de la izquierda no es ideológica; es política y resulta de la pérdida de credibilidad como fuerza capaz de llevar a la práctica el ideal de igualdad ya sea por la insostenibilidad de procesos radicales de cambio o simplemente, la más de las veces, por incompetencia o renuncia.
Y no cabe duda que la revolución tecnológica en curso plantea nuevos y enormes desafíos, en particular el de asegurar una gobernanza tecnológica democrática (Girardi y Ramírez). Con todo, la nueva estructura tecnológica no elimina la separación entre ricos y pobres, entre poderosos y subordinados.
Pero, no basta con su mera enunciación; el concepto de igualdad necesita actualizarse. Con razón la idea de igualar por lo bajo es resistida por los más amplios sectores sociales. El ideal de la igualdad debe incorporar dos conceptos que las izquierdas habían despreciado: el mérito reivindicado recientemente por M. Basaure y la excelencia como bien social (Young). El primero como reconocimiento de la importancia del talento y el esfuerzo personal, el segundo como estímulo al trabajo bien hecho.
Por Carlos Ominami, presidente de la Fundación Chile21
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