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Este lunes conoceremos el fallo la Corte Internacional de Justicia ante la demanda boliviana. La verdad es que, a estas alturas, no tiene ningún sentido especular; aunque confieso que estoy más bien pesimista respecto de su pronunciamiento. Porque incluso si la Corte determina que Chile tiene la obligación de negociar, y eso no necesariamente resulta vinculante para un resultado específico, será definitivamente leído como una derrota para nosotros.
Por el momento, digno es destacar, contra todo pronóstico previo, la conducta republica de los partidos políticos en Chile y muy especialmente del Frente Amplio. Tomando en consideración el debate por el cual ellos atraviesan, incluso con posiciones internas a favor de conceder una salida al mar a Bolivia, su declaración pública y posterior visita conjunta a La Moneda fueron una demostración de responsabilidad y alturas de miras que siempre debe destacarse, como también felicitar a quienes por aquello trabajaron. Me imagino que no fue fácil, como tampoco lo es la posición que Chile debe tener frente a otros temas de nuestra América Latina.
Sin ir muy lejos, soy de los que cree que la situación en Venezuela se hace ya intolerable e inabarcable para los países democráticos y civilizados de la región. Después de un largo peregrinaje de eufemismos, y siendo respetuoso de la autonomía de los pueblos y sus respectivos Estados, la pregunta obvia es ¿hasta cuándo? Dicho de otra manera, qué es lo que tiene que ocurrir para desde la perspectiva humanitaria y civilizatoria los vecinos se decidan a actuar. Cuánta miseria, hambruna, diáspora y ausencia al respeto de los derechos fundamentales se puede tolerar, hasta que otras naciones y sus ciudadanos –en una decisión siempre difícil y dolorosa- entiendan que el dramatismo de la situación ya no admite soluciones limpias y perfectas; complejidades que no pueden ser la excusa para la parálisis o derechamente la complicidad frente al infierno que ahí se ha desatado.
En eso, coincido y felicito el contenido y tono de lo expresado por nuestro Presidente en la ONU, cuya posición y mayor protagonismo en este tema me parece correcto desde la perspectiva política y también necesaria desde un imperativo moral. Pero lamento, cuando no me avergüenzo, que aquello haya sido ensombrecido con el payaseo desplegado con motivo de la audiencia protocolar con Trump –en algo que lejos de ser gracioso, resultó lisa y llanamente patético- confirmando una vez más que Piñera no sólo descuida su dignidad personal y privada, sino también aquella pública y que se vincula a la representación de una nación y todos sus habitantes.
Como sea, veamos como se da la cosa mañana.
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