Opinión

Golpe, estallido y responsabilidad histórica

El sociólogo Eugenio Tironi ha insistido en plantear que el gran fantasma generacional que debería marcar el trabajo del Instituto de Estudios de la Sociedad, así como cualquier otro esfuerzo intelectual que se vincule ideológicamente con la derecha chilena, es el de la dictadura y las violaciones a los derechos humanos. “No se hereda la culpa, se hereda la obligación de responder”. Además, plantea que esta obligación subsistiría, en la medida en que los esfuerzos del Presidente Sebastián Piñera por desasirse de la herencia pinochetista habrían sido un esfuerzo personal y aislado.

En conjunto con esto, y ante la observación de que el fantasma de mi generación es la modernización comprimida de Chile y sus contradicciones, condensadas de manera violenta durante el estallido social de 2019, Tironi afirma que “si el estallido condensa todos los nudos de nuestra modernización –como bien sostiene Ortúzar-, entonces no tiene sentido seguir apuntando como culpables a los efebos de la nueva izquierda y a la claudicación de la centroizquierda”.

La respuesta de Tironi tiene un problema de consistencia lógica. Al describir el golpe y la dictadura militar lo hace juzgando ese periodo y esos eventos desde el punto de vista de la agencia y la responsabilidad política. Los actores de este periodo le parecen responsables de sus actos, y esa responsabilidad sería heredada por sus continuadores ideológicos. Sin embargo, cuando debe juzgar el estallido social, intenta hacerlo restando agencia a sus actores y describiéndolo puramente desde el plano de las estructuras. No cabría atribuir responsabilidades políticas, en la medida en que, como dijo en una entrevista, el estallido habría sido una especie de “tsunami”, un evento de la naturaleza carente de todo control humano.

El problema de la libertad humana es peliagudo. Y las facciones políticas suelen ser inconsistentes en sus juicios al respecto: según la conveniencia, todo es pura estructura o pura agencia. Sin embargo, un intelectual como Tironi no puede darse ese lujo, y menos en tan poco espacio. Está obligado a juzgar con la misma vara golpe y dictadura, por un lado, y estallido y octubrismo, por otro.

La misma obligación, por cierto, cabe a mi tesis. Y si revisa “Dignos: crónica del estallido social” no se va a encontrar con una cacería de brujas orientada a culpar de todo lo ocurrido a la nueva izquierda radical y a la vieja izquierda claudicante. Sería burdo hacerlo. Pero sí establezco aquellos actos y actitudes respecto a los que efectivamente son responsables, y por los que tendrán que responder.

En cuanto al fantasma de la dictadura en particular, yo no he afirmado que sea un tema irrelevante para mi generación o para el IES. Lo que he planteado es que no es nuestro gran fantasma, el evento que nos marca existencialmente, porque nos queda demasiado lejos su experiencia. Hemos reflexionado al respecto en decenas de columnas, múltiples actividades y varios libros (“Las voces de la reconciliación”, “Salvador Allende: la izquierda chilena y la Unidad Popular” y “El precio de la noche”). No es un periodo que omitamos. Pero lo que nos marca generacionalmente es la modernización acelerada de Chile y la pregunta que Tironi articula al pasar: “¿Por qué una modernización tan exitosa produjo una impugnación tan brutal?”.

Finalmente, creo que Tironi comete otro error al evaluar la figura histórica de Sebastián Piñera. Él no fue un llanero solitario en su ambición de construir una centroderecha liberada de los moldes pinochetistas y orientada a buscar confluencias con los primeros tres períodos de la Concertación. Detrás de ese esfuerzo hay muchos y diversos actores e instituciones. Varios de los cuales defendieron la democracia y la república de Chile durante y después del estallido y no sólo de quienes, desde la derecha, pretendían terminar el asunto con mano militar, sino también de quienes, desde la izquierda, celebraban que Chile estuviera ardiendo por sus cuatro costados y pretendían aprovechar de refundarlo. Todo esto mientras muchos de los arquitectos de la recuperación de la democracia guardaban silencio o, peor, intentaban sumarse a la fiesta.

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