Opinión

La Cuenta Pública y la pasión

La primera Cuenta Pública del presidente Kast no fue un discurso brillante, ni una pieza destinada a quedar en los libros de historia, como lo eran los discursos de quienes lo precedieron. Tampoco fue una apelación épica a la nación ni una convocatoria emocional de esas que buscan movilizar voluntades más allá de la contingencia. Fue, una larga exposición de diagnósticos, planes, metas, cronogramas y prioridades. Una cuenta de trabajo hecha por alguien que quiere ser percibido como un trabajador.

El propio discurso hace explícita esa definición. “Durante años, la práctica política nos acostumbró a discursos grandilocuentes y promesas vacías”, afirmó el presidente, para luego agregar que quiere “actuar con responsabilidad”. Más adelante plantea el fondo de su relato: “Eso es lo que hoy les vengo a entregar. No la esperanza de las palabras, sino la esperanza de los hechos”.

El problema es que está al debe con las palabras, los hechos y la esperanza como muestran varias encuestas. Según Cadem, la aprobación presidencial cayó especialmente entre los sectores populares, las regiones y el electorado de centro, los grupos que le dieron la victoria. Más preocupante aún, la encuesta Descifra mostró que un 59% de los consultados no cree que el gobierno cumplirá sus compromisos y que un 72% atribuye los problemas actuales a errores propios de la administración y no a la herencia recibida.

Cuando la confianza comienza a erosionarse, el desafío ya no consiste únicamente en presentar medidas, sino en reconstruir credibilidad. Para ello Kast no intentó enamorar a la audiencia, sino convencerla de que existe un plan. Una y otra vez recurrió al mismo lenguaje: “metas claras”, “resultados medibles”, “seguimiento semana a semana”, “encargados que rindan cuenta”. Incluso cuando abordó la seguridad, el énfasis estuvo puesto en la administración de procesos más que en la construcción de una narrativa.

El discurso está atravesado por una misma idea: Chile no necesita un líder inspirador, sino un administrador eficaz. No necesita ni metáforas, ni hipérboles, sino orden. Pero todos los gobiernos, incluyendo a los más orientados a la gestión necesitan una emoción que les dé sentido. La propia campaña de Kast funcionó porque tenía una buena metáfora, frases ingeniosas y un reloj imaginario sobre la cabeza de delincuentes, inmigrantes ilegales y sobre quienes impedían el crecimiento económico.

En la película “El secreto de sus ojos”, el personaje interpretado por Guillermo Francella formula una de las frases más recordadas del cine argentino: “El tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar. No puede cambiar de pasión”.

La frase suele citarse para hablar de fútbol. Pero también los proyectos políticos necesitan una pasión reconocible. Algo que permita entender no sólo qué hacen, sino por qué lo hacen. Algo que conecte una reforma tributaria, una cárcel nueva, una carretera austral o una reducción de listas de espera con una visión de país capaz de movilizar adhesión. Kast reivindicó la familia, el mérito, la libertad y el orden. Incluso utilizó frases con evidente intención movilizadora, como “la emergencia no es el lugar donde Chile se queda, es el lugar desde donde Chile se levanta”. Pero al terminar el discurso dejó claro que tiene un plan. Lo que todavía no logra transmitir con la misma fuerza es cuál es la pasión que convierte ese plan en una historia capaz de entusiasmar a Chile.

Por Carlos Correa Bau, ingeniero civil industrial, MBA.

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