La inmovilidad



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

La semana pasada me referí a aquellas falsas normalidades a las que en Chile se nos quiere retrotraer, atascamientos que llevamos años sino décadas sin ser capaces de superar. En esta ocasión vale destacar el lado positivo de la inmovilidad que también existe.

Nadie, supongo, negará el valor de la quietud en tanto reposo o recogimiento. “Pasamos más de un tercio de la vida en una cama”, lo que no por ser banal, según Georges Perec, deja de ser trascendente. Y, si bien, se precisa vocación contemplativa para retirarse enteramente del mundo, quien nunca se haya detenido a pensar, rezar o meditar, es seguramente pobre de espíritu.

Hay, incluso, aquellos que se trasportan imaginativamente ante lo extraordinario estático. “La inmovilidad me afecta. Esta botella, este vaso, un grueso guijarro en una playa desierta son cosas inmóviles, pero desencadenan en mi espíritu grandes movimientos. No experimento lo mismo ante un ser humano que se desplaza siempre de forma idiota. La gente que va a bañarse a la playa y que se mueve, esto me afecta menos que la inmovilidad del guijarro”. Quien habla -se trata de una entrevista- es Joan Miró. Agrega: “La inmovilidad me hace pensar en grandes espacios donde acontecen movimientos que no tienen fin…”. Curioso, el inerte es tanto él como el guijarro y, sin embargo, todo un universo fruto de este encuentro se le aparece de manera grandiosa. He ahí sus ilustraciones, esculturas, cerámicas y murales.

Sucede a otra escala a veces, no solo con artistas, también con los que chapotean en lo más bajo y pedestre. Recordemos ese agudo comentario de Oscar Wilde, entre arrogante y autoconsciente de la miseria humana, sin caer en la desesperación: “Todos estamos en las alcantarillas, pero algunos miramos a las estrellas”. Su ocurrencia calza con gente inquieta, para nada petrificada, aunque enfrentada a lo peor. Pensemos en el astrofísico Stephen Hawkins y en ese magnífico historiador, Tony Judt, quien también cayera víctima de esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y siguiera batallando, paralítico. Hacia el final de su vida, planeaba escribir sobre una vieja fascinación suya, cultivada desde niño, los trenes. Su historia del ferrocarril se titularía Locomoción.

Le maravillaba que pudieran ir a ninguna parte (se puede andar sin parar por todo el mundo si se conocen las conexiones); hasta adentrado el siglo XX “no tenían tanta facilidad para frenar como para moverse”; llegaron a la cumbre juntos con el cine (“son históricamente inseparables”); últimamente distan de su antiguo esplendor, pero nos volvieron conscientes que “el mundo premoderno estaba limitado por el espacio -su sucesor moderno, por el tiempo”; y, cabe agregar, en sus coches-camas se ve pasar dicho mundo, avanzando y en retirada, como si lo estuvieran meciendo a uno en una cuna.

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