Por Valentina VerbalLa izquierda perdida

El adjetivo “perdido” puede entenderse, al menos, de dos maneras. Por una parte, como algo que no se encuentra, que ha desaparecido. Por otra, como algo que, aun sabiéndose dónde está, no se sabe hacia dónde avanza. Esto último ocurre hoy tanto en la izquierda como en la derecha. Por el lado de la izquierda, Manuel Antonio Garretón señaló en una entrevista reciente —publicada en este mismo medio— que la palabra clave para la izquierda chilena sería “refundación”, y que ello pasaría por la existencia de un “horizonte”. Pero ¿qué significa concretamente aquello? ¿Implica partir desde cero o, más bien, volver sobre un pasado abandonado? Y si es esto último, ¿a cuál pasado? ¿Al de una izquierda cercana al marxismo o a la socialdemocracia?
Aunque estas alternativas puedan parecer dicotómicas —siempre existen matices y posiciones intermedias—, lo cierto es que las opciones no son tantas. Y no lo son, en buena medida, porque la propia izquierda tampoco ofrece demasiadas definiciones. De hecho, Garretón no habla de “izquierdas”, en plural, sino más bien de una izquierda en singular, cuyo horizonte sería la convergencia entre socialistas, comunistas y el Frente Amplio.
El problema de pensar en la unidad “total” de las izquierdas es que ello tiende a la esencialización: a privilegiar aquello supuestamente común por sobre la diferenciación, es decir, por sobre aquello que podría resultar distinto y novedoso. Sin embargo, los triunfos electorales suelen construirse a partir de identidades políticas nuevas, capaces de atraer a los sectores menos politizados. Así ocurrió, de distintas maneras, con Michelle Bachelet, Sebastián Piñera, Gabriel Boric y José Antonio Kast. Pero, además, la lógica de la esencialización suele tener una consecuencia mucho más de fondo: el predominio de las corrientes más extremas dentro de cada sector político. En el caso de las izquierdas, ello favorece a los partidos más alejados del liberalismo, tanto en su dimensión política como económica.
Por eso cuesta entender que la presidenta del Partido Socialista, Paulina Vodanovic, haya optado por ejercer una oposición más obstruccionista que constructiva y, sobre todo, por presentarse como parte de una izquierda desconfiada del crecimiento económico y de la economía de mercado. En cambio, y aunque hoy parezca algo políticamente improbable, una de las principales virtudes de la Concertación de Partidos por la Democracia fue haber logrado no solo la reconstrucción democrática de Chile, sino también apropiarse de banderas que tradicionalmente han pertenecido a la derecha: la libertad económica, el emprendimiento y la modernización del país.
Vodanovic parece también olvidar el viejo dicho según el cual, mientras un político busca ganar la próxima elección, un estadista busca ganar la próxima generación. Y eso fue precisamente la Concertación: la única coalición que, desde el retorno a la democracia, no solo ganó varias elecciones, sino que además logró ofrecerle al país un horizonte político compatible con la democracia y el mercado. Parece poco. Pero, a la luz de la izquierda actual, se trata de una lección histórica de enorme relevancia para el presente.
Por Valentina Verbal, Horizontal
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