La tragedia silenciada

Aborto




“Ese no es país para viejos”. Las palabras son de Yeats, en el poema que inspiró el libro de Cormac McCarthy y la premiada película de los hermanos Coen Sin lugar para los débiles. Un anciano es una cosa insignificante, agrega, un abrigo hecho jirones. Para ellos no hay ya espacio alguno.

Devota del presente, nuestra sociedad parece acorralar a quienes están en cada extremo del ciclo vital. Su presencia tiene algo de amenaza: nos recuerdan que la existencia es finita y, sobre todo, dada. Ese sigue siendo el más porfiado misterio de una realidad a la que hemos intentado despojar de toda incertidumbre e imposición. Olvidamos que no venimos a la vida por un acto de la propia voluntad -nadie decide nacer- y que ella no aparece dónde ni cómo quisiéramos: irrumpe sin aviso en un cuerpo que, por más soberano que se declare, sigue siendo estructuralmente uno que recibe a otro. Aunque decida no hacerlo. Y esa irrupción será siempre inmanejable, como también su destino. La realidad es desobediente, se resiste a nuestras órdenes. Y tiempos que aspiran a controlarlo todo se enfurecen ante esa contundente evidencia.

Así, nos empecinamos en buscar mecanismos para rebelarnos contra aquello que no hemos escogido. Ya que no podemos evitar que lo dado aparezca, al menos podemos erradicarlo. Y lo que hoy resulta legítimo se construye desde ahí. Desde aquello que ha sido libremente elegido y dispuesto para sí por el individuo, soberano absoluto de su cuerpo y subjetividad. Una suerte de dios en un mundo ya sin fe, y cuya creación no está al servicio de nadie más que de sí mismo.

En esta ficción donde el “yo” es protagonista, hemos optado por mirarnos en el espejo del soberano, del más poderoso, en lugar del débil. No nos alzamos frente al privilegiado que ha levantado su reino a costa de otro, sino que exigimos convertirnos en él. A costa de lo que sea, de quien sea. Preferimos dirigir nuestra fuerza hacia la liberación definitiva de toda atadura, y no a la defensa de aquellas existencias desconocidas, e incluso despreciadas, por quienes están en lo alto. El abuso denunciado pareciera no ser suficiente para rebelarse contra él en todas sus formas, ni para hacernos conscientes de que nadie está libre de ejercerlo.

Que el aborto avance se asume como progreso; una adecuación al ritmo de la historia. También como el triunfo de generaciones de mujeres que han buscado poner fin a tanta exclusión, desigualdad y violencia. Pero revestida de la ficción soberanista, la lucha silencia la tragedia sobre la cual se monta. Es más fácil obviarla. La disfrazamos con tecnicismos, semanas más o menos, como si la vida pudiera fijarse donde quisiéramos. Como si no fuera necesario cuidarla para ver cómo se desenvuelve su misterioso y escurridizo destino. Preferimos apelar a derechos e instrumentos jurídicos, apoyarnos en la larga historia de imposición injusta de una ley que ha sido más exigente con la mujer que con el hombre, para constituirnos como soberanas tan autónomas como nuestros dominadores. La maternidad será deseada o no será. ¿Quién podría discrepar? Todo hijo debiera ser querido. La pregunta radical es si acaso construiremos un mundo donde solo amamos lo escogido y construido a voluntad, o también aquello recibido tal como se presenta, sin saber a dónde puede conducirnos, porque la vida es más grande que nosotros mismos, y solo en esa experiencia descubrimos nuestra propia posibilidad de trascender. Necesitamos un país para viejos, como decía Yeats, donde los abrigos hechos jirones, en todas sus variantes, tengan lugar.

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