El para qué de la violencia escolar

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Esta columna fue escrita junto a Christina Bosch, Investigadora Universidad de Massachusetts, Estados Unidos.

Frente a la violencia escolar manifestada en el Instituto Nacional las autoridades han respondido de manera punitiva, autorizando la intervención de la fuerza policial, el control de identidad o planteando el cierre del establecimiento. En este contexto, consideramos primero necesario analizar este tipo de comportamientos problemáticos a la luz de los hallazgos facilitados por la investigación educativa.

No hay duda, no existe una solución simple; sin embargo, la evidencia empírica recogida sobre prácticas en el aula abre un camino para la resolución coherente de conflictos escolares. El trabajo investigativo realizado en y con las escuelas ha demostrado que la intervención preventiva tiende a ser más eficaz que la reacción punitiva debido a que los comportamientos que se refuerzan aumentan, mientras que los que no se fortalecen se extinguen.

¿Qué obtienen los estudiantes que actúan empleando la violencia? ¿Para qué les sirven estas acciones? Son preguntas claves para analizar e intentar dar una apropiada respuesta educativa. El comportamiento es una forma de comunicación y, por lo tanto, tiene un propósito. Descifrar este propósito requiere identificar de manera sistemática la trayectoria completa: lo que ocurre inmediatamente antes del comportamiento en cuestión (antecedente) y lo que resulta inmediatamente después (consecuencia).

El Análisis de Comportamiento Aplicado sostiene que todo propósito consiste en evadir o conseguir una de tres posibles condiciones: interacciones sociales, materias concretas o actividades y/o procesos específicos. La investigación educativa demuestra que los análisis que emplean este modelo resultan en intervenciones más efectivas porque una comprensión acerca del para qué sirve un tipo de comportamiento permite intervenir preventivamente. De esta manera, es posible abrir el diálogo acerca de lo que se persigue –o al menos entenderlo– para así explorar otras formas de satisfacer y comunicar las necesidades que subyacen.

Una intervención que actúa sobre una consecuencia –en vez de sobre el antecendente– está destinada a fracasar ya que no aborda el propósito y tiende a agravar el comportamiento problemático. Efecto contrario obtiene una intervención enfocada en identificar circunstancias y transformar el entorno al lograr prevenir comportamientos extremos y construir de manera colaborativa nuevas formas de comunicación.

Las medidas de control punitivo/negativo implementadas evidencian una política represiva que sólo generará más violencia y un escalamiento progresivo de comportamientos problemáticos en algunos estudiantes. La violencia no se resuelve con violencia, sólo alimenta la radicalización de posturas divergentes.

En el complejo escenario actual, consideramos necesario abordar la violencia escolar desde una visión educativa capaz de reforzar otros tipos de comportamiento que apunten al mismo propósito a través de medidas socialmente aceptadas como son el diálogo, el acuerdo mutuo y la participación.

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