Opinión

Espérame arriba, espérame por favor

¿Por qué el cielo es azul?

Nunca, ni siquiera en la peor de mis pesadillas, pensé que algún día escribiría sobre esto.

Hace tres semanas exactas que mi hija Violeta, de tan solo catorce años y con toda una vida por delante, falleció de dos cánceres distintos. Primero fue un osteosarcoma en la tibia izquierda, luego una leucemia provocada probablemente por los efectos de la quimioterapia inicial.

Luchó como una guerrera durante casi tres años. Se aferró a la vida con sus planes, propósitos y talentos. No quería vivir por vivir, sino para poder seguir haciendo las cosas que le gustaban: andar en bicicleta, correr por las pampas de Chiloé, conversar con sus amigas, sumergirse una y otra vez en cualquier tipo de piscina, lago o mar que encontrara.

Tenía tantos gustos e intereses que sería un error encasillarla. Aun así, si tuviera que elegir una de sus características más sobresalientes, me quedaría con su amor por la lectura y la escritura. Era una lectora voraz y perspicaz. Tengo muy vivo el recuerdo de haber comprado juntos en Oxford la colección que hizo famosa a la inglesa Enid Blyton. También cuando, a falta de un buen libro, se lanzaba a leer lo que hubiera frente a sus ojos; desde tiras cómicas a revistas históricas desperdigadas por la casa de mis padres. Era su forma de conocer y vivir distintas vidas al mismo tiempo, tal como lo hacen las personas verdaderamente gozadoras. Y es así como quiero recordarla.

El cáncer es una enfermedad que genera mucha empatía, en especial cuando se trata de un niño o un adolescente. Y eso, por supuesto, se aplaude y se agradece. El problema es que las muestras de cariño ocurren al mismo tiempo que la enfermedad se expande por los más intrincados recovecos del cuerpo humano, con el consiguiente deterioro de las fuerzas y del ánimo de quien lo sufre. En estas tres semanas he escuchado hasta el cansancio la música que le gustaba. “What died didn’t stay dead”, dice Taylor Swift en una canción dedicada a su abuela. Eso es: te fuiste, pero aún sigues aquí. Es mi forma de conectarme contigo, de decirte cuánto te quise, te quiero y te querré.

La pena profunda que cargo sobre mis hombros me acompañará por el resto de mis días. Es una tristeza que literalmente no tiene nombre: no sabría describirla científica ni psicológicamente. Es intensa, pero no siempre igual ni lineal. Muchas veces va acompañada de la rabia; rabia por seguir yo aquí y ella no, porque no alcanzó ni siquiera a cumplir los quince años. He tenido otras duelos profundos –perdí a mi mejor amigo y a mi padre–, pero nada se compara a este dolor. Son los hijos quienes deben enterrar a sus padres, no al revés.

Alguna vez terminé una columna que le dediqué a ese amigo entrañable que murió con una frase que hoy vuelvo a usar: “Voy y vuelvo, decía Nicanor Parra. Ojalá fuera así de simple”. Adiós, mi Viole adorada. Espérame arriba, espérame por favor.

Por Juan Luis Ossa, historiador e investigador del CEP.

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