Por Camilo FeresTe están buscando liberal

La pérdida de influencia de los liberales en la política chilena no fue abrupta, pero sí sostenida. La convergencia que les dio un papel central en la centroizquierda moderna comenzó a fraguarse al final de la dictadura y alcanzó su apogeo durante la Concertación. En la derecha, en tanto, ese momento llegó con los gobiernos de Sebastián Piñera.
En ambas familias políticas, sin embargo, el liberalismo era resistido por las corrientes más conservadoras y sus detractores fueron acumulando fuerza hasta lograr desplazarlos de la conducción de los bloques nacidos del plebiscito de 1988 y relegarlos a su actual cuasi irrelevancia.
Los primeros en vivir esa purga fueron los liberales de izquierda y no fue el estallido social lo que los sacó de escena. Mucho antes, el cuestionamiento a sus políticas ya circulaba en lo que se conoció como la corriente “autoflagelante”: que reprochaba a la izquierda sus renuncias por administrar el poder, aunque lo hacían bajo la tranquila sombra de ese poder.
Las sobremesas concertacionistas estaban llenas de esas críticas: demasiado mercado, demasiado poder para los tecnócratas, demasiadas visitas al CEP. Su primer intento por controlar la narrativa llegó con Lagos en 1999, aunque fue matizado tras una primera vuelta que estuvieron a punto de perder. Pero el liberalismo concertacionista siguió recibiendo golpes.
La campaña y el primer gobierno de Michelle Bachelet marcaron un segundo quiebre y luego, con la creación de la Nueva Mayoría, el antiguo consenso tecnócrata-liberal de centroizquierda pasó a posiciones más bien marginales y defensivas, al tiempo que, para la nueva izquierda emergente, la tecnocracia, la focalización y la gradualidad ya no eran un desvío sino derechamente el enemigo.
En paralelo, la nueva derecha liberal rescató parte del consenso gradualista de la transición. Pero esa moderación y su neutralidad moral en materias de política pública generaron su propia autoflagelancia, que se decidió a enfrentarlos bajo un instrumental neoconservador de derechas, que se extremó con el estallido y los procesos constituyentes, hasta alcanzar su forma actual de corte restaurador pospinochetista.
Así las cosas, si tras el naufragio de la Concertación figuras como Andrés Velasco, Rodrigo Valdés o José de Gregorio quedaron con escasa influencia, hoy ocurre algo similar en la derecha. Sylvia Eyzaguirre, Harald Beyer, Ignacio Briones o Evelyn Matthei, son tildados de “izquierdistas” por el sector dominante cuando osan criticar sus políticas y el discurso hegemónico ha marginalizado su influencia técnica, desplazándolos por la retórica más activista de los Poduje o los Quiroz.
Así las cosas, en ambas veredas el liberalismo que moldeó la posdictadura parece estar quedando definitivamente fuera de las dos grandes familias políticas. No se trata de un fenómeno exclusivamente chileno: el consenso liberal retrocede frente a fuerzas neoconservadoras y restauradoras en distintas partes del mundo, pero como nos gusta la singularidad, lo que afuera ocurre con megáfono, aquí sucede en sordina.
Por Camilo Feres, director de Asuntos Políticos y Sociales de Azerta
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