Por Cristóbal OsorioSedini: la autopsia del poder

La reaparición de la exvocera Mara Sedini en Sin Filtros va más allá de cualquier otro episodio de “fuego amigo”: es una radiografía de la degradación de la función pública y de la confusión entre espectáculo y alta política de Estado.
La dinámica de descrédito no es nueva: cada vez más ex altas autoridades —ansiosas por mejorar sus memorias o resguardar su reputación— disparan contra los gobiernos que confiaron en ellas. Como el exministro Jaime Campos al cierre de Bachelet II, Sedini ilustra cómo el interés personal socava la disciplina institucional y la figura presidencial.
Así, la exministra ensayó un ataque a los cimientos de la arquitectura política de republicanos y de la renovación de la derecha.
La exautoridad asestó un golpe a la línea de flotación de un gobierno que prometió erradicar el “pituto” o “amiguismo”. Al aludir a la recepción sistemática de currículums partidarios bajo la premisa que contratar militantes garantiza la paz política, evidenció cómo el mérito técnico capituló ante el chantaje. Hoy, negar cuotas en los ministerios solo desencadena represalias.
Luego, expuso la fragilidad del ministro independiente —incluyéndose en la ecuación—: al carecer de respaldo partidario y acceder, supuestamente, por mérito técnico, queda desprotegido ante colectividades que priorizan la lealtad militante por sobre la debida al Ejecutivo. Incluso sostuvo que no calzaba con la “élite o casta” de los partidos, concediendo “juego, set y partido” al diagnóstico de Franco Parisi sobre el establishment.
La entrevista evidenció un cortocircuito entre el Segundo Piso y el Gabinete, marcado por el desempoderamiento de los ministros y el bloqueo en el acceso directo al Presidente. Sin embargo, lo insólito fue la explicación ante el error sobre Galvarino Apablaza: según Sedini, Presidencia le entregó un informe con datos errados. De ser cierto, la falla trasciende la gestión del flujo de información estratégica y desnuda una profunda ignorancia del gremialismo respecto de un hito de su propia historia.
El único eco que resuena tras las declaraciones es: vanidad de vanidades, todo es vanidad. En su autoevaluación afirmó que su forma y estilo eran un “activo”. En pleno clima mundialero, se definió como una goleadora cuya imagen hace estallar los clics y se erige como una general en la “batalla cultural”, sin calcular que esa sola definición le regala un triunfo en bandeja a la oposición.
Se dijo leal y por eso calló traiciones; pero ahora rompe el silencio sin el peso, la estrategia ni la coherencia que la República le exigía desde el 11 de marzo. Esa es Mara Sedini, quien relató que un “poderoso” del gobierno le pidió ser fome y actuar. Ciertamente no es fome —por el contrario, es entretenida—, pero puede quedar tranquila: teatraliza con brillo propio la cultura del nuevo político mediático e influencer, tan ávido de pantalla como nervioso ante su propia falta de lealtad.
Por Cristóbal Osorio, profesor de Derecho Constitucional Universidad de Chile
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