Opinión

Diplomacia mundialera

(260702) -- LOS ANGELES, 2 julio, 2026 (Xinhua) -- Jugadores de ambos equipos se alinean previo al partido de dieciseisavos de final de la Copa Mundial de la FIFA 2026 entre España y Austria, celebrado en el Estadio Los Angeles, en Los Angeles, Estados Unidos, el 2 de julio de 2026. (Xinhua/Li Ying) (jg) (ra) (ce) Li Ying

Con el pitazo final del Mundial, el planeta vuelve lentamente a su rutina. Durante un mes, sin embargo, las fronteras parecieron desdibujarse. Miles de millones de personas siguieron los mismos partidos, celebraron los mismos goles y discutieron las mismas polémicas. Pero, además de un espectáculo deportivo, el Mundial volvió a demostrar que también es uno de los mayores escenarios de la diplomacia contemporánea.

En un escenario internacional marcado por guerras, rivalidades comerciales y una creciente fragmentación política, el fútbol sigue siendo uno de los pocos lenguajes verdaderamente universales. No resuelve conflictos ni reemplaza a la diplomacia tradicional, pero crea algo que ésta necesita para prosperar: espacios de encuentro.

La imagen más elocuente la dejó la final. Los líderes de Estados Unidos, México y Canadá, cuya relación ha estado marcada recientemente por tensiones comerciales, migratorias y políticas, compartieron tribuna como anfitriones del torneo. Nadie supone que noventa minutos resolverán desacuerdos entre Estados. Sin embargo, el deporte permite que los adversarios se sienten juntos sin que el conflicto sea el protagonista. No es casualidad que los grandes eventos deportivos hayan servido tantas veces para abrir canales de diálogo.

El Mundial también nos recuerda que la proyección internacional comienza muchas veces dentro de los propios Estados. Incluso en sociedades donde conviven identidades nacionales distintas, el deporte tiene una capacidad singular para construir un objetivo común, que luego se exporta. España ofrece un ejemplo elocuente. Las tensiones con Cataluña y el País Vasco no desaparecen durante un Mundial, pero millones de personas dejan esas diferencias en suspenso para apoyar a una misma selección. Pocas instituciones poseen hoy semejante capacidad para construir, aunque sea transitoriamente, un “nosotros”.

Este Mundial fue además el más diverso de la historia. La ampliación del torneo permitió que más países aparecieran en la mayor vitrina deportiva del planeta. Para muchos de ellos, clasificar ya constituye una victoria diplomática. Durante semanas, el mundo descubre sus banderas, escucha sus himnos y conoce historias que difícilmente ocuparían titulares internacionales. El fútbol fortalece la “marca país” con una eficacia que pocas campañas de promoción internacional consiguen igualar.

Un Mundial no sólo entrega un campeón. También proyecta prestigio, capacidad organizativa e influencia. En el lenguaje de las relaciones internacionales, es una de las expresiones más exitosas del llamado soft power.

Quizás esa sea la enseñanza más interesante que deja cada Copa del Mundo. Mientras la política suele recordar todo aquello que separa a los países, el fútbol demuestra, al menos por unas semanas, todo lo que todavía son capaces de compartir. En tiempos de muros y desconfianzas, el Mundial sigue construyendo puentes.

Por Benjamín Salas, abogado, colaborador asociado Horizontal

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