Opinión

Madurez política

Aton Chile DIEGO MARTIN/ATON CHILE

La imagen de la guardia de honor que acompañó los restos de Enrique Krauss nos debiera recordar lo mucho que nuestro país ha avanzado en construcción democrática e institucional. Ver al presidente Kast, junto a los expresidentes Frei y Boric, rindiendo honores es el reconocimiento de una madurez política que a veces parece perdida y que, en otros países de nuestro continente, está en sequía. Al evento se le pueden hacer, al menos, dos lecturas. La primera es doméstica, que nos habla sobre la tensión entre los pactos de élites y la representación política. La segunda es internacional, y contrasta con la difícil transición de poder que se viene en el caso de Colombia.

Desde el retorno a la democracia, Chile fue construyendo su estabilidad política e institucional sobre la base de acuerdos de élites, al lado de una desmovilización constante de la sociedad civil. Así, alrededor de los inicios de los 2000 se hablaba de la baja cohesión social de Chile, como una forma de reflejar el creciente individualismo y la pérdida de las organizaciones de base que habían sido clave en el quehacer político antes de la dictadura. Los partidos políticos en el poder y la oposición, en cambio, hacían un ejercicio constante de arrastrar votos y mantenerse en el poder, pero manteniendo su incorporación en el tejido social al mínimo nivel posible. Con ello, privilegiaban la estabilidad política (que se habría quebrado amargamente en los 70s) a la movilización. Tanto fue así, que académicos como Altman y Luna (2011) hablaban de que nuestros partidos eran estables, pero sin raíces. Esa falta de raigambre social terminó por explotar el 2019, no sin advertencias desde las movilizaciones del 2005. La imagen de una élite sin conexión con la ciudadanía se convirtió en la postal de nuestro país.

Pasan los años, vienen oleadas de protestas violentas, y parece que volvemos a valorar esos acuerdos entre élites. Si bien no se han resuelto los problemas de cohesión social y representación, a veces queda la sensación que la alternativa es peor. Por eso, eventos trágicos como el fallecimiento del exministro Krauss sirven como ventana a ese país del pasado, en que adversarios políticos eran capaces de sobreponerse a sus odiosidades para rendirle honores a uno de los suyos. La imagen no deja de desvelar las tensiones que nos aquejan como país, pero también permiten recordar que hay espacio a la cordura, al recogimiento y al respeto mutuo, por más que las ideas se contrapongan de maneras irreconciliables.

El hecho es aún más notorio cuando lo comparamos al actual proceso de transición de poder en Colombia. Por un lado hay un presidente en ejercicio – Petro - que está fuertemente cuestionado, tanto por sus acciones personales como por sus resultados de gestión. Ese mismo presidente no parece querer entregar el poder sin hacer una pataleta, porque aunque ha admitido que sí participará del cambio de mando, no lo hará sin antes reclamar ante todas las instancias posibles de que hubo un fraude. Asimismo, quién debiera asumir como presidente en agosto, De la Espriella, busca presentar a su futuro antecesor como un delincuente al que hay que perseguir. Con esos criterios, la posibilidad de una transición ordenada y beneficiosa para el país quedan en el suelo. Y ahí nos vale la pena recordar las imágenes de hace algunos días.

Chile tiene muchas tareas pendientes en temas políticos y de representación, pero es posible que estemos aprendiendo a hacernos cargo de ellas no a costa de lo construido, pero en base a ello. Algunos lo llaman buena fortuna, yo prefiero creer que es madurez.

Por Javier Sajuria, profesor de Ciencia Política en Queen Mary University of London y director de Espacio Público.

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