Situación en Ucrania: Rusia defiende la causa justa

. Foto: Reuters




Por Sergei Koshkin, Embajador de Rusia

Respondiendo a la columna firmada por los embajadores del G-7, los Países Bajos, Nueva Zelanda y la Delegación de la Unión Europea y publicada en La Tercera el pasado 14 de junio quisiera presentar nuestro enfoque de los acontecimientos mencionados.

Nosotros los rusos estamos convencidos de que realizando la operación militar especial en Ucrania defendemos la causa justa. Defendemos la libertad y hasta la integridad física de 4 millones de habitantes de Donbás en su mayoría aplastante de habla rusa, la mitad de los cuales además ya tienen o han solicitado pasaportes rusos.

Durante 8 largos años desde 2014 se les negó el derecho a hablar su idioma, a enseñarlo a sus hijos. Y pensar que lo que pedían inicialmente era tan sólo cierta autonomía regional y antes que nada la posibilidad de hablar el idioma de sus padres y abuelos.

El compromiso de definir dichos temas fue fijado en los Acuerdos de Minsk, suscritos por Kiev y aprobados por París, Berlín, Moscú y el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas. Durante varios años esas personas tuvieron que defender este derecho natural suyo con las armas en la mano bajo fuego artillero de los batallones nazis. En este lapso resultaron muertos más de 14 mil personas. Rusia todo este tiempo estuvo tocando, golpeando las puertas de los organismos internacionales correspondientes –la ONU y su Consejo de Seguridad, la muy respetada Comisión de Derechos Humanos, la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa y tantos otros. Todo fue en vano. No nos escucharon. Fuimos obligados, empujados a recurrir a métodos de fuerza.

También defendemos la seguridad de nuestra propia patria. Se sabe que la OTAN, este bloque supuestamente defensivo, realizó 5 olas de acercamiento a nuestras fronteras hasta llegar a la puerta, a la cocina de nuestra casa, tratando –en el caso de Ucrania– de asegurarse un punto de partida desde el cual un misil de alcance medio tarda tan solo 3 minutos en llegar a Moscú. Ahora ya está demostrado que sin tener ni siquiera el estatus de miembro de la OTAN, el ejército ucraniano estaba armado hasta los dientes con modernas armas pesadas occidentales. En la frontera con Rusia fueron emplazados y ahora descubiertos por nosotros casi 30 laboratorios biológicos donde se trabajaba con bacterias letales. Lo que es más, el propio Presidente de Ucrania hizo una declaración formal sobre el anhelo de su país de adquirir el estatus de poseedor de armas nucleares.

Así que en Ucrania estamos luchando también por el futuro de nuestros hijos. Y estamos luchando no solo contra el régimen actual de Kiev y sus batallones de ideología nazi, sino prácticamente contra toda la OTAN, contra el Occidente colectivo que está dispuesto a combatir “hasta el último ucraniano”, bloqueando para esto cualquier intento de Kiev de buscar una salida negociada. Los altos representantes occidentales declaran abiertamente su anhelo de que la crisis se resuelva en el campo de batalla.

Estamos luchando con sumo cuidado tratando de minimizar los daños físicos y materiales para la población civil. Contrario a lo que dice la propaganda occidental.

Y aquí llegamos a otro lamentable aspecto de toda esta situación –la guerra de información. En el Occidente se cierran los canales de nuestros medios informativos, se recurre a noticias falsas, “fake news”. Hacen caso omiso a las desmentidas o las dan tardíamente. Se recurre incluso a escenografías falsas como fue comprobado plenamente en el famoso caso Bucha.

Se prohíbe hasta la cultura rusa. A los músicos, los artistas, los escritores, hasta los tenistas rusos como en los tiempos de la Inquisición se les obliga a renunciar, a renegar de su patria.

El otro frente en el que estamos luchando es la guerra económica. El Occidente con las llamadas “sanciones infernales” prometió romper la economía rusa “en pedazos”. No fue así. Después de seis rondas de sanciones, después de robarnos miles de millones de dólares en forma de congelamiento de depósitos rusos en bancos extranjeros y hasta embargar la antes “sagrada” propiedad privada de ciudadanos rusos en el exterior, la economía rusa demuestra una estabilidad que les sorprende a nuestros oponentes. El balance de pagos está en su récord histórico, el balance comercial es positivo, los suministros de las mercancías después del impacto inicial se están normalizando, la inflación se estabiliza y desde mediados de mayo demuestra un crecimiento cero.

Mientras tanto las sanciones demostraron que son arma de doble filo. Los vastos recursos naturales rusos evidenciaron su papel primordial frente a las mercancías de consumo que se pueden adquirir en todas partes. A los problemas energéticos de Europa originados en la carencia de hidrocarburos –gas y petróleo rusos– se suma ahora el fantasma de una crisis alimentaria, siendo Rusia el mayor exportador mundial de trigo y fertilizantes. Nuestro Presidente ya aclaró que este problema fue generado no por la falta de buena voluntad de Rusia, sino por la ruptura de cadenas logísticas causada por las mismas sanciones. Las ilegítimas medidas unilaterales del Occidente en contra de Rusia, incluyendo las obstaculizaciones para transportar mercancías, dificultades para pagar los suministros, prohibiciones para realizar transacciones y problemas de aduana, se convirtieron en factores de riesgo para la seguridad alimentaria global.

Rusia está dispuesta a suministrar las cantidades del grano necesarias y hasta dar paso a los suministros del trigo ucraniano. Si no están interesados en el grano ruso pueden sacar el trigo ucraniano a través de países del Mar Báltico o países del Mar Negro y hasta utilizar puertos marítimos ucranianos donde Rusia está dispuesta a abrir corredores humanitarios siempre y cuando la parte ucraniana despeje las aguas correspondientes de minas que ella misma colocó allí.

En resumen. La situación sí es complicada y volátil, pero la raíz de los trágicos acontecimientos hay que buscarla en la intransigente posición del Occidente con su notorio “orden global basado en normas” (y no leyes), las que ellos alteran a cada rato según les plazca, y la rusofobia cavernícola del régimen actual de Kiev.

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