Telaraña

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Tomemos la última película de Andrés Wood, Araña, como fuente de hipótesis. La más saltante: existen vasos comunicantes entre la violencia "nacionalista" de Patria y Libertad, y el actual movimiento antiinmigrante en Chile. En el film, disculpen el spoiler, un otrora joven practicante del anticomunismo terrorista, agita hoy su desprecio hacia el extranjero pobre y recién llegado. La obra recrea a un sector específico de la sociedad chilena: a la derecha más recalcitrante. La proyecta cómoda en su ideología e inamovible en sus convicciones clasistas; inalterada por la transición, la democracia y el crecimiento económico. Una derecha sin remordimientos ni moderaciones, que mece sin resquemores su estática sobre una sólida telaraña.

Los personajes del film encarnan lo que en el argot sociológico se define como "clivajes": hondas divisiones (conflictos valóricos o clasistas) que estructuran a la sociedad. Sobre esos clivajes se erige la escisión duopólica entre las coaliciones de derecha y de izquierda, hoy supuestamente en crisis. Para algunos entendidos, el fundamento de estas alternativas políticas proviene de una disyunción socio-moral acaecida en el siglo XIX (liberales-laicos versus conservadores-confesionales). Para otros, se basa en la puja redistributiva (Estado versus mercado) que tomó forma en el siglo XX. Por último, están quienes apelan a una segmentación en torno a las preferencias por el régimen político, en la transición (democracia versus dictadura). En cualquier caso, se trata de rupturas perdurables –que tienden a congelarse- y transmisibles generacionalmente. Esta herencia cultural es dramatizada, en la cinta de Wood, mediante un "ex" fascista anticomunista que nunca deja de serlo.

En tal concepción de la política, los valores conservadores, nacionalistas y de mano dura se amalgaman poderosamente hasta determinar las preferencias políticas según la "causa" de turno. Sus antípodas también encuentran su propio nicho político. No es casual que en el Chile actual comentemos una película sobre Patria y Libertad y, a su vez, el ajusticiamiento de integrantes del FPMR. Los partidos –sus alianzas- y las organizaciones extremistas varían, pero las profundas divisiones sociales se mantienen.

La representación política en Chile ha buscado cumplir tres funciones: procesar las demandas morales, atender las sociales y proponer una memoria histórica. Las coaliciones partidarias se niegan al retiro porque supieron responder a estas tareas. No obstante, dicho desempeño se complejiza ante la emergencia movilizada de una agenda más identitaria (desde el feminismo hasta la inmigración) que tienden a sobreponerse sobre los añejos clivajes. El trajinado "duopolio" ha resistido pero acusa la competencia del Frente Amplio y del Partido Republicano, por mencionar dos ejemplos de antípodas ideológicas. La sobrevivencia y el éxito de viejos y nuevos partidos dependerá de que sean capaces de capturar los hondos desencuentros de la sociedad chilena que siguen posando en la telaraña de la historia.

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