Opinión

Transición energética, cobre y oportunidades para Chile

El martes pasado el cobre alcanzó su precio spot más alto en la historia. Por primera vez se transó por sobre los US$6 por libra en la Bolsa de Metales de Londres (LME), acumulando un alza de casi 50% en un año.

Este rally de precios tiene varios motores. La demanda estructural por cobre ya venía creciendo antes de 2025, fundamentalmente por su uso en tecnologías ligadas a la transición energética. Se estima que la inversión en energías limpias, electrificación y electromovilidad favorecerá un crecimiento de 5% anual en la demanda global por cobre en los próximos 10 años. A esto se sumaron factores de carácter transitorio, como disrupciones de grandes yacimientos y la acumulación de inventarios frente a la posibilidad de un nuevo arancel. También hay motores que podrían mantenerse en el mediano plazo: un dólar más débil a nivel global, bajas en la tasa de la FED, la resiliencia de la economía china frente a los aranceles, y la fiebre por la IA.

Esto es una buena noticia para Chile. El cobre representa entre 7 y 13% del PIB, por lo que vender más caro genera mayores ingresos, que se transmiten al resto de la economía vía gasto. También aumentan los ingresos fiscales: se estima que, por cada centavo de dólar adicional por libra de cobre, el fisco recibe cerca de US$65 millones. Además, mejora la rentabilidad de nuevos proyectos en un contexto donde la cartera de inversión minera ya supera los US$104MM para la próxima década.

Pero estas buenas noticias suponen a la vez un desafío. Un crecimiento basado solo en el aumento de los precios de venta no es sostenible, porque para mantenerlo se requiere que los precios se mantengan al alza; ni es seguro, ya que los precios son volátiles y dependen de factores externos. La experiencia chilena durante el superciclo del cobre (2003-2013) así lo demuestra: en ese periodo, el precio se multiplicó por 4,5, pero la producción en toneladas se estancó. Los precios extraordinarios impulsaron el PIB, pero cuando dejaron de subir, también se frenó la economía (aunque no exclusivamente por esto).

Este desafío debiese recibir mayor atención en la discusión pública por otros dos motivos. Primero, la asignación de mercado podría no ser eficiente debido a externalidades pecuniarias. En Chile, el cobre explica cerca de la mitad de las exportaciones y un tercio de la inversión extranjera directa. Así, un mayor precio aumenta la entrada de divisas, aprecia el tipo de cambio real (baja el dólar) y reduce la competitividad del resto de las exportaciones, que ya han mostrado un débil desempeño en la última década. Además, si los inversionistas prevén que el precio podría no mantenerse alto de aquí a 10 o 15 años, concentrarán esfuerzos en maximizar la producción actual para aprovechar el ciclo alcista, en lugar de invertir en proyectos de largo plazo, como exploración para el desarrollo de nuevos proyectos (greenfield), innovación o sustentabilidad.

Segundo, hay un desafío político. En un contexto de estrés fiscal y crecientes demandas sociales, los incentivos apuntan a resolver urgencias inmediatas. Aunque mecanismos como el balance estructural buscan mitigar este riesgo, un mayor crecimiento en el corto plazo podría no solo alimentar un discurso triunfalista, sino también traducirse en la postergación de reformas estructurales procrecimiento.

La transición energética supone oportunidades y desafíos para Chile. Por un lado, aumentará la demanda por cobre y, dada las dificultades para incrementar la producción de cobre en Chile y el mundo, también los precios. Esta nueva bonanza de precios sin duda nos beneficiará, pero no debemos descuidar la producción. Esto es relevante tanto por nuestro rol como proveedores de cobre para la transición energética global como porque cuando termine este eventual superciclo, el impacto en los ingresos fiscales producto de la estabilización y/o caída del precio se podría ver compensada por el aumento de producción. El desafío será que no nos dejemos encandilar por la bonanza temporal, aprovechando los recursos extraordinarios para asegurar un crecimiento sostenible en el mediano y largo plazo.

Por Willy Kracht, director del Centro de Energía de la Universidad de Chile y Martín Latorre, economista del Centro de Energía de la Universidad de Chile.

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