Ubermanía reinante

El ingreso de Uber a Wall Street generó altas expectativas, que han ido desvaneciéndose a medida de que pasan los días y las acciones de la compañía pierden valor.
Esta obsesión que nos mantiene pendientes de los vaivenes de las empresas parece ser un deja vu. A finales de 1990, el interés por el precio de las acciones de compañías que ingresaron al mercado bursátil demostró que la especulación y la percepción de los accionistas crearon una burbuja económica insostenible.
La historia nos recuerda que la obsesión por los beneficios económicos no ha sido el mejor predictor para la supervivencia de una empresa, ya que estas deben orientarse hacia su desarrollo sostenible, logrando metas de desempeño que deben ser evaluadas en su dimensión social, en relación a sus trabajadores, clientes y el resto de la sociedad.
Valorar a las empresas en base a indicadores económicos implica una lógica empresarial que responde solamente al bienestar de los accionistas, pero a través de la historia, aquellas organizaciones enfocadas en satisfacer solamente a este grupo han tenido resultados nefastos.
Un ejemplo paradigmático fue el caso la empresa estadounidense Enron, que en los `90 quiso comerciar energía por internet, valiéndose de prácticas engañosas, al punto de crear un instrumento financiero que generaba un valor hipotético sobre futuras ganancias.
No solo nunca alcanzaron las ganancias estimadas, sino que en el año 2001 la empresa quebró, dejando a 10.000 trabajadores desempleados y sin pensiones.
Enron marcó un antes y un después en relación a la responsabilidad social corporativa, ya que hoy las empresas deben analizar el impacto de la actividad empresarial en su dimensión social, involucrando a empleados, clientes y toda la comunidad.
Si analizamos a Uber durante los últimos años, son varios los escándalos protagonizados. Por ejemplo, en 2013 los choferes demandaron a la compañía por el cambio en su condición de contratados a empleados, para así obtener seguridad laboral y un salario mínimo por ley. En 2014 recibió críticas por la falta de políticas y una cultura que refleje la igualdad de género. En 2016 una campaña en las redes sociales denominada #DeleteUber criticó los lazos políticos entre la compañía y la presidencia de Donald Trump. En 2017, fue acusada de usar un software llamado "Greyball" para evadir la justicia local en ciudades como Boston, Paris y Las Vegas. Y en mayo de 2019, un día antes de entrara a cotizar en la bolsa, los choferes de la compañía, junto a los de Lyft, convocaron a un paro por sus bajos salarios y la falta de transparencia en sus procesos.
Actualmente, en Chile se está tratando en el Congreso la denominada Ley Uber que regularía los servicios a través de aplicaciones móviles, donde la seguridad para los choferes es una prioridad a tratar, dada la cantidad de asaltos e incluso el riesgo de muerte (dos personas han muerto a la fecha).
El frenesí accionario alrededor del caso Uber pierde de foco la pregunta que debiéramos hacernos. ¿Es sostenible un modelo de negocios que pierde la credibilidad ante la sociedad? No, pero Uber puede elegir cómo hacerse cargo de las demandas planteadas por los choferes, trabajadores, clientes y gobiernos locales. El tiempo lo dirá.
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