Opinión

Venezuela: Cuando capturar es mejor que destruir

La madrugada del 3 de enero, Donald Trump hizo lo que durante años se dijo que no podía hacerse sin pagar un alto costo: un cambio de régimen en Venezuela. Helicópteros estadounidenses entraron a Caracas, sacaron a Maduro y horas después estaba en una celda en Brooklyn. Sin resistencia. Sin caos. Sin guerra.

Eso, por sí solo, ya dice mucho.

El verdadero significado de la operación no está en la brillantez táctica, sino en su trascendencia estratégica. EE.UU. logró el control efectivo de Venezuela sin cargar con los costos que hundieron a Washington en Irak y Afganistán. No hubo invasión prolongada, ni ocupación militar, ni reconstrucción institucional. El Estado siguió funcionando. Solo puso a su chofer al frente del volante.

Trump fue explícito: esto va de recursos, empezando por el petróleo. La democracia puede esperar.

Por eso es un error leer lo ocurrido como una transición clásica. El madurismo no es un régimen personalista como Trujillo. Es un régimen patrimonial: una red de militares, burócratas y empresarios que capturó el Estado para administrarlo como botín. Maduro no era el Estado. Era el vértice de esa red.

Cuando cae el líder de un régimen personalista, el sistema colapsa. Cuando cae el jefe de una estructura mafiosa, la red se adapta. Negocia su supervivencia bajo nuevo patrón. Las lealtades no son ideológicas: son contractuales.

Eso explica la limpieza quirúrgica de la operación. La facilitaron de adentro. El tufo a traición apunta a quienes se beneficiaron. Y explica lo que vino después. Delcy Rodríguez sigue ahí, y no como puente democrático, sino porque garantiza continuidad. Puede repetir consignas, mantener el gabinete, invocar a Chávez. Pero la sustancia del poder cambió. Hoy el régimen le debe lealtad a Washington.

El resultado es el cambio de régimen perfecto: control sin ocupación, dominio sin administración directa, captura sin destrucción. No habrá tropas estadounidenses muriendo en Caracas dentro de cinco años, ni billones gastados en reconstrucción. Habrá petróleo fluyendo, contratos firmados y un Estado que funciona bajo los designios de otro.

Eso es lo histórico. No la operación militar de una noche, sino el modelo que inaugura. No destruir Estados. Capturarlos.

Por Andrés Izarra, periodista y exministro de Comunicación de Hugo Chávez.

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