Adictos a la comida procesada

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Aunque la OMS no la considera una enfermedad, estudios indican que hasta un 25% de las personas obesas sufre adicción alimentaria. En Chile el problema avanza y, aunque hay centros médicos especializados y una asociación de Comedores Compulsivos Anónimos, no hay un programa nacional de obesidad ni protocolos para detectar y tratar la adicción a los alimentos procesados.

Era la necesidad de consumir la que despertaba a Mario (38) todas las madrugadas. A las 3 de la mañana, con los ojos abiertos de par en par, se destapaba con cuidado para no despertar a su esposa y caminaba descalzo, somnoliento, hasta la cocina. Ahí abría el refrigerador -una actividad que repetía incontables veces en el día, un gesto ya orgánico-, sacaba una botella de 3 litros de Coca-Cola y se servía en un vaso de vidrio.

Tenía que ser de vidrio. Con el tiempo desarrolló un sentido agudo del gusto: no es lo mismo consumir la bebida en vidrio, en lata o en plástico, como no es lo mismo el sabor si viene envasada en una botella grande o pequeña. Para qué decir la diferencia entre la original, light y zero. ¿La mejor? La Coca-Cola original en botella express. Ninguna otra se comparaba con esa. Sin embargo, no era viable tener su despensa llena de botellas diminutas de vidrio, así que se había resignado a comprar botellas plásticas de 3 litros. Consumía una entera al día; 90 litros de bebida negra al mes. Eso durante 6 años.

Se dio cuenta de que lo suyo era una adicción cuando llegó a la consulta del psiquiatra Carlos Téllez, en el Centro Integral de Tratamiento de Obesidad y Diabetes (CITOD) de la Clínica Universitaria Puerto Montt. Ahí, un grupo compuesto por un cirujano, psiquiatra, médico internista, médico familiar, psicoeducadora, psicólogos y nutricionistas trata de forma interdisciplinaria la obesidad.

Mario llegó en 2016 porque quería realizarse por segunda vez un bypass gástrico. El primero había sido en 2007 y bajó 50 kilos, pero al año empezó a subir hasta alcanzar los 146 con los que llegó al CITOD nueve años después. El cirujano Félix Raimann le dijo que podían hacer la operación, pero que debía pasar por un tratamiento integral, partiendo por el psiquiatra Carlos Téllez.

"Lo veía como un trámite, lo miraba en menos, ya que lo que quería era que me aplicaran rápido el bisturí. No valoraba la importancia del cambio mental", explica Mario. En su primera consulta el psiquiatra le hizo una serie de preguntas: ¿Cuándo fue la última vez que consumió Coca-Cola? ¿Con qué periodicidad consume? ¿Cuál es su reacción cuando no hay Coca-Cola en la casa? Cumplía los requisitos para ser diagnosticado como adicto: tenía un deseo intenso de consumir, dificultad para controlar el consumo, síntomas de abstinencia si dejaba de hacerlo, abandono progresivo de otras fuentes de placer y persistencia en el consumo a pesar de saber lo mal que le hacía. El psiquiatra le indicó dejar la bebida de manera inmediata.

Aunque Mario acató la indicación, no fue fácil. Esta bebida era parte de su vida hacía años y también de su familia; su esposa e hijo mayor consumían diariamente. La primera vez que la probó fue en una comida familiar a los siete años. Más adelante, a los diez, su liceo organizó un paseo de curso a la fábrica de Coca-Cola en Puerto Montt. Un bus contratado por la empresa pasó a buscar a niñas y niños de quinto básico y los llevó a conocer sus instalaciones. Les mostraron las máquinas, un video explicativo y al final del recorrido llegaron a una mesa con 100 botellas de bebida que podían sacar a destajo.

El consumo frecuente empezó cuando se fue de su casa familiar para comenzar sus estudios universitarios. Su dieta usual era un plato muy abundante de papas fritas con hamburguesa y un vaso de bebida. "Son 25 años de exposición y consumo. Hay un bombardeo visual. Es realmente lamentable porque se termina inculcando a los niños una cultura que no es sana. Yo era adicto a la bebida. A las personas les da risa, pero es grave. El daño que me estaba produciendo es igual al de una droga dura", dice Mario.

Para tratar su adicción, el doctor Téllez aplicó un tratamiento multidisciplinario, cuya duración ideal es de un año. El primer paso es diagnosticar la adicción, luego que el paciente la acepte y entienda, y después que aplique la abstinencia de la sustancia a la que es adicto. Suele generarse un síndrome de abstinencia, que puede durar entre una semana y tres meses, en que el paciente puede sufrir cambios de humor, ansiedad, irritabilidad, insomnio y pesadillas. Es fundamental que haga cambios en su estilo de vida, como llevar una mejor alimentación, practicar actividad física y mindfulness. Y que se genere un cambio en su entorno familiar y de amigos para facilitar su transformación. "Hay que lograr que la vida del paciente deje de centrarse en el consumo. Que se dé cuenta de que hay un mundo de otras actividades que van más allá de la droga, que secuestra la capacidad de la persona de sentir y desear", explica Téllez.

En el primer mes de tratamiento Mario bajó nueve kilos solo dejando la bebida. Más adelante dejó productos procesados como hamburguesas y longanizas, que aprendió a hacer de forma casera y sin grasa. Bajo supervisión del equipo del CITOD ha mejorado su alimentación y estilo de vida. Aunque en algunos eventos sociales ha tomado Coca-Cola sin azúcar, lleva tres años sin tomar ni un sorbo de Coca-Cola normal. Tres años limpio.

El sistema de recompensa

No se puede ser adicto a las verduras, el pescado o las frutas. La adicción no es a los alimentos en general, sino a los alimentos procesados, que no existen en la naturaleza y que nuestra especie no está diseñada para consumir. Algunos ejemplos son las bebidas, papas fritas, galletas, helados, barras de cereal, embutidos y masas de harinas blancas.

"Lo que normalmente consumimos son alimentos procesados o ultraprocesados, a los que se ha llegado mediante una serie de procesos físicos o químicos, adicionándoles además sustancias químicas como endulcorantes, preservantes y otras que ni siquiera sabemos lo que son y qué consecuencias pueden generar en nuestra salud. A modo de ejemplo, la bebida azucarada más famosa del mercado tiene una fórmula que es secreta y quizás con qué elementos está hecha para hacerla tan atractiva y adictiva", indica el psiquiatra Carlos Téllez en su libro Obesidad: una enfermedad de salud mental, publicado este año.

Allí explica que el sistema de recompensa, parte del sistema nervioso de nuestro organismo, se activa por cualquier actividad que tenga por finalidad aumentar nuestras probabilidades de supervivencia, como individuo o como especie. Al activarse libera una serie de neurotransmisores calmantes o energizantes, varios de los cuales se vinculan al placer, como la dopamina, serotonina y endorfina. Ese es el premio o recompensa. En casos en que la persona no se encuentra bien psicológicamente, estos neurotransmisores también cumplen la función de regular estados emocionales displacenteros como la pena, rabia, aburrimiento y soledad.

Las actividades naturales que activan el sistema de recompensa en general no están asociadas a riesgos, sino todo lo contrario. Hacer deporte, tener relaciones sexuales, meditar, amar, aprender, comer fruta, bailar, cultivar la tierra. El problema se genera con actividades creadas o manipuladas por el humano que activan este sistema, que se asocian a riesgos y posible adicción. Es lo que ocurre con drogas como la cocaína, juegos de azar, redes sociales, dinero, azúcares refinadas y harinas blancas. Uno de los efectos de estas actividades y sustancias, que las relaciona con la adicción, es que generan tolerancia; es decir, el organismo las necesita cada vez en mayor cantidad para generar el placer que generó las primeras veces. En el caso de las harinas y azúcares refinados, son especialmente atractivas porque no solo tienen un efecto calmante, sino además energizante. A eso se suma que la duración de su efecto no pasa de las dos horas, entonces la persona que consume quiere volver una y otra vez, lo que facilita la automatización de la conducta y posterior adicción. Otros factores son que azúcares refinados, harinas refinadas y grasas saturadas no necesitan receta, no existe percepción de riesgo respecto de ellas y están a la mano de manera fácil y económica.

Del total de casos de adicción alimentaria que ha visto el psiquiatra Carlos Téllez, un 30% logra salir adelante de manera victoriosa. "Es muy complejo, porque tienes todo el sistema en contra. Es difícil que algo pueda resultar si es que no hay políticas públicas que acepten que existe la adicción a los alimentos. El ser humano se ha enamorado de lo procesado y artificial, que es ofrecido y comercializado de manera muy seductora por diversas ramas de la industria. Los productos deberían advertir que son adictivos, deberían haber campañas, que en los colegios enseñen a los niños qué es la comida real, que haya educación emocional e incluso que pasaran como materia el sistema de recompensa, así como se enseña el sistema inmunológico", dice.

Consumo naturalizado

Aunque ni la Organización Mundial de la Salud (OMS) ni la Asociación Americana de Psicología (APA) consideran la adicción a los alimentos como una enfermedad que existe, miles de personas alrededor del mundo afirman sufrir este problema de salud.

En Chile, el 74% de los adultos sufre de sobrepeso u obesidad, según datos publicados este año por la OCDE. Esto nos sitúa como el país de la OCDE con más alta tasa de obesidad y sobrepeso, y significa un aumento con respecto a años anteriores (en 2016 ocupábamos el octavo lugar). Es especialmente alarmante el problema en niños, niñas y adolescentes: el 23% de los estudiantes tiene obesidad, según el estudio Mapa Nutricional 2018, de la Junaeb.

"Estamos ante un panorama nutricional crítico. El sobrepeso y la obesidad están deteriorando el bienestar de la población chilena y aumentando el riesgo de enfermedades no transmisibles, como infartos, diabetes y ciertos tipos de cáncer", expresó Eve Crowley, representante de la FAO en Chile. Según ella, una de las causas más importantes es el consumo excesivo de productos ultraprocesados.

Las políticas públicas nacionales parecieran no estar a la altura. En Chile tenemos el segundo nivel más alto de consumo de este tipo de productos en América Latina y el Caribe, y el séptimo nivel más alto en el mundo (Mourabac, 2015). Solo un 15% de la población consume la cantidad de frutas y verduras diarias recomendadas por la OMS y solo el 28,3% consume la cantidad recomendada de agua (ENS, 2017).

En 2016, la Ley de Alimentos estableció un nuevo etiquetado que marca con sellos negros los productos altos en sodio, azúcares, calorías y grasas saturadas. También establece que esos productos no se pueden vender, regalar ni publicitar dentro de establecimientos educacionales. Sin embargo, los productos con sellos negros son muy fáciles de encontrar en cualquier negocio fuera de los colegios. De hecho, datos del Ministerio de Salud (Minsal) demuestran que el porcentaje de obesidad aumenta cuando niños y niñas ingresan al colegio.

"La obesidad es compleja y multifactorial. Se necesitan múltiples herramientas para poder interceder. Una de ellas es en el consultorio, que es lo que tenemos. Pero eso no basta. Los programas que inciden tienen que ser intersectoriales y tener interacción con el entorno, que es muy importante. Hablamos de ambientes obesogénicos: la familia, el colegio, el barrio. Dentro de esta multicausalidad hay un grupo, principalmente de jóvenes, que tiene una conducta alimentaria que podríamos decir que es adictiva", explica Paula Daza, subsecretaria de Salud Pública.

Para mejorar el panorama, de aquí a un par de meses el Minsal lanzará un Plan Nacional de Obesidad, que se divide en tres puntos. El primero pone énfasis en los niños y niñas menores de 15 años, mujeres pregestacionales y mujeres embarazadas. Si se diagnostica sobrepeso u obesidad, la persona entra en un programa multidisciplinario con kinesiólogo, nutricionista y psicólogo, quien estaría a cargo de tratar las adicciones alimentarias. El segundo punto es la intervención en el entorno, para lo cual se planea profundizar el trabajo de los Planes Trienales de Promoción de Salud que financia el Minsal, a través de los cuales se insta a los municipios a promover la actividad física y buena alimentación. El tercer punto tiene que ver con nuevas normativas de regulación relacionadas a alimentos. Aunque la Subsecretaria no quiso adelantar detalles, comentó que el plan contempla mejorar el acceso a frutas y verduras en los barrios e incentivar que establecimientos de educación superior eliminen los productos con sellos.

Comedores Compulsivos Anónimos

"Bienvenidos a la reunión de Comedores Compulsivos Anónimos del día martes a las 19.30. Mi nombre es Lucía, soy una comedora compulsiva y la moderadora de esta reunión", dice una de las tres personas sentadas a la mesa de una de las salas de una parroquia en Las Condes. Sobre la mesa hay una serie de documentos plastificados y un libro llamado Solo por hoy, que en el canto de las páginas tiene escrita la frase "Vamos que se puede".

Lucía tiene 53 años, es delgada, viste de blanco y muestra una sonrisa generosa. Hace cinco años es parte de CCA, la rama chilena de Over Eaters (OA), organización que nació en Estados Unidos en 1964, cuando una mujer con adicción alimentaria comenzó a aplicar el sistema de los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos y se dio cuenta de que daba resultado. La organización chilena funciona en dos sedes de Santiago y una en Concepción. En esta sede se reúnen una vez a la semana cerca de 12 personas: mujeres y hombres desde los 17 hasta los 70 años.

Lucía, que sufrió de sobrepeso desde la adolescencia, se sumó luego de hacer todas las dietas con nombre de fantasía, de tomar toda clase de pastillas legales y clandestinas y hacerse dos operaciones para bajar de peso. Sus fluctuaciones de peso suman un total de 300 kilos entre lo bajado y lo subido. Nada de eso le resultó. "Hasta que vine acá la comida ocupaba mi cabeza todo el día: me despertaba pensando en el desayuno, después abría el refri pensando en el almuerzo, y así. Uno se comporta de esa manera porque se quiere dormir de algo. Comer da un segundo de tranquilidad, te seda", explica Lucía sobre los momentos de comportamiento compulsivo. "Cuando vine y empecé a leer los textos de CCA y a compartir con otras personas que estaban pasando por lo mismo, de pronto dejé de pensar en comida todo el día. Fue algo milagroso. Ahí me di cuenta de que tenía mucho tiempo y no sabía en qué ocuparlo", dice.

Su alimento compulsivo, como llaman a los que les producen adicción y detonan atracones descontrolados, son las galletas, que ha dejado de consumir gracias a este programa. Bajó, sin darse cuenta, 25 kilos. Y por primera vez ha logrado mantenerse en su peso durante años. "Pude renunciar a todo. No es fácil, hay que trabajar mucho este programa, pero a mí me ha hecho feliz. Ha cambiado radicalmente mi vida". Ahora Lucía es una de las madrinas de la organización, lo que significa que acompaña a otras personas en su trabajo del libro de los 12 pasos.

Luego de la bienvenida, la moderadora lee dos oraciones en voz alta. Invita a Felipe (24) a leer los 12 pasos y a Marta (56) a leer las 12 tradiciones. Luego, todos leen en voz alta textos de la OA y finalmente se abre el espacio para compartir opiniones, sensaciones o episodios importantes.

"Hola, soy Marta, soy comedora compulsiva".

"Hola Marta", dicen al unísono Felipe y Lucía.

"No he estado abstinente. Esta mañana estuve bien, pero al almuerzo comí postre y más del que debería comer. Lo bueno es que pude parar. Pero tengo que tener la cabeza más tranquila para no caer en la comida. Si estoy desajustada, la comida es un lugar donde siento una satisfacción rápida. Mi problema es cuando me desconecto y siento que desaparece el sentido de totalidad y me empiezo a aislar. Es cuando logro conectar que siento una sensación de tranquilidad. La abstinencia es serenidad", cuenta Marta. Luego Felipe dirá que para él la abstinencia es libertad: "Cuando estás abstinente puedes elegir. No solo qué comer y cuándo, sino que tienes libertad emocional, por ejemplo, para relacionarte con el resto de las personas. A mí me costaba mucho conectar con las personas. La comida ocupaba todo el espacio de mi cabeza".

Al finalizar la reunión se dan un abrazo grupal, entonan una oración y gritan "¡Vamos que se puede!".

Cuando se unieron a CCA, lo primero que hicieron fue eliminar el alimento que les genera adicción y elaborar un plan de comida diario detallado. "Al principio puede que no resulte eliminarlo completamente, pero poco a poco notas que si lo sigues consumiendo vas a seguir recayendo. Pasado un tiempo te das cuenta de que hay que dejarlo, y cuando lo logras tu vida empieza a cambiar. Transitas un camino que nunca habías transitado", explica Mariana, integrante de CCA Chile hace 16 años.

Ella llegó por una adicción a las galletas azucaradas: si se comía una, se comía el paquete entero. "El azúcar cumple una función superimportante, que es tapar las emociones. Cuando no sabemos canalizarlas, descubrimos que lo podemos hacer comiendo. El azúcar hace que no se sienta ningún dolor emocional. Así la comida se transforma en una amiga que no te reta, no te margina. En tu mejor compañera. La comida está superbién aceptada en este país: comer es un premio, es estar en familia, es recordar a la abuelita. Además, no es algo que puedas eliminar de tu vida, como el tabaco o el alcohol. Tienes que aprender qué hacer con ella", dice Mariana. Y añade: "La adicción a los alimentos es una enfermedad, y las personas que la padecen no lo saben. Mucha gente dice: 'Pero cómo no vas a tener fuerza de voluntad para cerrar la boca'. Las enfermedades no se tratan con fuerza de voluntad. Yo no tengo ese switch de quienes se comen dos o cinco galletas. Como hasta que me enfermo. Es exactamente lo que pasa con el alcohol y los narcóticos; lo que cambia es la droga".

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