Catalina Martínez: La joven rebelde tras la toma feminista del Instituto Nacional

Catalina Martínez

Catalina Martínez

Catalina Martínez, alumna de cuarto medio del Liceo Carmela Carvajal de Providencia, fue una de las organizadoras de la toma del tradicional colegio de hombres de Santiago, todo un hito de la actual ola feminista. Aquí cuenta la historia de su familia compuesta por mujeres, sus deseos de estudiar arte y de seguir en política.




Martes 15 de mayo de 2018. Mediodía. Con 17 años, Catalina Martínez, presidenta del Centro de Estudiantes del Liceo Carmela Carvajal, lidera la toma simbólica del Instituto Nacional. "Alerta machista… que todo el territorio se vuelva feminista", grita junto a cien compañeras. La movilización no tiene origen solo en hechos puntuales como un polerón del cuarto medio L institutano con la frase "Quien fuera bisectriz pa' partirte en dos y altura para pasar por tu ortocentro", una 'parodia' en Instagram de la violación masiva ocurrida en España por cinco hombres conocidos como "La Manada" o la denuncia de agresión sexual a una auxiliar de ese colegio. Ni siquiera se trata de una crítica al Instituto Nacional en particular, explica Catalina, sino a todo un sistema social machista. Su propósito es visibilizar el sexismo en la educación y crear o mejorar protocolos de denuncias de acoso; pero protesta, sobre todo, por un problema transversal: la violencia contra la mujer en todos los niveles. "Con la toma del Instituto el objetivo de visibilizar nuestra causa se cumplió totalmente. El machismo es algo instalado y constante. Estas movilizaciones son el comienzo de un cambio", advierte Catalina. "Nos matan, nos violan y quieren libertad y cómo y cómo y cómo es la weá", gritan las alumnas y colocan sillas para bloquear la entrada del emblemático liceo de hombres de calle Arturo Prat donde se educaron varios expresidentes de Chile. "No, no, no es no. ¿Qué parte no entendiste, la N o la O?", cantan.

Admiradora de Violeta Parra, forma parte del segmento más joven de la oleada feminista. A veces parece tímida y, otras, intimidante. Habla de todo, pero con reserva y seriedad. No le gusta que le hagan preguntas personales. Cuenta con orgullo que proviene de una familia de mujeres, como si estuviera frente a un álbum de fotos o un árbol genealógico donde no hay hombres porque murieron, se fueron en algún momento o simplemente nunca existieron. Dice poco sobre gustos o aficiones. Desde hace seis años le gusta pintar al óleo para descubrirse a sí misma y la realidad que la rodea. "Ahora estoy trabajando el cuerpo humano. Estoy pintando mujeres. Ni siquiera por razones feministas. Admiro estéticamente el cuerpo femenino y me gustan mucho las mujeres", confiesa Catalina, alumna de cuarto medio con ganas de estudiar artes visuales el próximo año. Consciente del desafío, tras salir de clases a las 4.30 de la tarde parte a un preuniversitario.

"Mi familia son puras mujeres. Esa es mi experiencia. Por eso no me pasa seguido sufrir discriminación o machismo, en cambio para mis compañeras es algo de todos los días. A varias amigas las obligan a lavar la ropa del hermano o cosas así. Eso me produce rechazo. La idea es ayudarlas y que ellas también puedan sacar la voz dentro de sus casas", cuenta Catalina. "Vivo sola con mi mamá. Ella tiene 50 años, trabaja como vendedora en una empresa y no nos vemos mucho. No hablamos mucho tampoco de la toma o de feminismo. Me apoya a su manera. Somos las dos y el resto de mi familia son casi puras mujeres. No conozco a mi papá", agrega, sentada en un banco de su colegio de Avenida Italia esquina Marín, donde una pegatina en amarillo y negro deja plasmada una frase que la representa: "¡Cuidado! El machismo mata".

De pelo muy corto y espejeantes aros mapuche, sin las mujeres presentes en su biografía y familia su vocación feminista seguramente no existiría. Su abuela y su madre fueron pintoras autodidactas y, aunque no se dedicaron a ese oficio, le enseñaron a pintar. El resto de su familia materna son folcloristas y su abuela también tuvo un grupo musical.

Cada una de sus opiniones es madura y meditada. Para ella las actuales reivindicaciones feministas, por ejemplo, deberían expandirse a toda la educación secundaria: "Cuando iba en octavo básico o primero medio en el Carmela Carvajal había profesoras intocables que llevaban muchos años y nos enseñaban a tejer en el ramo de Tecnología. Falta mucho por trabajar en mi colegio y en otros". "En el Carmela quedó la 'embarrá' a fines del año pasado y principios de este por denuncias de alumnas por acoso de profesores. Ellos ya no están haciendo clases en el colegio, pero siguen impartiendo clases en otros liceos. Los sumarios quedaron en nada. Por suerte creamos una secretaría de género que cambió las cosas y recibe denuncias de las alumnas, busca testimonios y apoya a las víctimas. Algo se logró. Esos casos de acoso salieron a la luz por nuestra secretaría", añade.

Catalina se refiere al caso de un docente de música de su liceo denunciado a Carabineros por varias alumnas. Después de más de un año de investigación se realizó un sumario interno y fue trasladado a otro colegio. "Las alumnas siguieron en clases con él por un buen rato y hasta una compañera se lo encontró en un concierto porque el profesor también dirigía la orquesta municipal de Providencia. Por otro lado, otro profesor de música pero del Liceo 7, que también hacía clases en el Carmela, fue acusado de acoso. Acá no tenía denuncias formales pero sí tenía reclamos que la Dirección nunca tomaba en cuenta. Hubo revuelo y amenazamos con que si él volvía a entrar al colegio habría consecuencias. Lo querían sacar del Liceo 7 pero mantenerlo en el Carmela. Finalmente lo sacaron. Son profesores de planta, muy difíciles de remover porque llevan muchos años. Los mueven de colegio, pero no evitan que los abusos de poder sigan sucediendo todos los días en la sala de clases", dice la presidenta del Centro de Estudiantes.

En 2013 Catalina entró al Carmela Carvajal luego de estudiar en un colegio de monjas particular subvencionado. A su juicio, ambos son burbujas diferentes, pero burbujas al final. "Noté el cambio. En mi colegio anterior no se hablaba de feminismo y en el Carmela sí se habla. Por otro lado, acá es muy abierta la comunidad gay, cero rollo, es supernormal y a nadie le importa el tema, pero uno sale afuera y te enfrentas a una realidad diferente", comenta. "La política se vive y se puede ejercer desde muchos lugares. Quiero estudiar artes plásticas. Arte y política están en conexión, y en el ámbito universitario quiero seguir ligada a cambiar el actual sistema y luchar contra las injusticias que provoca. Tenemos muchos temas pendientes para discutir y avanzar como, por ejemplo, si el Instituto Nacional o el Carmela Carvajal debieran ser mixtos. El tema está sobre la mesa, tenemos que discutirlo", apunta.

Contracultural e inclusiva

Cada una de sus opiniones saca chispas. Contesta en forma rápida, reflexiva y segura, y hace reparos a una frase que ha alimentado el renacimiento del feminismo y encendió las redes sociales el pasado 12 de mayo. La joven escritora chilena Arelis Uribe, autora del libro Quiltras y una de las fundadoras del OCAC (Observatorio Contra el Acoso Callejero), dijo en Twitter que el actual movimiento de mujeres era "el 2011 feminista". "Tengo una perspectiva crítica del año 2011. Las movilizaciones fueron masivas pero había poca conciencia en esa masa que participaba. Eran marchas de miles de personas, pero dos mil de los asistentes estaban tomándose una chela. Tienen que existir las masas, pero masas conscientes", responde Catalina.

La líder de la toma femenina del Instituto Nacional, algo impensado hace algunos años, tampoco está de acuerdo con la necesidad de una educación feminista como lo propuso la periodista Faride Zerán en una entrevista en The Clinic: "Una escuela, una universidad, un país feminista es una escuela, una universidad, un país mejor". De esa frase de la premio nacional de Periodismo la joven activista le cambiaría el adjetivo "feminista" por "igualitaria".

Los últimos días han estado marcados por el movimiento de mujeres y las imágenes de las manifestantes mostrando sus pechos en la marcha del miércoles 16 de mayo, expresión gráfica de la indignación de las universitarias. En ese gesto, Catalina ve un símbolo revolucionario. "Liberarse, desexualizar el cuerpo femenino es importante", replica.

Es la cara visible del momento de efervescencia que vive el Liceo Carmela Carvajal. No para de organizar asambleas. Junto a sus 1.700 compañeras día a día conversa de machismo y violencia de género, incluso a mediados de abril durante dos semanas estuvieron en toma de su propio colegio, pero no por temas feministas sino por déficit de infraestructura. "El liceo está pa' la embarrá. No debemos olvidar nuestros problemas internos, o más bien debemos conectarlos con los feministas. Desde primero medio que he trabajado para mejorar y organizar el liceo. Los centros de alumnos anteriores tendían a una posición de ser amigos de la directora y no trabajar con los estudiantes. La Dirección no quiere que nos organicemos para luchar por problemas que ellos mismos han provocado. Hay que seguir luchando nomás", finaliza su manifiesto.

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