El feminismo siempre libera a las mujeres

El feminismo es un movimiento cuyo objetivo histórico ha sido emancipar a las mujeres de un sistema que las oprime. Pero, más allá de los grandes avances que ha conseguido, también ha tenido un efecto contrario: el feministómetro. ¿Qué implica? Un sistema de pensamiento basado en el desprecio intelectual entre distintas ramas del feminismo, hacia mujeres que no tienen la misma formación teórica sobre el movimiento o hacia aquellas que simplemente presentan una actitud supuestamente incoherente con ciertas bases fundamentales. ¿Pero existen las malas feministas?




Uno de los grandes roces del colectivo feminista al cual adhiero fue gatillado por el uso del color rosado en nuestras gráficas comunicacionales. Suena algo muy superficial, lo sé, pero es una discusión que suele darse entre feministas: qué decisiones y prácticas individuales son o no dignas del movimiento. Para una parte del colectivo el rosado representa esa imagen de princesa dulce, delicada, infantilizada, un estereotipo del cual han pasado toda su vida tratando de desmarcarse, con justa razón.

La otra parte ha resignificado el color rosado y lo usa en su vida diaria no solo porque le gusta, sino como gesto político de apropiación de algo que las mujeres pueden elegir con libertad. Y también porque es bonito. Esa discusión, que parece tan nimia, fue desentrañando otras diferencias más profundas que finalmente recaen siempre en lo mismo: el cuestionamiento de qué comportamientos o ideas son más o menos feministas que otras. Hay que confesar que no siempre logramos que esas discusiones estén exentas de prejuicios y acusaciones y que sin querer solemos caer en una práctica odiosa: pasarnos unas a otras el famoso feministómetro.

El feministómetro es un aparato que se utiliza para medir el porcentaje de pureza feminista en una mujer. Se aplica comúnmente sobre aquellas en las cuales observamos una incoherencia e inconsistencia entre su comportamiento cotidiano y las teorías de género. Aplicamos el feministómetro, por ejemplo, cuando juzgamos el feminismo de la otra por cómo se viste, si se maquilla o cuando no ocupa la copita menstrual. ¿Usas filtros de belleza en Instagram? Poco feminista. ¿Bailas Twerk o pole dance? Víctima del patriarcado. ¿Todavía crees en el amor romántico? Partiste a deconstruirte. ¿Tienes un podcast de feminismo y no has leído ni a Judith Butler? Fuera. ¿Uno es menos feminista porque le gusta el rosado y come carne? ¿Soy menos feminista porque estoy casada con un hombre o quiero verme linda en redes sociales?

La ensayista y novelista estadounidense Roxane Gay, en su libro Confesiones de una mala feminista hace un análisis desprejuiciado sobre aquellas contradicciones, conscientes o no, que vivimos las mujeres en nuestra vida diaria. “Fallo como feminista. Tengo la sensación de que no soy tan comprometida como debería, que no estoy a la altura de los ideales feministas debido a quién soy o cómo elijo ser”, dice. Leerla resulta un alivio para muchas que hemos caído en la culpa de no estar cumpliendo con los estándares que nos gustaría o que otros y otras esperan de nosotros. Con mucho humor logra reírse de sí misma y confesar sus culpas por amar el rosado, leer Vogue, escucha rap con letras degradantes para las mujeres y depilarse. “Hay un feminismo esencial o la idea de que hay maneras correctas e incorrectas de ser feminista. El problema más significativo del feminismo esencial es que no tiene presentes las complejidades de la experiencia humana o de la individualidad”.

Por este lado del mundo, la periodista y politóloga argentina, y una de las fundadoras del colectivo Ni una menos, Mercedes Funes, escribió un libro en la misma línea: Feminista en falta. Habla en una entrevista de algo que parece fundamental, y es el hecho de que este movimiento precisamente lo que intenta es liberarnos a las mujeres de esa mirada patriarcal que nos enjuicia constantemente, que nos señala como débiles y falladas y nos acusa una y otra vez de no ser lo suficientemente buenas mujeres. Y, sin embargo, “el feminismo que nos iba a salvar de ese corset, parece querer volver a uniformarnos”. Un feminismo moralizante que acusa con el dedo como una serpiente que se muerde la cola.

El problema está en la forma

Buscando en internet chilenas que hablen sobre el fenómeno, encuentro un video con más de 8500 reproducciones donde la guionista y comunicadora Lula Almeyda improvisa una canción cuya letra la creó a partir de las respuestas que sus seguidoras le enviaron a la pregunta: ¿Qué te hace sentir mala feminista?

Pero más allá de reírse de estos estándares asociados al movimiento, Lula entiende de dónde surge y cuál es el motor detrás de quienes los exigen. “Tendemos a aplicar el feministómetro por querer desenmarcarnos de aquellas cosas que ya no nos representan. Tenemos una tendencia a odiar aquello que a lo mejor alguna vez nosotras mismas hicimos. En el fondo esa “mala feminista” sería una versión primitiva de nosotras mismas”.

Lula también ve cierta frustración de parte de quienes caen en aplicar el feministómetro al observar cómo el discurso feminista se vuelve vacío, sobre todo en las redes sociales, a través de celebridades o influenciadores e influenciadoras que se cuelgan del feminismo utilizándolo a su favor, pero replicando formas de opresión sin hacerse cargo del mensaje que entregan. “Hay gente que cree que el feminismo es un sentimiento o una pasión, y si bien lo es, tiene que ir de la mano con el trabajo. El feminismo es un proceso constante y una práctica política. De ahí la frustración que te lleva a aplicar el feministómetro a otras”.

Para Lula, ese feministómetro tiene cierta utilidad: no olvidar la importancia de revisarnos y cuestionarnos constantemente, una crítica y un enfrentamiento que es necesario para la evolución del movimiento. “Hay que tener ojo de estar descansando en el nivel de feminismo que alcanzaste. Llega un momento en que ya habiéndote deconstruido hasta cierto punto, y activado tus redes, te encuentras en un pequeño valle y ahí es donde una se empieza a equivocar. Cuando entramos en ese lugar de comodidad es cuando podemos terminar siendo foco de críticas. Y cuesta reaccionar contra la crítica, nos crispamos ante ella, pero hay que pensar un poco más, dejar el ego de lado y cuestionar nuestras prácticas”.

Pero esa crítica puede ser muy dura

El feministómetro no es malo, el problema radica en la forma, porque lo hacemos de una manera poco sorora. Pareciera que nos juzgamos muy duramente entre feministas y casi nos terminamos cancelando por cosas que no merecen ese nivel de castigo. Ahí también aparece el ego, porque si yo te critico estoy siendo mejor feminista, y eso me posiciona en un lugar más elevado moralmente. Pero esa es una dinámica muy patriarcal.

¿Qué consejo le darías a esas mujeres que sienten que no cumplen con esa altura moral?

Que hay que dejar de sentir culpa, porque no sirve para nada. Más que tratarnos mal y caer en el flagelo por creer que no somos suficientes, que es algo que nos han inculcado desde siempre, hay que aprender a observar si hay algo en que nos estamos equivocando y que podemos solucionar, cuestionarnos si estamos haciendo las cosas para complacer al patriarcado o no. Ver desde dónde puedo aportar y dar un mensaje y empezar a trabajarlo paso a paso, según mi capacidades y posibilidades. Desde ahí puede partir la autocrítica, pero no siendo nosotras nuevamente las culpables y las que estamos haciendo mal la pega. Una hace las cosas en la medida que puede.

Mala feminista

Cuando las mujeres nos unimos de manera colaborativa pasa un fenómeno muy poderoso, y es que esa fuerza grupal permea la individualidad y hace que te sientas menos sola, más fuerte y mucho más capaz de sobrellevar las desigualdades o violencias que puedes vivir a diario. Sin embargo, pertenecer a un movimiento tampoco es algo fácil. Esa misma fuerza que te potencia y hace sentir amplificada, a veces también puede exigirte ciertos ideales o pautas de comportamiento con los que no te sentirás cómoda; expectativas que no podrás cumplir.

Como en todo movimiento masivo somos diversas en edades, valores, clases sociales, orígenes étnicos y por lo mismo nuestras experiencias de mujer son distintas y no estamos siempre de acuerdo. Disentir, dialogar, llegar a consenso -a veces no lograrlo, pero seguir adelante- es el mayor desafío y el más necesario de cualquier acción política; así crecemos, evolucionamos. El problema es que el modelo que históricamente hemos tenido de ese ejercicio de poder ha sido bajo una lógica patriarcal de competencia, ataque y dominación, una lógica en la cual feminismo, sin quererlo, a veces también recae.

Ser feminista no nos exige encarnar la responsabilidad del movimiento entero. Ser feminista no significa tener que arreglar por nuestra cuenta lo que la historia de la humanidad no ha podido hasta ahora. No por ser feministas tenemos que conocer de todos los temas, tener todas nuestras opiniones claras, ni ser más consecuentes de lo que es el común de los humanos. El feminismo no es una religión ni un club en el que te pueden admitir o echar. Tampoco existe una certificación oficial que te permita fiscalizar a quienes son o no lo son tanto. Cada una, desde su subjetividad, está encontrando su propia forma de resistencia, y cada una se revisa y crece a su ritmo y dentro de sus posibilidades. “Ser una mala feminista parece ser la única manera de aceptarme como feminista y ser yo misma”, como dice Roxane Gay.

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