Por Constanza PalmaMi mascota y yo: nos volvimos a poner de pie juntas
En agosto del año pasado Catalina Concha, estudiante de veterinaria, encontró a una cachorra herida al costado de la carretera. A pesar de no tener los recursos para cuidarla, la rescató. Lo que no imaginaba en ese momento es que su recuperación también cambiaría su propia vida. Esta es la historia de Esperanza, una perrita que volvió a caminar gracias a meses de cuidados, amor y perseverancia.

En agosto del año pasado, Catalina Concha (25), estudiante de veterinaria, volvía de la universidad junto a su familia cuando, al borde de la carretera, vieron a un galgo que parecía estar abandonado. Se detuvieron para revisar su estado y, mientras estaban allí, un joven se les acercó desesperado para pedir ayuda. Desde hacía algunos días, una cachorra se había escondido bajo su auto y él no sabía cómo sacarla. La habían atropellado y tenía dos patas y la cadera fracturadas.
La decisión fue inmediata. Aunque al principio querían rescatar al galgo, al ver el estado de la perrita, Catalina, su madre y su hermana la subieron al auto y se la llevaron. “Estábamos complicadas porque no sabíamos de dónde íbamos a sacar la plata para hacerle todo lo que necesitaba”, recuerda Catalina.
Sin embargo, mientras iban camino a la clínica veterinaria, Catalina tuvo una corazonada. Sacó su teléfono, grabó un video contando lo que había ocurrido y lo publicó en su cuenta de TikTok. “No sé de dónde saqué tanta confianza, pero dije: ‘Voy a grabar un video y el video se va a hacer viral’”.

La perrita quedó hospitalizada y la familia regresó a casa sin saber bien qué iba a pasar. A la mañana siguiente ocurrió algo inesperado. “Me desperté, revisé la aplicación del banco y llevábamos un millón y medio de pesos. Fue como un milagro”, recuerda Catalina. El video se había viralizado y, durante toda la noche, comenzaron a llegar donaciones de personas conmovidas por la historia.
En la clínica veterinaria le preguntaron cómo se llamaría la nueva integrante de la familia. Catalina no lo dudó. “A mi cabeza llegó el nombre Esperanza y así le puse”. El nombre terminó siendo una síntesis de lo que venía por delante. Los exámenes revelaron múltiples fracturas: tenía el húmero delantero, la tibia trasera y la cadera fracturados, además de lesiones en una de sus rodillas. Incluso existía la posibilidad de amputar una de sus patas. “Cuando nos mostraron las radiografías eran puras fracturas. Su cadera estaba hecha pedacitos”, recuerda Catalina.
Comenzar desde cero
Aunque no existía riesgo vital, el estado de Esperanza era tan delicado que nadie podía asegurar que volvería a caminar. Comenzó entonces un largo proceso de cirugías, curaciones y rehabilitación. “Sabíamos que iba a ser un camino muy largo. La cirugía, la fisioterapia, que perdiera el miedo y que se acostumbrara a nuestra casa”, dice Catalina, quien decidió sacar adelante a Esperanza con el apoyo de su familia y de las miles de personas que comenzaron a seguir su historia en redes sociales.

Pero la recuperación no fue solo física. Esperanza llegó aterrada, desconfiada de todo y de todos. Poco a poco fue encontrando seguridad entre los miembros de la familia y los otros animales del hogar. “Todo le daba mucho miedo, pero ella fue un angelito desde el primer instante. Se dejaba hacer de todo y te miraba totalmente entregada”, recuerda Catalina. Acompañarla fue como hacer una práctica profesional en su casa que no solo la hizo aprender sino que confirmar que su vocación estaba con los animales.
Así, tras una serie de operaciones y sesiones intensivas de fisioterapia, un día llegó el momento que Catalina pensó que nunca ocurriría: Esperanza dio sus primeros pasos sola. “Cuando la vimos caminar por primera vez fue mágico. Yo llegué a pensar que iba a necesitar un carrito para siempre. Fue una emoción de otro nivel”, recuerda Catalina.

La huella de Esperanza
Hoy, la perrita que alguna vez llegó inmóvil y llena de miedo corre libre por la parcela donde vive, juega con los cinco perros y cinco gatos de la familia y duerme junto a Catalina, completamente arropada. “Es una perrita feliz”, dice.
Pero no solo cambió la vida de Esperanza. “Yo estaba muy triste, estaba perdiendo mi fe. Cuando ella llegó a mi vida, la esperanza empezó a florecer de nuevo en mí, por eso le puse así”, dice.
Sobre todo aprendió de resiliencia. “En esta vida nada está dado por sentado. Uno tiene que trabajar y dedicarse a algo para que las cosas salgan bien. Yo me tuve que dedicar a ella ciento por ciento para que pudiera volver a caminar”. Y lo lograron. Por eso asegura que esta perrita “es la definición de su nombre: esperanza”.

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