Por qué tenemos que dejar de calificar nuestras emociones en “positivas” o “negativas”




Miedo, rabia, ansiedad, melancolía, tristeza, pena, soledad, molestia, enojo son todas emociones y sentimientos que probablemente no queremos percibir en ningún momento del día. Son lo que desde nuestra infancia hemos aprendido a clasificar como emociones negativas. Esas que afloran de forma inoportuna, que nos hacen sentir incómodos y hasta un poco avergonzados de simplemente sentir lo que sentimos. Porque a través de los años hemos asociado estos sentimientos con algo malo y que no debiese nunca ver la luz.

Y a primera vista podría parecer una reacción natural. Si algo duele, es mejor cortarlo. Incluso si se trata de nuestros propios sentimientos. Pero clasificar nuestras emociones como positivas y negativas y, en consecuencia, aferrarnos a las primeras y tratar de suprimir las segundas, puede generar efectos negativos en nuestra salud física y mental. Sobre todo, cuando enfrentamos experiencias complejas en la vida que nos exponen a todo el amplio espectro de las emociones humanas.

La psicóloga clínica Josefina Hernández explica que las emociones son experiencias principalmente fisiológicas que sentimos en el cuerpo, pero que también interpretamos y expresamos según nuestra subjetividad, historia emocional, cultura y contexto. En ese sentido las emociones no son ni buenas ni malas. Simplemente existen y nos ayudan a interpretar el mundo. “Hay emociones más agradables como la alegría, la ternura, la sorpresa y otras más desagradables como el asco, el miedo o la vergüenza”, comenta la psicóloga. “Y los seres humanos tendemos a evitar las sensaciones desagradables. Es un mecanismo muy primario y que hemos desarrollado por razones evolutivas para protegernos de las amenazas”. Pero, además, la terapeuta explica que las emociones son profundamente modeladas por la cultura.

En este punto la psicóloga Carla Saavedra concuerda con que culturalmente se nos ha inculcado una noción de polaridad cuando hablamos de nuestras emociones y las catalogamos como buenas o malas. “Hay una falta de auto-conocimiento y de herramientas de gestión o procesamiento emocional cuando hacemos esta calificación binaria”, explica la terapeuta. “Tendemos a explicar la realidad de forma dualista, clasificándola como buena o mala, blanco o negro, hombre o mujer y, además, nuestro organismo naturalmente es hedonista, por lo que busca acercarse a lo placentero y alejarse de lo doloroso, incómodo o desconocido”. De esta forma, la tristeza, la rabia, el miedo y la vergüenza, se etiquetan como emociones molestas y, por ende, negativas así que tendemos a suprimirlas.

Pero según explica Carla Saavedra, esta claramente no es la mejor forma de relacionarse con las emociones, ya que al no manifestarlas de forma natural generan represión y rigidez psicológica, lo que a su vez produce conflictos internos y sufrimiento. “Mientras más represión y más me aferro, más sufrimiento genero. Es importante aprender a relacionarse con las emociones de forma menos reactiva para pasar por ellas fluidamente”, explica la psicóloga. La especialista agrega que todas nuestras emociones –incluso las que percibimos como negativas– son adaptativas, es decir, nos han permitido sobrevivir como especie. “Si no fueran una respuesta al entorno en nuestro proceso evolutivo de millones de años, ya se habrían eliminado”, aclara Carla.

Y es que, efectivamente las emociones que hemos aprendido a etiquetar como negativas, cumplen un rol en nuestras vidas también. Según un estudio publicado en la Revista de Psicología Positiva en 2013, muchas de las experiencias que más sentido le otorgan a nuestra vida están asociadas a emociones negativas e incluso dolorosas. Según el estudio, los encuestados que manifestaron una preocupación por su identidad personal y por expresar su sentido del yo, asociaron ambas inquietudes a emociones típicamente entendidas como negativas –estrés, preocupación, ansiedad– pero, sin embargo, calificaron estos cuestionamientos como experiencias significativas y llenas de sentido en sus vidas.

Este estudio comprueba que tener emociones positivas no necesariamente es sinónimo de una vida feliz y llena de significado. Y aceptar que a veces sentimos emociones que no nos resultan agradables tampoco implica que nuestras vidas sean infelices. El problema de clasificar nuestras emociones bajo estas dos categorías de buenas o malas está precisamente en la valoración y las asociaciones que hacemos como consecuencia de ello. “El principal efecto de polarizar las emociones es que comenzamos a reprimir nuestra experiencia emocional en todo su potencial, tanto en nosotros mismos como en otros”, explica Josefina Hernández. La psicóloga comenta que si, por ejemplo, etiquetamos la rabia como algo malo, dejamos de darnos el espacio de sentir esa emoción y no le prestamos atención a lo que esta nos indica. “En el caso de la rabia o enojo puede ser que estoy siendo pasada a llevar o que hay una situación de injusticia a la que necesito poner atención”, aclara. De esta misma forma, la psicóloga explica que, en nuestra relación con los demás, la estrategia de tapar los sentimientos que percibimos como malos puede llevar a invalidar las experiencias del resto y eso puede generar conflictos e incluso a dañar a quienes más queremos.

Y si esta represión de emociones negativas la repetimos de forma sistemática, los efectos pueden ser todavía más negativos. Porque, al contrario de lo que muchos podrían creer, los especialistas en salud mental son claros en afirmar que cuando reprimimos una emoción y la hacemos desaparecer de nuestro mapa mental, no la estamos eliminando realmente. “Es más bien como guardarla abajo de la alfombra”, explica Carla Saavedra. “Si seguimos evitando las emociones, pronto comenzaremos a tropezar con ellas. Las emociones tarde o temprano aparecen y si las reprimimos sistemáticamente, podemos caer en conductas evasivas dañinas como el consumo desmedido de alcohol, comida, redes sociales, televisión, compras o drogas”.

La especialista agrega que otra de las válvulas más comunes a través de las cuales se libera la presión que genera una emoción reprimida son la irritabilidad excesiva, el insomnio, un bajo estado de ánimo, la pérdida de motivación, falta de concentración, angustia y ansiedad. Y si estos estados se mantienen en el tiempo pueden incluso desembocar en trastornos psicológicos como depresión o ansiedad. “Para poder tener una vida plena es necesario relacionarnos con todas nuestras emociones de forma sana y equilibrada”, explica la terapeuta.

Ambas especialistas concuerdan con que relacionarnos de forma sana con todo el espectro de nuestras emociones –desde las más agradables hasta las menos placenteras– es algo que podemos entrenar y que existen técnicas que ayudan a la regulación emocional y a la integración. Entre las recomendadas por ambas psicólogas están la meditación, el mindfulness, practicar yoga o algún tipo de danza, realizar manualidades o simplemente escribir.

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