Política

Chantal Delsol, filósofa: “Querer restaurar un orden perdido es tan insensato y terrorista como pretender instaurar una utopía”

Crítica de las utopías progresistas y de la derecha reaccionaria, la filósofa francesa presenta 'El odio del mundo', publicado en Chile por el IES, un ensayo en el que examina la aspiración de abolir la realidad y fundar un mundo nuevo. En esta entrevista aborda el feminismo, las discusiones de género, el auge de las nuevas derechas y su controvertida invitación a Peter Thiel.

La filósofa francesa Chantal Delsol.

En casa le decían “la izquierdista de la familia”. Se lo decía su padre, el biólogo Michel Delsol, un hombre tradicionalista y de derecha. Chantal Delsol (París, 1947) heredó el aprecio por la ciencia, aunque optó por la filosofía. Luego se aproximó al pensamiento conservador, pero no de manera previsible: fue crítica de Mayo del 68 y en los 70 se volvió feminista. A menudo, esta pensadora francesa y católica suele desconcertar.

Miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de Francia y fundadora del Instituto Hannah Arendt, Delsol es una de las intelectuales más relevantes del pensamiento conservador, autora de Populismos, El crepúsculo de lo universal y La insurrección de las singularidades, entre otros. “Inconformista de derecha”, según Le Figaro, ella se define como “liberal-conservadora”.

Hace unos meses causó controversia al invitar al magnate tecnológico Peter Thiel a la Academia, en el marco de un grupo de trabajo sobre los problemas de la democracia. Ella explica a La Tercera:

—Leía los textos de Peter Thiel y quería que mis colegas de la Academia se dieran cuenta de la mediocridad de su pensamiento, pese a la publicidad que se le brinda. Era el momento de mostrar hasta qué punto estas corrientes estadounidenses pueden ser simplistas e incluso incultas, aunque invoquen a grandes pensadores —en este caso, René Girard— cuyo pensamiento tergiversan. Naturalmente, la prensa de izquierda concluyó que yo admiraba a Thiel. Pero mis colegas comprendieron y la exposición les resultó esclarecedora.

Admiradora de Tocqueville y discípula de Julien Freund, Delsol afirma que el siglo XX fue devastado por los totalitarismos utópicos. Y si bien hoy condenamos su terror, el impulso de abolir el mundo y producir uno nuevo sigue vigente: “El debate y la lucha enfrentan a quienes aún quieren reemplazar este mundo y a quienes quieren defenderlo”, escribe en El odio del mundo. Totalitarismos y posmodernidad, su nuevo libro en español, publicado por el Instituto de Estudios de la Sociedad (IES).

En su ensayo, que será presentado el próximo jueves, a las 18.30 en la sede del IES, contrapone dos actitudes: la voluntad de emancipación ilimitada, que aspira a rehacer el mundo, y la disposición a recibirlo, cultivarlo y conservarlo. Su crítica se dirige, sobre todo, a la ruptura sin límites.

—Es una cuestión característica del momento posmoderno: nuestros contemporáneos no aman el mundo; lo encuentran mezquino, estrecho, demasiado imperfecto en relación con sus expectativas. Es una consecuencia de la decepción que siguió a las grandes ideologías y utopías modernas. Los occidentales esperaron poder recrear el mundo humano conforme a sus deseos: un mundo perfecto, sin injusticias ni guerras. Cuando advierten que todo sigue siendo como antes y que no tienen el poder de construir su utopía, comienzan fácilmente a odiar el mundo en el que viven.

Usted utiliza las figuras del demiurgo y del jardinero para ilustrar dos actitudes: la de quien quiere reinventar el mundo y la de quien procura cultivarlo. ¿Qué representa cada una?

La figura del jardinero es la del amante del mundo. No porque lo considere perfecto: sabe que algunos árboles no darán frutos y que algunas flores nunca crecerán. Pero admira el impulso de los frutos, los acompaña y los ayuda a crecer. Ama el mundo no tanto por sus resultados, siempre inciertos, como por ese impulso permanente del que participa.

El demiurgo, en cambio, quiere crear de la nada, a partir de su propio pensamiento, como Dios; y eso es algo que un ser humano no puede hacer. Por eso, el demiurgo vive únicamente de decepciones. Y el jardinero vive de una alegría modesta y grande.

Las sociedades posmodernas, pese a lo que afirman, no se han convertido en sociedades verdaderamente liberales.

El jardinero también transforma la realidad, pero acepta sus límites. ¿Qué distingue esa actitud de la voluntad demiúrgica?

El jardinero acepta, sin amargura ni rebeldía, unos límites establecidos antes que él y fuera de él. La voluntad demiúrgica es un fenómeno occidental, que no se encuentra en otras culturas salvo como imitación —por ejemplo, en el marxismo de Mao—. Surge tras el derrumbe de la religión matriz de esta cultura, el cristianismo, en la que un Dios crea el mundo y sus leyes.

Tras haber matado a Dios durante la época revolucionaria, el hombre moderno se toma por Dios: cree que puede crear “un mañana radiante”, “la democracia como régimen del fin de los tiempos” o “la paz eterna”. Es un mimetismo que busca sustituir la religión abandonada.

Usted ha dicho que “nuestros contemporáneos ya no creen en Dios ni en Marx, pero abrazan árboles”. ¿No ve en esta actitud una voluntad de cuidado del mundo?

Quería decir que la religión trascendente y, posteriormente, la ideología marxista fueron reemplazadas por formas de panteísmo en las que se adora la naturaleza a través de sus diversas manifestaciones. Podemos ver, por ejemplo, a noruegos que clavan una placa en la montaña en memoria de un glaciar desaparecido, u otros comportamientos semejantes. Por supuesto que cuidamos la naturaleza, pero lo hacemos sacralizándola, como podían hacerlo los antiguos pueblos precristianos.

Una de las ideas centrales del libro es que Occidente condenó el terror totalitario, pero la posmodernidad conservó su impulso. ¿Observa esa tendencia en las sociedades democráticas?

No hablo de un nuevo totalitarismo. El término debe reservarse para los regímenes de terror, en los que vienen a buscar a una persona de madrugada para enviarla a 30 años de gulag o a un fusilamiento, sin delito ni juicio. En cambio, las sociedades posmodernas, pese a lo que afirman, no se han convertido en sociedades verdaderamente liberales. Siguen gobernadas por aquello que Georg Simmel llamaba un “rey clandestino”: un principio que monopoliza el valor y tolera poco las demás creencias.

Simmel señala que en la Edad Media, el rey clandestino era Dios; en el Renacimiento, la naturaleza; en la modernidad, la igualdad. Hoy es la autonomía del individuo. Se ha vuelto imposible proponer una ley heterónoma, es decir, una ley impuesta desde arriba. Ser “fascista”, hoy significa defender una heteronomía.

Si los Estados totalitarios recurrían al terror, usted dice que en la posmodernidad la burla es un mecanismo privilegiado de exclusión moral. Pero la ironía y la mofa han existido siempre. ¿Qué distingue a la burla contemporánea?

Por supuesto que la burla siempre ha existido. Pero cuando ya no es posible imponer por la fuerza, quien quiere imponer algo recurre al sarcasmo. Quise mostrar que ese mecanismo funciona muy bien y quizá incluso mejor que la coacción. Los comunistas quebraron a las familias y vaciaron las iglesias por la fuerza, pero estas se reconstituyeron por sí mismas apenas cayó el régimen. En cambio, aquí, donde se intenta destruir a las familias y a las iglesias mediante la burla, el procedimiento resulta mucho más eficaz.

Feminismos

Usted critica la aspiración a una emancipación ilimitada. ¿Cuándo un proceso de emancipación legítimo se radicaliza?

Esa es la cuestión de los límites, siempre abierta al debate. Lo esencial es saber que no podemos hacerlo todo sin perdernos a nosotros mismos; que existen leyes antropológicas que nos trascienden. Los debates serán interminables para determinar hasta dónde podemos llegar. Para mí, un conservador es alguien que sabe que existen leyes naturales y está dispuesto a buscarlas sin convertirlas en dogmas, porque son fluctuantes en el tiempo e inciertas en el espacio.

Vivimos en sociedades donde los hombres están en el siglo XIX y las mujeres en el XXI: no es extraño que haya tantos divorcios.

Desde esa perspectiva, ¿dónde situaría al feminismo contemporáneo?

Hay toda clase de feministas y “feminismo” es una palabra muy subjetiva. En este ámbito, la emancipación está lejos de haber concluido. Cuando le preguntaba a Emmanuel Le Roy Ladurie cuánto se necesitaba para reequilibrar las sociedades después de transformaciones como el fin de la esclavitud, la servidumbre o la emancipación de las mujeres, respondía: “Dos siglos”. Todavía estamos lejos.

Vivimos en sociedades donde los hombres están en el siglo XIX y las mujeres en el XXI: no es extraño que haya tantos divorcios… Para los hombres es difícil aceptar la pérdida repentina de una superioridad inmerecida e indiscutida. La situación volverá a estabilizarse —¡dentro de dos siglos!— cuando comprendan que también ellos deben hacer sacrificios profesionales para ocuparse de la familia y de la casa.

En cambio, no creo que todo deba reducirse a una función. Pienso que también existen roles, porque los hombres y las mujeres son diferentes, y eso es algo positivo. Probablemente una mujer se sienta más cómoda al cuidado de un niño muy pequeño, pero si el padre no se ocupa con dedicación de un hijo adolescente, este puede convertirse en un delincuente antes siquiera de haber tenido tiempo de respirar. No hay que ser idiotas en nombre de la igualdad.

Usted critica la idea del individuo como autor de sí mismo, especialmente en la discusión contemporánea sobre el género. ¿Qué le preocupa de esa concepción?

Se trata de una utopía que miente al fingir que se ha realizado. Si soy una niña y quiero ser un niño, puedo elegir un nombre masculino, vestirme como un niño, modificar mi cuerpo e imponer mi nueva identidad, pero sigo siendo una niña. Esto puede comprobarse genéticamente, en una consulta médica o en las competencias deportivas, y también en el hecho de que deberé tomar hormonas durante toda mi vida.

La verdad es que la especie humana está dividida en dos sexos, con un porcentaje ínfimo de casos dudosos que se presentan como si representaran a la totalidad. Que los adultos jueguen con esto no me molesta. Pero milito para que no haya grupos que entren en las salas de clases de los niños pequeños para explicarles que su sexo fue sorteado al azar al nacer: eso es falso.

Usted sostiene que Marx y Fukuyama, desde posiciones antagónicas, comparten la idea de poner fin a la historia. ¿No encuentra una lógica comparable en las corrientes conservadoras que idealizan el pasado y buscan restaurar un orden perdido?

Sí, creo que querer restaurar un orden perdido es tan insensato y terrorista como pretender instaurar una utopía. Algunos pueden amar el pasado, pero hay algo seguro: no volverán a él. Debemos amar el mundo tal como es, con todas sus adversidades.

Es como un hijo que llega a nuestra vida: es feo, no es muy inteligente, pero es tuyo; una responsabilidad que te toca, una aventura que se te ofrece. Y lo amas con todos sus defectos. Son los ideólogos quienes pretenden amar únicamente la perfección.

Me viene a la memoria un pasaje de Grossman al final de Vida y destino: los soldados alemanes derrotados no eran, como afirmaba la propaganda, magníficas bestias rubias, sino hombres de rostros grises y llenos de granos; eran mediocres, “tal como sus madres los habían hecho y tal como ellas los amaban”.

Derecha reaccionaria

Este libro apareció en 2016, cuando el progresismo vivía una gran expansión. Diez años después, asistimos al ascenso de líderes nacionalistas, libertarios o de rasgos autoritarios, desde Donald Trump hasta Nayib Bukele y Javier Milei. ¿Cambió el péndulo de la historia?

Esta tendencia en auge es una reacción contra un progresismo excesivo, tanto en el ámbito económico —la globalización— como en el plano social —las cuestiones de género, entre otras—. Esto puede frenar esa tendencia o volverla más razonable, pero parece imposible cambiar de dirección.

No volveremos a las sociedades de la navegación a vela o de la autoridad patriarcal. Encontraremos nuevos equilibrios, pero atravesamos un periodo de ruptura; de ahí las polarizaciones que usted menciona.

También existe una derecha reaccionaria que no soporta el mundo actual y que, sabiendo que no es posible volver atrás, denigra incesantemente el presente.

Chile pasó del estallido social de 2019 al gobierno de izquierda de Gabriel Boric y, luego, al del conservador José Antonio Kast. ¿Ilustra este recorrido la tensión entre emancipación y arraigo?

Para un francés es difícil hablar del caso chileno. En Francia, todo lo que se dice desde la derecha es calificado de extrema derecha y se impide que llegue al poder. El arraigo está muy mal visto en Francia, aunque se ha producido una evolución reciente y el electorado, en su conjunto, se inclina más bien hacia esa posición. A la intelectualidad francesa no le alcanzan los insultos para denostar a Milei, quien, sin embargo, no lo está haciendo tan mal. No conozco lo suficiente a Kast como para hablar de él.

¿Quién odia hoy el mundo? ¿El fenómeno sigue asociado al progresismo o también adopta formas nacionalistas o conservadoras?

Existe una corriente de posmarxistas decepcionados por el fracaso de las utopías de “un mañana radiante”, que todavía quieren cambiar el mundo mediante distintas formas de igualdad; una extrema izquierda que no soporta la imperfección y está dispuesta a emprender revoluciones para transformarlo. Pero también existe una derecha reaccionaria que no soporta el mundo actual y que, sabiendo que no es posible volver atrás, denigra incesantemente el presente y desprecia todo lo que existe. Dentro de esta línea se encontraba alguien como Gómez Dávila.

Después de diagnosticar tantas formas de rechazo de la realidad, ¿qué razones le quedan para esperar? ¿Qué podría reconciliarnos con el mundo?

Soy una católica impregnada de estoicismo. Y confío en la capacidad inventiva de las generaciones futuras, porque creo en la maravillosa novedad de las personas que están por nacer. Ellos tendrán ideas que nosotros no tenemos e inventarán cosas inéditas. Solo hace falta mantener firmes los principios fundamentales, y a partir de ellos podrán surgir muchos otros mundos.

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