Un liderazgo transversal

Foto: AgenciaUno.

Hasta ahora, el poder y la influencia que ostenta Cecilia no se le han subido a la cabeza, aunque con tales niveles de popularidad los riesgos son mayores. Por una parte, por sentirse en exceso confiada, lo que la haga perder el norte basada en el enorme capital político que ostenta; o por dejarse presionar por quienes quieran aprovechar el gran activo de su popularidad. Su historia, en todo caso, hace dudar que eso pueda pasar.


En la última década, no hay figura política que le gane a Cecilia Morel como la más popular de Chile, tomando en cuenta que ni en los peores tiempos de las movilizaciones estudiantiles -en 2011- su aprobación bajó de 50%, cuando la de su marido se derrumbaba hasta 26%. En marzo de 2010, Michelle Bachelet llegó a tener sobre el 80%, pero en su segundo período de gobierno su evaluación positiva descendió a 22%, la más baja aprobación en la historia de la encuesta Adimark. Ese descenso la hace quedar en el segundo lugar, el mismo que ocupa en este ranking 2018 como la segunda mujer más influyente de Chile. Cecilia, como le gusta que la llamen en lugar de primera dama, es la número uno.

Al escarbar un poco más en los datos, sorprende el hecho de que la aprobación a Morel casi no experimenta altibajos. La encuesta de Cadem, de junio pasado, revela que esta alcanza a 79%, nivel que apenas varía según sexo, edad y grupo socioeconómico. Y algo más llamativo aún. Casi no genera anticuerpos. Por posición política, su apoyo es de 93% en la derecha, 85% en el centro y un insólito 62% en la izquierda. Con estos números, y obviamente según sea el escenario del momento, la tentación para elucubrar sobre la posibilidad de que sea candidata para competir en la próxima carrera presidencial ha comenzado a rondar en algunas mentes. Pensar eso, sin embargo, equivale a no conocerla. Quienes están cerca de ella aseguran que carece del “cuero duro” necesario para moverse en estas lides. Le duelen las críticas, sobre todo las que le hacen a Sebastián. Además, no le interesa la política partidista, porque considera que se ha vuelto en extremo agresiva.

Ella se empoderó en el tiempo que transcurrió en el primer período del Presidente Sebastián Piñera. Su poder quedó en evidencia durante la campaña 2017, cuando se transformó en la telonera de los grandes actos. Era ella quien presentaba al candidato y su magnetismo en los primeros meses del nuevo gobierno sigue en aumento.

La pregunta es cómo ha llegado a ser tan influyente. Ella siempre le ha dicho a su marido claramente lo que piensa y defiende con fuerza sus posturas, pero a diferencia de antaño, cuando este le decía “sintetiza” en la conversación, ahora no solo la escucha, sino que está consciente de que su mujer tiene una intuición política que vale la pena considerar. Pero su influencia también se expresa en que el Presidente se ha vuelto mucho más dependiente de ella y quiere que lo acompañe a muchas de sus actividades. Todos los cercanos saben que en cualquier momento se aparece por la oficina de la primera dama, o la llama para pedir su opinión. Ese fue uno de los cambios más significativos que se gestó en su relación durante el período de Piñera 1.0.

En todo caso, según ella mismo ha dicho, le gustó ser primera dama. Su trabajo de toda la vida como orientadora familiar con jóvenes y mujeres de escasos recursos la preparó para su labor en La Moneda. Y, por primera vez en sus más de 40 años de matrimonio, compartieron un proyecto profesional. Sintió, además, que el Presidente valoraba sus habilidades blandas, esas que generan gran empatía y cercanía con la gente, y el estilo de liderazgo que ejerce desde la emoción con todos los que trabajan con ella. En este sentido, siempre se ha dicho que ella tiene toda la inteligencia emocional que al Presidente le falta, pero eso mismo a veces le ha jugado en contra. Como se relaciona desde lo afectivo, posterga medidas, porque no le gusta que las personas puedan salir heridas. Eso le pasó con una de sus más cercanas colaboradoras en el primer período. Le costó despedirla, aunque sabía que estaba generando problemas en su equipo.

Su sencillez es real y no una mera estrategia para ganar popularidad. No se duerme en los laureles. Es trabajadora y perfeccionista, muy matea, lo que puede ser un resabio de cierta inseguridad al no haberse sentido valorada por largos años. Revisa todos los discursos, pide datos, estudia.

En este segundo período, eso sí, ya pone límites en sus actividades como primera dama, algo que aprendió en el primer gobierno. No va a todo lo que la invitan, ni acompaña al Presidente a todo lo que le pide, porque carece de la energía que él tiene y porque para ella ocuparse de la familia siempre ha sido prioritario, sobre todo con un marido por muchos años ausente y trabajólico. El mismo Presidente ha reconocido que no tendría la familia que tiene si no hubiese sido por Cecilia.

Hasta ahora, el poder y la influencia que ostenta Cecilia no se le han subido a la cabeza, aunque con tales niveles de popularidad los riesgos son mayores. Por una parte, por sentirse en exceso confiada, lo que la haga perder el norte basada en el enorme capital político que ostenta; o por dejarse presionar por quienes quieran aprovechar el gran activo de su popularidad. Su historia, en todo caso, hace dudar que eso pueda pasar.

Coautora del libro Piñera, biografía no autorizada

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