Columna de Psicología: ¿Tú ves adolescentes?... los que se niegan hablar con adultos (1ª parte)



Voy a partir esta columna tal cual lo hago en la consulta, pues es importante que ustedes sepan que no soy experto en adolescentes. Trabajar con ellos ha sido inesperado.

Aparte de ser psicólogo y coach con una buena formación en Programación Neuro-Lingüística, no cuento con estudios sobre esta etapa de la vida, ni soy un experto en educación, pues me formé para ser un coach ejecutivo.

Y enfatizo esto último, pues lo que más recibo son peticiones de ayuda respecto a crisis vocacionales o dificultades académicas, tanto en los primeros como en los últimos años de la universidad. Y desde hace un par de años, también he visto a muchos estudiantes que cursan los últimos años de la etapa escolar y algunos que quedan colgados fuera del sistema. Ni en el colegio. Ni en la universidad.

Y les explico esto a los padres de mis clientes y a mis coachees, para ir seteando las expectativas, pues el trabajo que realizo con los adolescentes es prácticamente el mismo que hago con jóvenes ejecutivos y gerentes. Básicamente, yo soy el mismo, y aunque las necesidades y las expectativas de mis clientes puedan ser muy distintas, en el fondo, todos queremos acabar con el malestar y empezar a disfrutar. Así de básicos.

Dicho lo anterior, retomo mis funciones como coach ejecutivo de Fantasía S.A.

Si no han seguido mis columnas, no importa, pues mi trabajo en esta consultora financiera está terminando y, contra todo pronóstico, todo ha resultado bien. Miguel Ángel, en gerente general de Fantasía S.A., está muy contento con lo que ha pasado, pues Hans y Sergio son otros.

No entraré en detalles de la vida personal de ambos (pues ya lo hice en las pasadas columnas) ni en las decisiones personales que tomaron en la recta final del proceso de coaching, pero sí les puedo contar que los dos siguieron trabajando en la consultora y que el cambio realizado por ellos era evidente y positivo para su entorno.

Hans ya no era el colono sombrío y Sergio, tras una dura rehabilitación en el amplio sentido de la palabra, no solo llevaba meses limpio, sino que, contra todo pronóstico, había empezado un profundo proceso de revisión personal que lo llevó a darse cuenta que tenía que cambiar su forma de relacionarse con el mundo y con las personas.

Feliz de haber retenido el talento, Miguel Ángel me comenta que antes de irme, María Cristina, una de las principales socias de Fantasía S.A., quería hablar conmigo.

"No me dijo de qué se trata, simplemente me dijo que era un asunto personal".

Inmediatamente se me apretó el estómago y asumí que quería hablar conmigo pues estaba indignada con las decisiones tomadas por Hans y Sergio.

Así, acompañado por Miguel Ángel, toqué la puerta de María Cristina y al hacerlo capté que nunca antes había entrado ahí, pues nuestros tensionantes encuentros solían ocurrir en las salas de reuniones.

No supe leer esta señal ni menos el significado de su sonrisa.

"Pasa por favor, siéntate".

Así como hay casas museos, hay oficinas que parecen salas de galería de arte, y esta era una de ellas. Dos impresionantes cuadros adornaban dos de las paredes… pero la vista de su oficina superaba cualquier obra humana.

María Cristina se levantó de su escritorio y con la mirada me indicó que me sentara en un mini living que tenía. En una mesa baja, había galletas, tazas y una elegante tetera.

Inmediatamente me sentí torpe e inadecuado, así que no acepté nada y le procedí a preguntar qué hacía yo ahí.

Me sonrió con ternura y miró al suelo.

Silencio.

"Mira Sebastián, después de los meses que has trabajado acá creo que ya nos conocemos. Siempre he sido transparente y aunque me resulte incómodo reconocer que nunca me gustó tu presencia acá y que me dio mucha rabia y pena que Miguel Ángel y tú se hayan salido con la suya, más doloroso me resulta pedirte ayuda.

Sobretodo porque al hacerlo tengo que ser aún más honesta y contarte cómo partió todo. Bueno, no te asustes, pero la verdad es que estaba furiosa cuando supe que a Sergio le habían renovado el contrato y que Hans había decidido hacer muchos cambios en su vida personal, menos separarse.

Como aquí estaban todos felices no me quedó más que desahogarme en mi casa y una noche mientras le contaba a mi marido y a mis hijos estas derrotas personales, pasó lo inesperado".

Silencio.

"Es doloroso Sebastián, pero mi hija menor, con la que no me hablo hace más de un año, salvo para cosas puntuales, pedidos y coordinaciones, salió en tu defensa y dijo que tu único pecado era no haberme dado la razón en todo.

Sentí una puñalada, pues yo nunca llevo los temas de acá a mi casa, pero me sentía tan sola y traicionada, que lo compartí en la mesa. Los mayores me escuchaban con cara de preocupación y de tanto en tanto me daban palabras de aliento, mientras el huevón de mi marido me miraba callado y Sofía, así se llama, miraba el suelo.

Debo haber despotricado contra Miguel Ángel y mis socios por una hora sin parar y calculo que llevaba como diez minutos criticando tu trabajo, cuando mi hija levantó la cara y me fulminó con la mirada y sus palabras. Sentí odio Sebastián y tras su frase se produjo un hielo en mi casa que nadie supo callar".

Silencio

"Mira, fue tan fuerte todo esto, que fui al psiquiatra de mi hija. Ya a esta altura te podría decir que somos amigos. Si no cobrara tan caro, te diría que es hasta humano. Estaba pésimo y hablamos de todo esto y más y cuando menos me lo esperaba, Marcelo me pregunta si no he pensado que tal vez sería bueno intentar que Sofía fuera donde ese tal Sebastián.

Te juro que lo quise matar, yo hablándole de todo esto y a él se le ocurre esta genial idea. Rápidamente saqué mi chequera, le pagué la consulta y me fui en silencio. Él quedó petrificado y tras días de odiarlo con el alma, lo llamé y accedí".

¿Qué?

"No te asombres Sebastián, créeme que si pudiera no te lo pediría, pero mi hija hace más de dos años no sólo se niega a hablar conmigo, sino con cualquier doctor, psicólogo o psiquiatra. A Manuel solo le acepta preguntas sobre sus remedios. En sus palabras, parece una clase de química, pues sólo hablan de dosis, efectos y ánimo.

En fin, para no latearte con mi drama, la cosa es que Marcelo habló con Sofía y ella dijo que sí. Dijo que sí Sebastián, después de haberse negando a recibir ayuda de otra persona todos estos años. Mira, en el colegio pasa igual. Es una excelente alumna y si bien tiene un grupo de amigas extremadamente cerrado, no se abre con nadie y menos con un adulto.

Ya de niña la tuvimos que sacar del colegio de monjas porque se negaba a aceptar la autoridad de ellas y si bien no ha tenido mayores problemas en este colegio británico, no se relaciona con ningún profesor y la psicóloga me dijo que todas las veces que se han reunido no ha abierto la boca ni le ha dirigido una palabra.

Perdona que te bombardee con esta información. Manuel me ha pedido que te juntes con él para darte todos los antecedentes…"

De repente me puse de pie en forma automática y caminé a la ventana.

Sin darme cuenta, me estaba ahogando y cuando le iba a decir que nunca había trabajado con adolescentes, María Cristina, desde su sillón, me dijo:

"Sebastián, no dudo que te vas a llevar bien con mi hija, porque ya tienen algo en común. Los dos me sufren en silencio y los entiendo. Además, no sé si te lo han dicho, pero pese a tus treinta y pocos, aún pareces un adolescente".

Sorprendido, volví a sentarme en el sillón, agarré una galleta, me la metí entera en la boca y empecé a servirme té.

Tragué… tragué la galleta… tragué el té y le dije a María Cristina que estaba dispuesto a intentarlo, pero bajo mis reglas.

¿Y cuáles serían?

"Sofía me contacta directamente a mí. No me voy a relacionar con Manuel ni me interesa lo que me tenga que decir. Las sesiones van a ser en mi consulta y sólo yo me coordino con ella. Me pagas el mes por adelantado y si después de un par de sesiones yo siento que no funciona, se acaba".

Para mí sorpresa, María Cristina no protestó, agarró su cartera y sacó la chequera.

"No… quiero que Sofía me lleve el primer cheque".

Me paré, le di la mano a María Cristina y me fui.

En el ascensor mi estómago centrifugaba en una dirección y después en la otra y al salir a la calle supe inmediatamente que me había metido en un problema.

Lo que nunca imaginé en ese entonces es que de esa fecha en adelante, no solo llegarían más adolescentes a mi consulta, sino que empezó a ser relativamente frecuente que mis clientes, después de una sesión intensa, me comentaran, como quien no quiere la cosa, que les encantaría poder hablar así con sus hijos…

Y después de unos silencios y un par de rodeos… sabía que ya venía la verdadera pregunta…

¿Tú ves adolescentes?

Continuará…

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