Daniela Vega: el tránsito a mujer de la década

Autor: Tamy Palma

Fue la primera transgénero en presentar en la ceremonia de los Oscar, la primera chilena, además, en ganar el codiciado trofeo. La Revista Time la eligió entre las 100 personas más influyentes del mundo. También fue incluida en la serie Tales of the City de Netflix. La sumatoria de sus dieron como resultado un aporte aún mayor: haberle dado el empuje definitivo a la Ley de Identidad de Género.


“Quiero invitarlos a abrir su corazón para sentir la realidad”. Con esas palabras Daniela Vega sellaba lo que será, probablemente, uno de los diálogos más importantes de su propia historia. Las palabras fueron emitidas el 4 de marzo, arriba del escenario del Dolby Theatre, mientras presentaba “Mystery of Love”, la canción de la película Call me by your name. Minutos antes, había recibido, junto al equipo de Una mujer fantástica, el Oscar a Mejor Película Extranjera.

En una misma noche hubo dos hitos: Daniela pasará a la historia de los Oscar siendo la primera transgénero en presentar en la ceremonia, y marcó un punto de inflexión en el Congreso agilizando la tramitación de la Ley de identidad de Género que, con la guardia desafiante de la actriz, terminó agarrando vuelo propio tanto en la discusión política tanto como en la convergencia social. El hito tres, y la culminación de la mujer del año que va en tránsito a ser la mujer de la década, es que Revista Time la eligió en abril entre las 100 personas más influyentes del mundo, con una reseña escrita por la expresidenta Michelle Bachelet. Hito cuatro: su incorporación a la serie Tales of the City de Netflix.

Aunque enumerar sólo hitos amables puede resultar injusto. Daniela Vega ha generado debate. Uno duro, uno sin anestesia. Se ha defendido, ha respondido y ha sabido elegir sus batallas. La trastienda de su exitosa carrera quizá tiene más que ver con la adversidad, con que un excandidato presidencial de extrema derecha le dijo, poco después de recibir el galardón, que para él la actriz siempre sería hombre; que el excardenal Ezzati se mofó de la Ley de identidad de Género diciendo públicamente que “no porque a un gato le dicen perro, comienza a ser perro”,  -Daniela lo desafió a debatir con ella-; y la diputada Karol Cariola (PC) tuvo un fuerte round con Eduardo Durán (RN) por llamar a la actriz David, como aparece en su carnet, como una forma de opornerse al cambio de nombre en personas transgénero.

Cuando Daniela Vega dio la primera entrevista en Chile tras los Oscar, una periodista le preguntó si es que se había puesto nerviosa arriba del escenario. “No, mi amor, ¿tú me sentiste nerviosa?”, contestó ella. Los nervios ya los vivió. Cuando chica, en el colegio, con compañeros que le hacían bullying, que le hacían encerronas en el baño y le hacían pipí encima, según contó ella en Revista Paula.

Daniela tiene la intimidad de su actualidad resguardada. En ningún medio apareció contando que volver a Chile fue caótico, que no podía salir a comprar sola a la calle, o que en una oportunidad, en el centro de Santiago, llegó un carro de carabineros por la aglomeración de gente que se le arrimó para pedirle una foto o autógrafo.

La actriz del momento tiene un hermano, aunque ella habla de dos. Uno es el biológico, con el que vivió poco tiempo, y el otro es Matías Infante, su mejor amigo, a quien ella llama hermano y quien la acompañó -además de su padre- al Dolby Theatre el 4 de marzo.  Se conocieron en 2004 en Club Bizarro, una discoteca alternativa, cuando Daniela tenía 14 años y donde con dos mil pesos, cuenta Infante a Qué Pasa, hacían maravillas. “Me llamó la atención su personalidad, cómo se veía. En verdad ella siempre fue muy femenina”, dice.

Cuando todos se disputaban quién era la persona que descubrió a Daniela Vega -múltiples entrevistas intentan llegar a la raíz de la actriz con diferentes resultados- para asignarle un origen y un creador, Vega decía que Matías Infante fue el que realmente la alentó a hacer una carrera teatral. Según Infante, ella estaba profundamente deprimida. Había anunciado recientemente su tránsito de hombre a mujer y figuraba, por otros problemas familiares, encerrada en su casa, con miedo de lo que podía decir su entorno, y sin hablar con nadie más que Matías. Él, cuatro años mayor que ella, entonces iba en cuarto año de teatro en la Arcis. En su último examen semestral, necesitó a una persona que cantara ópera y actuara bien para recrear la obra estadounidense Ángeles en América que trataba sobre la propagación sin control del VIH. Matías hizo un click: Daniela Vega interpretaba programas gringos para reírse con sus amigos, recitaba con exactitud a la poeta Stella Díaz Varín, y desde los 11 años cantaba ópera de manera profesional.

Infante pensó en Daniela y en que invitarla a actuar en su examen podía hacerla ocupar su tiempo, sus ganas y reorientar su vida que, entonces, no estaba habitada por más que miedo. No eran tiempos de actuaciones glamorosas, de tener reconocimientos grandilocuentes, ni de hacer series con alcance internacional. Ese, el de Arcis, fue el primer escenario actoral de Daniela Vega, con una trama y una temática que le incumbía. La trama que finalmente, y sin quererlo, la sacó del hoyo y marcó un precedente en su vida.

La obra, sin embargo, nunca se hizo pública, pero sí fue el lugar donde el director Martín de la Parra, uno de los tantos supuestos descubridores de Daniela Vega, la vieron actuar por primera vez y por la que posteriormente la llevó a protagonizar la obra La mujer mariposa, su primera incursión teatral con público. Un pequeño público.

Lo que vino después, los triunfos de la actriz -que hoy se pelean como si fuera una licitación-, la película Una mujer fantástica, el Oscar y  la integración de la actriz en Tales of the City de Netflix, son parte de un largo historial mediático de la mujer del año; la misma que va transitando a la mujer de siglo en Chile.



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