La desconocida historia de los inicios de la astronomía en Chile

Ilustración hecha por la Expedición Naval Astronómica de EE.UU. del cerro Santa Lucía.

En 2019 se cumplirán 170 años de la llegada de la Expedición Naval Astronómica de EE.UU. que levantó el primer observatorio en el país, considerado el hito fundacional de esta ciencia en el país.


Chile es reconocido a nivel mundial por sus cielos limpios y las excepcionales condiciones que ofrece para la actividad astronómica. De hecho, se espera que para 2025 albergue el 70% de la capacidad mundial de observación. Sin embargo, no fue precisamente esta característica la que condujo a Chile a la Expedición Naval Astronómica de EE.UU., cuyo arribo al país en 1849 es considerado un hito fundacional de la astronomía en Chile.

Los norteamericanos llegaron en búsqueda de un punto en el hemisferio sur equivalente a Washington, donde se desarrollaban observaciones del cielo. “Esto era fundamental para concretar la medición de la distancia de la Tierra al sol, de acuerdo al nuevo método que pensaban ocupar para ello”, explica el Dr. Germán Hidalgo, académico de la U. Católica, quien –con el apoyo de Fondecyt- estudió los registros de la expedición. Las conclusiones de este trabajo están condensadas su la exposición “Ciudad y cielo”, montada en el Museo Benjamín Vicuña Mackenna.

“Esta expedición fue la semilla que la Universidad de Chile, usó para convencer al gobierno de que Chile debía tener un Observatorio Astronómico Nacional”, afirma José Maza, astrónomo de la Universidad de Chile e investigador del Centro de Astrofísica Cata.

Un observatorio del Chile naciente

El Cerro Santa Lucía fue el lugar escogido por James Melville Gilliss, líder de la expedición, para inaugurar en 1852 el primer observatorio en territorio chileno. Si bien, sus planes originales eran instalar el complejo en Chiloé, las inhóspitas condiciones y el mal tiempo de la isla, lo hicieron desechar la idea. Luego barajó la opción de Valparaíso, pero finalmente se decantó por la capital.

A juicio de Hidalgo, en esta decisión “primó la comodidad y la intención de estar en contacto con la vida urbana de la capital de una joven república en proceso de formación. Eso debe haber sido muy atractivo para ellos, como observadores no sólo de estrellas, sino también de una sociedad y una nueva nación”.

El observatorio se ubicó en la ladera norte del cerro, entre el Castillo Hidalgo y la cumbre, en dos dos construcciones de madera prefabricadas en Washington: un pequeño galpón de dos aguas donde se instaló el círculo meridiano, y un edificio circular con techo cónico con una ventana giratorio, donde ubicó el telescopio refractor ecuatorial.

“Debe haber sido significativo el contraste entre una ciudad muy rústica y polvorienta y la instalación de los más sofisticados aparatos de observación astronómica del momento”, especula Hidalgo. Un contraste que fue recogido en una ilustración de la misión norteamericana, que muestra un Santiago aún de aspecto colonial y agrícola.

Hito fundacional de la astronomía

La construcción del observatorio en el cerro Santa Lucía permitió a los astrónomos estudiar por primera vez una porción del universo austral que no es visible desde el hemisferio norte. Así, se pudo realizar el primer catálogo de estrellas brillantes al sur de la latitud 30°. Su productividad científica durante el siglo XIX quedó plasmada en alrededor de 30 trabajos publicados en revistas especializadas de Inglaterra, Alemania y Estados Unidos.

“La instalación del telescopio claramente sentó un precedente para la instalación de otros observatorios en el futuro, como lo fueron los telescopios en los cerros Tololo y La Silla en la década de 1960”, afirma Manuel Aravena, investigador del Núcleo de Astronomía UDP.

Por otro lado, este observatorio “también ayudó a que nuestro país se interesara por el desarrollo de la astronomía”, agrega Aravena. De hecho, en 1852 el gobierno de Manuel Montt compró las instalaciones e instrumentos y creó el Observatorio Astronómico Nacional, bajo la administración de la U. de Chile. Luego de un largo periplo por Quinta Normal y Lo Espejo, en 1962 el observatorio arriba a su ubicación actual, en el cerro Calán.

Durante su estadía en Chile, el Teniente Gilliss se codeó con gran parte de la intelectualidad local, como por ejemplo, Andrés Bello, quien le hizo entrega de los ocho tomos de la Historia Política y Física de Chile, escrita por Claudio Gay. Por otro lado, Ignacio Domeyko intercedió a nombre del Gobierno para concretar la compra del observatorio.

Las redes que tejió le permitieron estudiar otras dimensiones del Chile de la época, como su geografía, clima, flora y fauna, además de aspectos sociales. Incluso luego de su partida del país, en 1852, actuó como puente entre las autoridades de su país y las chilenas y facilitó los primeros contactos entre la U. de Chile y el Instituto Smithsonian.

“En ese sentido, podríamos decir que Gilliss fue un aglutinador social, y particularmente de hombres de ciencia”, concluye Germán Hidalgo.

 

 

 



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