El salto de Antonia

Autor: Ivonne Toro

En 2017, Antonia Garros (23) se lanzó al vacío desde el departamento de su pareja, Andrés Larraín (35). Su madre, Consuelo, ha impulsado desde ese día una ley que penalice la inducción al suicidio y la violencia en el pololeo. La ministra Isabel Plá dice que este proyecto es una prioridad para el gobierno. Esta es la historia de su caída.


“Es colocado en mesa de autopsia el cadáver de un adulto de sexo femenino, desnuda. En una bolsa aparte se observan: zapatos negros, minifalda de jeans, polera blanca ensangrentada, pantaletas negras, sostén animal print… Edad: 23 años”.

El 7 de febrero de 2017, a las 10.30 horas, el cuerpo de Antonia Garros Hermosilla permanece escudriñado en el Servicio Médico Legal de Concepción, mientras los forenses enumeran lesiones y redactan su informe necrológico.

Horas antes, la joven se había lanzado desde el piso 13 del Edificio Sánders de Chiguayante. Su salto de 37 metros terminó con su vida estrellada en el cemento del patio de la residencia de su pareja desde hacía casi dos años, el constructor civil Andrés Larraín Páez (35).

No hubo intervención de terceros, al menos no de forma directa. Pero desde su muerte, su madre, Consuelo Hermosilla González (51), busca demostrar que hay muchas formas de empujar a una persona a un suicidio.

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-Me da lo mismo. ¡No soporto!

-¿Qué no soportas? Cuéntame.

-No soporto. Me quiero morir, me quiero morir.

Una vecina de Larraín Páez grabó, alertada por los gritos que escuchaba la noche del 6 de febrero de 2017 en el departamento 1308, la conversación que sostenía Antonia con el conserje Bryan Escobar Contreras (31), en el balcón de la residencia.

Durante horas, Antonia y Andrés habían discutido. Tras la amenaza de ella de suicidarse, él pidió ayuda a la administración, la cual, a su vez, llamó a Carabineros.

Mientras llegaban los uniformados, Bryan subió a calmar a Antonia e intentó evitar que cumpliera su amenaza. Eran las 23.50 horas. Quince minutos después, Antonia moría.

-Esta mujer salió llorando, y veo que da la vuelta y se va hacia el balcón y es seguida por Andrés Larraín. La mujer se ubicó muy cerca del borde del balcón, incluso escuché muchas groserías, y vi que el hombre la toma de frente de su brazo y le da combos en el estómago, y le apretaba los brazos, y vi que le daba golpes en la cara y cabeza con la mano abierta. Al ver eso, solo dije que se calmara y la soltó- relató Bryan ante la fiscalía.

La pelea de esa jornada fue la culminación de una relación tóxica que se inició en mayo de 2015 y que tuvo un receso a fines de 2016. El pololeo se había reiniciado en secreto un par de días antes de la tragedia.

El conserje conocía las quejas de vecinos por el comportamiento de Andrés y estaba al tanto de una situación previa de agresión contra Antonia. Por ello, esa noche trató de protegerla.

La convenció de bajar a conversar al jardín. Según su declaración, la joven había bebido cerveza.

-Antonia me decía que estaba arrepentida de haber vuelto a pololear con Andrés, que estaba cansada de que le pegara, de sus mentiras, tenía vergüenza por lo que iba a decir su familia. Yo seguí calmándola.

El diálogo se interrumpió cuando el sargento de Carabineros Héctor Rivera Unión (43) arribó al lugar en compañía de un cabo y le ordenó a Antonia subir nuevamente al departamento 1308 para aclarar qué ocurría.

El trámite duró solo unos minutos. Mientras Rivera interrogaba a Andrés, Antonia tuvo una breve conversación con su amiga Catalina Timmermann (24), quien había acudido al departamento de un hermano en ese mismo edificio y le había escrito a Andrés para reunirse en privado. Antonia había descubierto el intercambio de WhatsApps y estaba molesta.

En un instante, corrió al balcón y saltó.

Un golpe seco remeció la noche.

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“La causa de la muerte es un politraumatismo secundario a una caída de altura…”.

Un cuerpo cayendo responde a ciertas reglas. La aceleración por gravedad es de 9,8 metros por segundo al cuadrado y se pueden calcular variables como la velocidad terminal y la fuerza de impacto.

Pero el trayecto de la caída de Antonia no es solo un asunto de cánones físicos. El derrotero que siguió la muchacha para morir es parte de un proyecto de ley que busca sancionar la violencia en el pololeo y la inducción al suicidio. La iniciativa está siendo analizada por el Senado, que el 30 de julio recibió a representantes del Ministerio Público, la Defensoría Penal, el Poder Judicial y académicos expertos en el tema. La ministra Isabel Plá, quien se ha reunido con la familia de Antonia, asegura que esta ley es una prioridad para el gobierno.

Lorena Astudillo, abogada y vocera de la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres, explica que la legislación debe ampliar ciertos criterios: “Las mujeres ven la muerte como una vía de escape posible, se sienten tan acosadas que no ven otra forma de salir de una relación. Entre 2010 y 2012, el 16% de las mujeres que se suicidó había iniciado un proceso judicial por violencia y ese dato es muy relevante, porque una persona que está con una depresión severa, al borde del suicidio, no activa un proceso judicial”.

Hasta ahora, en el caso de Antonia hay dos certezas jurídicas: Andrés es inocente del cargo de homicidio que la familia de Antonia buscó probar. Por otro lado, está formalizado por un delito de lesiones leves por un episodio del 9 de diciembre de 2016 en que, tras una discusión, le pegó una patada en el abdomen a Antonia en un pasillo del edificio. De este incidente quedó registro gráfico.

La familia de Antonia quiere demostrar que los hechos de violencia se fueron encadenando y que cada eslabón explica por qué ella pasó de ser una persona alegre e inteligente, a una joven agresiva, que bebía y fumaba marihuana en exceso.

-A medida que pasaba el tiempo, se iba alejando de sus amigas y de su familia, ya que pasaba cada vez más tiempo con él. Incluso, me contó de una vez que ella tenía que ir a una reunión familiar y Andrés le decía que fuera nomás, pero que a él no le costaba nada tomar su escopeta e ir a dispararle a su perro, lo que no era un hecho aislado, ya que habría hecho este tipo de amenazas varias veces, llegando hasta a amenazas de muerte. También se alejó de mí, que era su mejor amiga- relató Rafaella Pereira (24).

Su hermana, Rosario Cáceres Hermosilla (23), dio más detalles de la oscuridad en que Antonia estaba inmersa. Cuenta que en agosto de 2016 la joven les anunció que estaba acampando en la playa y dejó de contestarles el teléfono. De repente, estando ella en casa de una amiga, en Concepción, aparece Antonia con un ojo morado. “Al preguntarle cómo se lo había hecho, ella inventó que había entrado por la ventana del dormitorio de Andrés, tropezándose y golpeándose en el ojo con la esquina de una mesa, con una actitud muy a la defensiva, por lo cual, a pesar de insistirle, siguió con su versión, pero yo no le creí”, dijo a la fiscalía.

El 17 de agosto, Antonia tuvo un ataque de histeria en el departamento de Andrés. La trasladaron al Hospital Regional de Concepción.

Solo meses después contaría lo que había ocurrido en los días previos a su crisis. Dijo que Andrés la tuvo encerrada un par de días, periodo en que la golpeó y la arrastró del pelo, además de medicarla.

En paralelo, pidió ayuda en el Centro de la Mujer de Chiguayante, desde donde fue derivada al Sernam por violencia intrafamiliar.

Allí, una sicóloga consignó que Antonia “necesita apoyo, contención y asesoría psicosocial jurídica urgente. Ella sufre violencia hace bastante tiempo, hay una dependencia emocional importante. Él la ha amenazado y, al parecer, tiene trastorno de personalidad, porque lo que me da la sensación de que hay riesgo por lo menos medio”.

Tras una cita, Antonia dejó de asistir al lugar. Intentaron contactarla el miércoles 8 de febrero, ya era demasiado tarde.


La madre y la hermana de la joven luchan porque el Congreso avance en sancionar como delito la inducción al suicidio.

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“Yo, durante esta relación, no agredí a Antonia ni física ni psicológicamente. Nadie empujó a Antonia, ella misma se lanzó por el balcón al vacío”.

En su testimonio ante el Ministerio Público, Andrés insistió en que no hubo de su parte agresión alguna en contra de su polola.

“Nuestra relación era un tanto complicada, debido a los episodios de violencia que eran repetitivos entre nosotros, los cuales se generaban por motivos comunes entre pareja, celos y cosas por el estilo, sin embargo, estas discusiones se salían de control, llegando a haber golpes por parte de ella hacia mí o hacia las personas que la rodeaban”, declaró.

En más de una ocasión, Andrés aludió, para explicar lo ocurrido, a los problemas psiquiátricos de quien fue su pareja.

Efectivamente, Antonia había sido diagnosticada en 2016 con un trastorno de personalidad bordeline cuando su madre, Consuelo, la llevó a un profesional alertada por su adicción a la marihuana y los cambios en su carácter.

Para Svenka Arensburg, académica de la Universidad de Chile y especialista en psicología jurídica, la condición clínica de Antonia no es suficiente para explicar su muerte dado el contexto en que se encontraba. “Es muy fácil patologizar y es útil para el victimario. Explicas la violencia que ejerces por un problema siquiátrico de la víctima y te exculpas. El efecto de la violencia en una persona genera padecimientos”, argumenta.

Lo peor, recalca la experta, es que se tienden a normalizar las dinámicas violentas. Un amigo de Andrés, Álvaro Sandoval (27), por ejemplo, aseveró en el proceso que “de haber existido algún tipo de agresión sicológica, pudo haber sido más de parte de Antonia a Andrés que viceversa, en el sentido de que a veces se enojaba por cosas muy insignificantes, que podían arruinar el humor de Andrés”.

El humor de Andrés, según consta en la investigación, se arruinaba con relativa frecuencia. En el edificio constan una serie de reclamos de sus vecinos. También, quejas por el constante ruido en su domicilio y sospechas, que resultaron ser ciertas, de cultivos in door de marihuana. Se le incautaron, luego de la muerte de Antonia, ocho plantas en crecimiento y cinco en proceso de secado.

Con un residente, Marcelo Becker, tuvo una rencilla a gritos a mediados de 2016, luego de que Andrés arrojó basura hacia su hogar. Esa discusión fue grabada y de fondo se escucha a Antonia diciéndole a Andrés que pare.

La noche en que Antonia murió, Andrés tuvo otro incidente: le rompió la cara a Bryan de un golpe, acusando al conserje de ser culpable del suicidio. Fue formalizado por este hecho.

La abogada de Larraín, Paula Villalobos Lobos, insiste en que en la investigación no se logró establecer que Andrés tuviera una actitud violenta ni menos aún que hubiera agredido de alguna forma a Antonia. “Al día de hoy no existe acreditado un historial de violencia de Andrés hacia Antonia”, asegura.

El papá de Andrés contrató el año pasado a Imaginacción para abordar el tratamiento mediático del caso y a través de esta entidad, del lobbista Enrique Correa, se reunió con parlamentarios para frenar la tramitación de la ley de incitación al suicidio.

Su abogada detalla que “este proyecto de ley se le había denominado ley Antonia y tenía como fecha de violencia en el pololeo el 7 de febrero, día de su muerte. Existe un proceso judicial en curso y esto perjudica a mi representado, que es inocente de estos hechos”.

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Consuelo y su hija Rosario llegaron hasta el Edificio Sánders una hora después de que Antonia se lanzó al vacío. No sabían que había vuelto a pololear con Andrés. Durante el mes de enero habían viajado juntas a Pucón y en esos días quisieron creer que ya estaba todo resuelto.

No era así. A través de Facebook, una amiga les contó, sin detalles, de un accidente en el departamento de Andrés. Acudieron lo más rápido posible a encontrarse con Antonia. Allí, la realidad se reveló sin pudor alguno: el cuerpo de la joven, cubierto por un plástico, aún estaba en el antejardín.

Desde ese instante, empezaron a reconstruir la historia.

Consuelo llegó a la convicción de que las agresiones en el pololeo que Antonia habría sufrido explican la decisión de su hija. Creó una fundación para abordar el tema y ha luchado porque el Congreso avance en sancionar como delito la inducción al suicidio. Cree que si existe una penalización, habrá una disuasión hacia los agresores y mayor atención hacia las víctimas. No la mueve, recalca, ni la rabia hacia Andrés ni la ilusión de justicia.

-Mi hija está en un cementerio, ¿qué justicia yo puedo tener? Pero me acuerdo de su risa, de su olor, de lo graciosa que era. Y también de la mirada de miedo que nació en ella cuando empezó su relación con Andrés. Entonces pienso en las otras Antonias. No quiero que ellas mueran.

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