José Miguel Insulza: “Allende tenía claro que las cosas iban por mal camino”

Al senador PS el golpe lo sorprendió en París y sus planes eran conocer ese día la ciudad. Sin embargo, por su calidad de funcionario del gobierno de la UP y dirigente Mapu, solo pudo regresar a Santiago 15 años después.


El año del golpe volví a Chile de mis estudios (Universidad de Michigan, EE.UU.) decidido a trabajar con Clodomiro Almeyda en el gobierno, pero ya estaban todos los cargos ocupados, y me hice cargo de lo que se llamaba en esa época la Asistencia Técnica Internacional, que era la Cooperación Internacional, que curiosamente fue en lo mismo en que trabajé cuando se inauguró el gobierno democrático el año 90. Estuve más de un año en eso, pero cuando hubo unos cambios, don Cloro me dijo que me fuera a la Cancillería con él, por lo tanto, trabajé con él desde mediados del 72 y todo el 73. En esa época, la Cancillería estaba en el Palacio de La Moneda, entonces uno se encontraba con el Presidente a cada rato. Yo ya me estaba metiendo en política, era del Mapu, y fui el representante del partido en el comité ejecutivo de la Unidad Popular. Nos reuníamos con Allende a cada rato. La última reunión en la cual estuve fue hacia fines de agosto, inmediatamente antes de irme a Europa. Recuerdo que las últimas dos reuniones fueron bastante dramáticas.

Yo, además, participaba en el programa llamado A esta hora se improvisa, y diría que sentí un cambio muy fundamental después del paro de octubre (de 1972). Hasta ese momento, cuando la gente me veía en la calle, me saludaban todos con jolgorio, los nuestros digamos, y los otros siempre saludaban con alguna broma, pasaba alguno gritando y decía: ‘¡Viva Jaime Guzmán!’. Era un ambiente confrontacional, pero no tanto. Después de octubre el tono de unos y otros se puso muy duro. Desde mis compañeros que me decían: ‘Compañero, no les deje pasar ni una a estos gallos’, hasta los que me insultaban. Cambiaron todos de tono de voz y de actitud. Entonces, los últimos meses, efectivamente el último año fue muy, muy tenso.

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El 28 de agosto me fui a Europa. Asistí a la IV Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de países no alineados en Argelia, a la que había ido con don Clodomiro Almeyda. Terminó la conferencia un día después de lo esperado, pero el ministro Almeyda decidió volverse a Chile antes y me dejó a mí, junto con don Hernán Santa Cruz, a cargo de la delegación chilena.

Foto: Roberto Candia

La conferencia terminó el día 9 en la noche, el 10 en la madrugada volamos a París. Nuestro vuelo a Santiago iba a ser el día 12 y, por tanto, el 11 lo íbamos a dedicar a conocer París. Era la primera vez que estaba en Europa. Pero estábamos un poco nerviosos en realidad. En algún diario habíamos leído del allanamiento a alguna de las grandes empresas textiles -Sumar, creo- y, como estábamos preocupados, como a eso de las 2 de la tarde del día 11 compramos el diario. No salía nada, eran las 8 de la mañana en Chile. Poco rato después llamamos a un buen amigo francés, quien nos informó -él o su señora, no recuerdo bien-, que había habido un Golpe de Estado en Chile. Entonces, nos fuimos inmediatamente a la embajada.

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Antes de salir de Chile se hablaba mucho de golpe. Se hablaba mucho de que Allende iba a llamar a un plebiscito, pero no sabíamos qué iba a ocurrir. Tengo entendido que Allende siempre decía que si las cosas seguían como se estaban planteando se podría entrar a una ruptura institucional inevitablemente. Y alguna vez dijo algo, que entiendo que repitió con mucha fuerza: ‘Yo voy a estar aquí. Lo importante es que ustedes digan dónde van a estar también’.

O sea, Allende tenía muy claro que las cosas iban por un mal camino, pero no veía la posibilidad de cambiar, no imaginaba la posibilidad de cambiar de rumbo, y no conseguía convencer a nadie de que era necesario actuar de una manera que evitara esto. Que evitara la unidad de las Fuerzas Armadas para atacarlo y que evitara que hubiera una ruptura institucional.

Foto: Roberto Candia

Perdía la paciencia algunas veces con estas cosas, pero era un hombre muy compuesto, muy tranquilo. Nunca lo escuché gritar, ni siquiera hablarle fuerte a alguien. Sus discursos, por cierto, eran como los discursos de la época. Era un hombre fogoso, pero eso lo usaba en los discursos; en persona era un hombre muy agradable, muy grato y muy formal. A mí me caía muy bien desde antes. Yo fui allendista desde el principio.

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Bueno, en París no había embajador en ese momento, porque don Pablo Neruda había dejado la embajada hacía un tiempo y se había nombrado a Rafael Agustín Gumucio, quien todavía no había recibido el beneplácito, no había sido ratificado en el Congreso, supongo.

Había muy pocas noticias ese día 11. Nos empezamos a enterar poco a poco de lo que estaba pasando. Al principio había noticias muy alarmantes, que había muerto una cantidad grande de gente. Fue muy terrible. Ver el bombardeo fue una cosa tremenda. En esa época la televisión no era lo que es ahora, las tomas llegaban bastante tiempo después. Pero estas imágenes llegaron mientras yo estaba en París y las vi en un televisor en blanco y negro. De la muerte del Presidente Allende supimos bastante tarde, más bien en la madrugada.

Foto: Roberto Candia

Al día siguiente volví (a la embajada), pero ya a esa hora el clima era un poco distinto, ya estaba claro que el golpe había tenido éxito. Y pronto nos dimos cuenta de que no éramos muy bienvenidos en la embajada. A pesar de eso, en la residencia de la embajada recibimos ese día un inmenso desfile de franceses y francesas protestando por el golpe en Chile. Venían encabezados por dirigentes de partidos de izquierda. Las cabezas de la delegación eran François Mitterrand, que después sería Presidente de Francia, y Georges Marchais, que era el presidente del Partido Comunista francés. Venían adelante los Quilapayún y creo que también fueron los Inti Illimani, que también estaban de gira por Europa y después se radicaron en Italia.

De ahí corrimos al aeropuerto y alcanzamos a tomar el avión que salía a la medianoche de París para Buenos Aires, donde esperábamos combinar a Santiago. En Buenos Aires llamé a un agregado en la embajada y me salió Jorge Arrate al teléfono, que estaba en la misma situación que nosotros.
Bueno, y empezamos a plantearnos, con mucha ingenuidad, cómo volvíamos a Chile. Las noticias eran de todo tipo. Que el general Carlos Prats (comandante en jefe del Ejército) avanzaba con tropas desde el sur, desde Concepción, y otra serie de cosas. Pero la verdad es que después de saber que estaba Pinochet a cargo, que era el general en el cual Allende confiaba, supe que no había nada que hacer.

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No conseguí comunicarme con mi familia hasta la noche del 14. Y me dijeron, por cierto, todo; mi padre, en especial, me dijo que mejor no me moviera de ahí, que no se me fuera ocurrir ir a Santiago. Así recibimos a los primeros exiliados que llegaron a Buenos Aires y permanecí en dicha ciudad unos cuatro meses más o menos. Ahí llegó el general Prats, por ejemplo, y nunca me olvido que el día antes de que me fuera de Buenos Aires -que fue a fines de diciembre, comienzos de enero- iba yo caminando por la calle y sentí unos gritos. Me llamaba el general Prats, del cual aproveché de despedirme. Esa fue la última vez que lo vi.

No logré entrar más al país y estuve fuera de Chile más de 15 años. Le voy a decir exactamente lo que le dije a la gente que estaba en la embajada de París cuando vimos el bombardeo a La Moneda: Creo que esto requiere que cada uno piense lo que quiere hacer, porque nosotros no entramos a la política para este tipo de política. Nosotros entramos a una política que era democrática; de repente el contrato hay que revisarlo. Yo tengo muy claro que voy a seguir en esto, pero cada uno tendrá que hacer lo que le parezca.

Ahora, en ese momento, nadie se imaginó que el periodo iba a ser tan largo. O sea, recuerdo que algunos meses después estábamos en una reunión en algún país de Europa con Volodia Teitelboim (PC), con quien nos hicimos muy amigos, a pesar de él ser mucho mayor que yo, y los exiliados preguntaban muy angustiados: ‘¿Cuándo va a pasar?, ¿cuánto va a durar esto?’ Nosotros les dijimos que daba para largo, unos cinco años, y a todos les pareció terrible, espantoso.


Director de la Asistencia Técnica Internacional de la Cancillería (1973)

-¿Conoció al expresidente Salvador Allende?

-Lo conocí de manera bien extraña, bien curiosa, porque lo conocí mucho antes del golpe, mucho antes del gobierno. El año 67-68 yo era presidente de la Unión de Federaciones Universitarias, que era la unión de las ocho universidades que había en Chile en esa época. Entonces, como tal me tocó la huelga del año 68 y en esas condiciones fuimos citados por la comisión de educación para informar lo que estaba pasando. Y allí hizo varias preguntas y pidió varios oficios el senador Salvador Allende, que estaba participando en esa reunión. Le voy a confesar algo: el Allende que vi en La Moneda, a las pocas semanas de haber regresado de Estados Unidos, en el año 72, se veía más joven que el Allende que yo conocí en el Congreso el año 68. ¿Por qué? Tal vez por la adrenalina de las cosas. Cuando yo lo conocí, el senador Allende había perdido tres elecciones. Entonces mucha gente pensaba que ya no iba a llegar a la cuarta y de ahí esa famosa frase que él dice: ‘Cuando yo me muera, en mi lápida va a decir: aquí yace Salvador Allende, futuro Presidente de Chile’.

-¿Conoció al exgeneral Augusto Pinochet?

-No, la verdad es que lo vi, pero no lo conocí. No estuve nunca con él, o sea, era el jefe de la Guarnición de Santiago, entonces iba a muchos eventos que eran en La Moneda. Pero yo nunca crucé palabra con él, hasta el año cuando era subsecretario de Relaciones Exteriores, eso fue en 1994. Estaba en una reunión en la embajada británica y de pronto me golpea la espalda Alberto Espina y me sorprende diciéndome: ‘José Miguel, qué tal, te presento al general Pinochet. General Pinochet, le presento al subsecretario de Relaciones Exteriores’.

-¿Qué fue lo que más lo marcó de este período?

-La muerte de mi hijo Ignacio. A uno no se le muere un hijo. No se supone que los hijos tengan que morirse antes que los padres. Y eso, ciertamente, me marcó hasta el día de hoy. Si usted me pregunta qué es lo peor que me ha pasado en la vida, es eso. Y no voy a hablar más de eso, para no quebrarme. Ahora, en lo político, creo que lo más fuerte para mí fue el atentado a Bernardo Leighton. Yo vivía ahí cerca, el baleo se produjo a pocas cuadras, a un kilómetro de mi casa, y lo había visto un poquito antes. Creo que eso fue lo más violento que me pasó. Fue fuerte. El otro, como digo, es personal, son cosas de la vida que uno nunca espera que le pasen.

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