Revista Que Pasa

Los hilos de la memoria

Patricio Guzmán, uno de los más grandes cineastas chilenos del exilio, llegó esta semana a Berlín a instalar el género documental en la cumbre del cine. Con su nuevo trabajo,<i> El botón de nácar</i>, regresa al tema que más lo inquieta: tejer la memoria visual del Chile reciente.

La primera vez que Patricio Guzmán vino a la Berlinale tenía 33 años y desde hacía más de un año que había partido al exilio. Fue en 1975. La batalla de Chile, su obra cumbre y una de las piezas fundamentales del cine chileno, participó en la sección Forum, la más arriesgada del festival en términos artísticos. Volvió en 1976 y 1979 con la segunda y tercera parte de ese filme monumental; y en 1988 regresó con En nombre de Dios, en el que narra la historia de la Vicaría de la Solidaridad. Veintisiete años más tarde, un enorme retrato suyo cuelga en el Berlinale Palast, el edificio principal del festival, sede de las funciones oficiales y escenario de la alfombra roja. Veintisiete años más tarde, Guzmán, ahora radicado en París, regresa consagrado: no sólo es uno de los documentalistas de mayor peso a nivel mundial, también es uno de los que han elevado el género documental a la altura de la ficción.

La selección de su película El botón de nácar en la competencia oficial de la Berlinale, en la que disputa el Oso de Oro junto a otros grandes cineastas como Wim Wenders, Terrence Malick y Peter Greenaway, lo comprueba. El filme, concebido como la segunda parte de su premiado documental Nostalgia de la luz (2011), es más que una reconstrucción de la memoria de los detenidos desaparecidos, a través de un paralelo entre su exterminio y el de los indígenas de la Patagonia. Es también un manifiesto poético que lo confirma como uno de los grandes artistas del cine de lo real. Su participación en Berlín confirma, además, su buen momento internacional: el año pasado la prestigiosa revista Sight & Sound incluyó dos de sus trabajos (La batalla de Chile y Nostalgia de la luz) dentro de los 20 mejores documentales de la historia.

Competir en la Berlinale sería un paso obvio dentro de esta ruta ascendente. Pero Patricio Guzmán desconfía:

-Competir aquí no cambia nada. Seguimos siendo un género menor. Y seguiremos luchando contra todos estos grandes actores dueños de un carisma espectacular. ¿Cómo va a competir una descendiente de kawéskar de mi película con estrellas como Juliette Binoche? Es imposible. Competimos con esa desigualdad. Pero no me importa. Estoy acostumbrado -asegura, antes de ser interrumpido por su mujer y productora, Renate Sachse, para avisarle que no habrá tiempo de almorzar. Competir por el Oso de Oro implica correr de actividad en actividad, y de periodista en periodista.

En estos días agitados, también lo acompaña el músico Ángel Parra, uno de sus amigos cercanos, quien estuvo junto a él en la alfombra roja el día del estreno de El botón de nácar, el fin de semana pasado. Han sido jornadas intensas para Guzmán, pero por fortuna Berlín no es ese monstruo agotador que es Cannes, donde, según explica, también podría haber estado participando este año si no hubiese recibido el llamado de Dieter Kosslick, director de la Berlinale.

-A Thierry Frémaux (el delegado general de Cannes) le encantó El botón de nácar. Pero como era noviembre, y como faltaban más de seis meses para el festival, no me podía confirmar nada. Me dijo: "Si el director de Berlín te ofrece la competición, acepta. No me enojaré". Por eso llegamos aquí -cuenta Guzmán. Cannes, de todas formas, no ha tenido un romance muy intenso con el cine documental: en el último medio siglo, sólo tres documentales (uno de Jacques Cousteau y dos de Michael Moore) han competido por la Palma de Oro.

-Estamos consagrándonos hace tanto tiempo -insiste el cineasta cuando escucha la palabra "consagración"-. En mi caso, como tengo una empresa productora, la gente piensa: "Ah, este hombre es importante". Pero no. La empresa funciona en mi departamento y somos mi mujer y yo. El documentalista es un luchador, una especie de apasionado que lucha con la metáfora, con la historia, la memoria. Pero seguimos siendo pequeñas personas.

***

Patricio Guzmán supo lo que era la desaparición de un cuerpo cuando era un niño. Un día, en un paseo de curso, uno de sus compañeros fue a jugar al mar. Pero nunca regresó. Las olas nunca lo devolvieron. "Fue mi primer desaparecido", revela en El botón de nácar, cinta que se estrenó entre críticas divididas -muchos le reprocharon una dispersión de ideas-, pero que fue ovacionada en la función oficial. Si en Nostalgia de la luz Guzmán fue al norte de Chile a trazar un vínculo entre el desierto, la exploración del cosmos y la búsqueda de los muertos de Pinochet, en El botón de nácar tomó el camino inverso. Viajó al otro extremo del país, a las tierras australes, y dibujó desde ahí un relato que toma al agua como fuente de vida, y termina en el mar como un gran cementerio.

A nivel estético, El botón de nácar es quizás el trabajo más impresionante que ha hecho Guzmán hasta ahora. Las imágenes, dueñas de una fuerza visual y sonora deslumbrante, se entrelazan con entrevistas a distintos personajes, entre ellos, Raúl Zurita y Gabriel Salazar. El relato está hilado por la voz en off del documentalista, quien revela una idea que lo ha perseguido desde niño: ver un mapa entero y a gran escala de Chile, un país tan largo, que en los atlas siempre aparece fracturado en tres. Si Nostalgia de la luz tuvo lugar en el Norte y El botón de nácar en el Sur,  en la tercera parte de esta "trilogía de la memoria" Guzmán posará la cámara en esa columna vertebral llamada cordillera de los Andes.

Para la película que estrenó en la Berlinale, el cineasta viajó a la Patagonia con la idea de unir la tragedia de los indígenas y de los detenidos desaparecidos sin un hilo narrativo claro. Su primera inspiración fue el libro El caos sensible (1962), del científico alemán Theodor Schwenk:

-Él me reveló que cuando el agua se mueve, se debe a que recibe la fuerza de los planetas. Y esa fuerza, el agua la transmite a todos los seres vivos; es decir, es un mediador entre el cosmos y nosotros. Me pareció hermoso. Pensé que era un buen punto de partida -explica. Luego viajó a la Patagonia junto al cineasta Nicolás Lasnibat, su ayudante de producción, con la intención de investigar las culturas indígenas que hicieron su vida junto al mar, como los selknam y los kawéskar, y buscó a los descendientes de esas etnias, de los que sólo quedan vivos una veintena.

-Pero ahí todavía no había una historia. Seguí buscando hasta que encontré el caso de Jemmy Button, uno de los cuatro indígenas que fueron llevados a Inglaterra en 1832 por el capitán Fitz Roy para "ser civilizados", y que entró al barco a cambio de un botón de nácar. Aun así me seguía faltando algo. La búsqueda terminó cuando vi en Villa Grimaldi uno de los rieles con los que lanzaban a los detenidos al mar, y en el que lo único que quedaba de una persona era un botón. Y me di cuenta de que los dos botones contaban la misma historia de exterminio.

Así, con la ayuda de un botón, Guzmán cose dos retazos aislados de la historia de Chile que hablan de muerte y silencio. Lo curioso es que los dos filmes chilenos que compiten en la Berlinale tienen como eje relatos acusatorios. Ambos hablan de impunidad y mutismo: mientras el de Pablo Larraín apunta hacia la Iglesia, el de Guzmán lo hace a la Historia, escrita así, con mayúscula.

"Chile es un país lleno de masacres no contadas, y en ese aspecto, Chile es un mito.  Nosotros queremos transformar ese mito en un estupendo país", declaró el documentalista en la conferencia de prensa. El hecho de no haber recibido un Fondo Audiovisual hasta 2013, dice, es una prueba del miedo a la memoria que hay en el país.

-En Chile hubo un pacto de silencio entre políticos y militares, muy parecido al que hubo en España. No se sabe el número de muertos tirados al mar; la cantidad de torturados es escalofriante y los militares dicen: "Hemos detenido la insurrección popular que iba a acabar en guerra civil, por lo tanto hemos salvado al país". Lo que han hecho es destruir una república que tuvo 200 años de desarrollo -dice Guzmán, quien, sin embargo, no pierde la fe-: Ahora les corresponde a los jóvenes seguir esta pelea. Estuve con (Gabriel) Boric y con (Giorgio) Jackson, que me encantaron. Yo creo que en el futuro, el movimiento estudiantil, los mapuches y los descontentos de por allá y por acá van a transformar el país en algo insostenible. Y van a tener que ceder.

-¿Se puede escribir la memoria de un país estando lejos de él?

-Cuando estás fuera, ves mejor lo que pasa adentro. Es como una pecera: tú miras los peces y puedes meter el dedo y saber la temperatura. Los peces no saben a qué temperatura están. Yo vivo atrapado como en una gota de ámbar, como esos insectos que viven, que están desde hace millones de años ahí, porque el período del golpe fue tan injusto, tan atroz, tan violento y tan desproporcionado, que para mí fue como si me hubiesen incendiado la casa. Es como que llegues a tu casa y no hay nada. No están tus libros, tus fotos, se acabó todo. Eso me ha marcado para toda la vida. Gracias a la creación, a la invención, a la imaginación, he llegado a tener un camino. Un artista no puede vivir sin un camino.

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