Por Alejandro Jofré12 años de tecnología: del asombro por el iPhone a la fatiga de las pantallas (y la obsesión por la IA)
En su última columna en The Wall Street Journal, la experimentada periodista de tecnología Joanna Stern analiza cómo los dispositivos pasaron de ser novedades brillantes a la infraestructura invisible “y a veces agotadora” de nuestras vidas. ¿Qué pasó entre el auge de las apps y la llegada de los chatbots?

Hace poco más de una década, la tecnología de consumo se sentía como una fiesta.
Cada año traía bajo el brazo un teléfono con una pantalla que nos parecía ridículamente grande, una aplicación que prometía cambiar la forma en que pedíamos un taxi o un reloj que nos haría más saludables.
Pero si avanzamos hasta hoy, la sensación es distinta. La fiesta terminó y ahora estamos limpiando el desorden, o más bien, tratando de gestionar nuestra dependencia.

Esa es la premisa central de la última columna de Joanna Stern, la veterana periodista de tecnología de The Wall Street Journal, quien tras 12 años cubriendo la industria -primero en ABC News y luego en el WSJ- ha decidido hacer un balance.
Su diagnóstico es tan certero como inquietante: la tecnología dejó de ser un “gadget” divertido para convertirse en algo tan vital (y aburrido) como la electricidad o el agua potable.
Aquí, las claves de Stern sobre cómo cambiaron nuestros juguetes digitales y qué significa para nosotros.
El Smartphone: de la magia al “rectángulo aburrido”

Si recuerdas el 2012, recordarás la emoción. El 4G era la novedad, las cámaras empezaban a competir con las compactas y las pantallas crecían.
Stern recuerda cómo se burlaba de los primeros teléfonos gigantes, solo para terminar aceptándolos como la norma años después.
Pero hoy, la innovación en los teléfonos inteligentes se ha estancado. “Son rectángulos de vidrio aburridos”, asegura.
Las mejoras son incrementales: un procesador un poco más rápido, una cámara un poco mejor. Sin embargo, nuestra relación con ellos se ha vuelto absoluta. Ya no buscamos el teléfono por novedad, sino por necesidad. Hemos pasado del asombro a la ansiedad de la desconexión. El dispositivo que nos dio libertad ahora nos encadena con notificaciones constantes y la presión de estar siempre “en línea”.
El automóvil eléctrico: Tesla ganó, pero el cargador sigue perdiendo

Hace 12 años, ver un Tesla en la calle era como ver un ovni. Hoy, son parte del paisaje urbano. Stern destaca cómo los vehículos eléctricos pasaron de ser juguetes de millonarios a una opción de consumo masivo, forzando a toda la industria automotriz a pivotar.
Sin embargo, la promesa no se ha cumplido del todo.
Si bien los autos son computadores sobre ruedas, la infraestructura de carga sigue siendo el talón de Aquiles. La experiencia de usuario, algo que las tecnológicas prometieron perfeccionar, se rompe cada vez que intentas encontrar un cargador rápido que realmente funcione y no requiera tres apps distintas para pagar.
Inteligencia Artificial: la nueva fiebre (y el nuevo miedo)

Si los teléfonos se estancaron, la IA llegó para patear el tablero.
El artículo del WSJ identifica esto como el cambio de paradigma más grande desde el iPhone. Pero a diferencia del móvil, que era un objeto tangible, la IA generativa es una capa invisible que se está metiendo en todo.
Stern apunta a una dicotomía interesante: por un lado, herramientas como ChatGPT o Gemini prometen liberarnos del trabajo tedioso, pero por otro, está el costo oculto.
No solo hablamos del temor a que nos reemplacen, sino del consumo energético. La IA es la nueva devoradora de recursos, planteando dudas sobre si nuestra búsqueda de asistentes digitales más listos es sostenible para el planeta.
Wearables: nos estamos midiendo hasta el sueño

Lo que empezó con contadores de pasos básicos (¿recuerdan los primeros Fitbit?) se ha transformado en laboratorios médicos en la muñeca.
El Apple Watch y sus competidores normalizaron la idea de que nuestro cuerpo es un sistema operativo que puede ser monitoreado, optimizado y cuantificado. Sabes cuánto duermes, tu nivel de oxígeno y tu frecuencia cardíaca.
La tecnología se volvió íntima.
Conclusión: la tecnología como infraestructura
El cierre de Stern es quizás lo más revelador para el usuario chileno promedio que lee esto desde su pantalla en el metro o la oficina.
La era de la “tecnología personal” como hobby ha muerto. Ahora es infraestructura.
Ya no nos maravillamos porque la luz se encienda al tocar el interruptor. Simplemente esperamos que funcione. Con la tecnología ha pasado lo mismo. Se ha vuelto invisible, esencial y, por lo mismo, mucho más difícil de ignorar.
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