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Mi primer viaje en Waymo: cómo es recorrer San Francisco en un auto sin conductor

Con la promesa de la privacidad absoluta, una conducción segura y la ausencia de propinas, usar Waymo hoy en día, especialmente en ciudades donde su operación ha madurado como San Francisco, va mucho más allá de la simple novedad de subirse a un auto que se maneja solo.

Mi primer viaje en Waymo: cómo es recorrer San Francisco en un auto sin conductor Alejandro Jofré / La Tercera

Los vehículos autónomos Waymo ya son parte del paisaje de Silicon Valley. En lugares como San José, Cupertino y sobre todo San Francisco se han convertido en una alternativa real, y en muchos aspectos superior, a los servicios tradicionales como Uber o Lyft.

Para poder usarlo, la aplicación funciona exactamente igual que Uber o Cabify en Chile: fijas un punto de recogida, un destino y esperas a que el auto llegue y se desbloquee, todo desde el teléfono.

El precio de un viaje en Waymo es similar al de Uber y Lyft en EE.UU. (al sumar las propinas que piden estos últimos) Alejandro Jofré / La Tercera

El costo promedio de un viaje en Waymo en San Francisco varía entre 15 y 25 dólares, dependiendo de la distancia, hora y demanda.

Primer tip: si pides un viaje con el celular con menos del 5% de carga en batería, el auto cuenta con puertos USB-C para cargarlo.

Segundo tip para usuarios chilenos: Android ofrece un camino distinto para bajarse la aplicación oficial. Como Waymo tiene un bloqueo regional, es decir, solo funciona para cuentas de Google creadas en Estados Unidos, la Play Store no permite su descarga en una cuenta chilena.

Ahí entra en juego una de las características estrella del sistema operativo Android. Descargar la app como un archivo APK permite instalar la app oficial y tenerla lista antes del viaje (con cuenta de Google y tarjeta de crédito chilenas).

¿Es ilegal instalar un APK? No.

Android fue diseñado como un sistema operativo de código abierto que permite la instalación de software desde fuentes externas a su tienda oficial. Es decir, a través de los “Android Package Kit”. Y el escenario de las aplicaciones con bloqueo regional es uno de los más comunes.

Con la app de Waymo instalada y tu cuenta con método de pago listo, solo queda iniciar el primer recorrido.

A primera vista

Un Jaguar eléctrico de la flota Waymo en San Francisco

San Francisco tiene esa costumbre obstinada de restregar el futuro en la cara mientras caminas por sus calles empinadas. El primer viaje lo hicimos hacia el Musée Mécanique cerca del Pier 45. Estábamos parados muy cerca de un hotel cercano a Union Square, esquivando la neblina habitual y el viento helado del Pacífico, invitados al Galaxy Unpacked donde Samsung presentó su serie de teléfonos S26, cuando nuestro transporte dobló la calle.

Lo primero es el auto. Waymo cuenta con una flota de vehículos Jaguar I-PACE eléctricos, todos de color blanco. Son muy distinguibles con sus cámaras y domo negro girando en el techo como una baliza policial del año 2050.

El auto se detuvo exactamente frente al grupo, a centímetros de la vereda. Me asomé por la ventanilla. Adentro sonaba una melodía suave de ascensor caro. El asiento del conductor, forrado en cuero impecable, estaba irremediablemente vacío.

El habitáculo es pura sci-fi Alejandro Jofré / La Tercera

Para abrir las puertas, las manillas son retráctiles y se despliegan automáticamente al desbloquear el auto con la app. Luego, al subir, se ocultan como ocurre en un Tesla.

Entonces abrimos la puerta trasera con la misma cautela con la que uno abriría la jaula de un león dormido y nos subimos al Waymo.

Mi primer viaje en Waymo

Cuéntame una historia original: 70 grados Fahrenheit son 21°C Alejandro Jofré / La Tercera

Una vez adentro, la pantalla táctil nos dio la bienvenida por mi nombre y, con un tono amable pero firme, nos sugirió abrocharnos el cinturón. Le di al botón de “Iniciar el recorrido” en perfecto español (que seguramente infirió por mi cuenta chilena de Google). El manubrio giró solo hacia la izquierda y el auto aceleró suavemente.

Los Waymo cuentan con pantallas para los asientos traseros y delantero, donde es posible controlar desde la temperatura del habitáculo hasta poner tu propia música -vía Spotify o Apple Music- durante el trayecto.

De día o de noche, el sunroof hace que el viaje sea muy luminoso y uno está sentado mirando prácticamente en 360°, pero viajar en Waymo es una oportunidad única para ver en tiempo real cómo la inteligencia artificial resuelve problemas caóticos.

Los Waymo cuentan con sensores LiDAR, radares y cámaras de 360 grados en distintas partes del vehículo Waymo

Por un lado, sabes exactamente lo que está pasando: hay un enjambre de sensores LiDAR, radares y cámaras de 360 grados procesando terabytes de información por segundo, dibujando un mapa tridimensional del mundo para evitar chocar contra un tranvía o atropellar al perro de una señora. Esa es la teoría.

Pero en la práctica, sentados en el asiento de atrás, viéndolo todo desde nuestra trinchera de virtuales conejillos de indias, es otra cosa. Es ver a un fantasma híper preciso manejar mejor que cualquier Uber de una ciudad como Santiago, sin respaldos lumbares de madera en el asiento del conductor ni aromatizadores colgando del retrovisor.

La IA al volante

Usar el cinturón en cualquier asiento es obligatorio: la pantalla y su voz robótica lo recuerdan Alejandro Jofré / La Tercera

En la pantalla trasera, el sistema muestra cómo ve el mundo el cerebro de Waymo: los peatones son cilindros azules caminando por la calle, los otros autos son cajas de polígonos.

Al no haber un conductor humano, la cabina es completamente del pasajero y sus acompañantes (caben un máximo de 4 personas, tres atrás y una en el asiento del copiloto). Es el entorno ideal si necesitas tener una llamada de trabajo en privado o simplemente viajar en completo silencio sin la obligación social de mantener una conversación de cortesía.

También es cierto que Waymo es un conductor exasperantemente correcto. Aunque no venga nada a varios metros, respeta las señales de “Stop” con una devoción casi religiosa, cede el paso a las bicicletas antes que las bicicletas sepan que quieren pasar, y no se inmuta cuando alguien cruza corriendo a mitad de cuadra. Simplemente frena, suave, sin insultar a nadie, sin tocar la bocina.

Algunos pensarán: le falta odio, chispeza o qué sé yo. Pero lo cierto es que el sistema de conducción autónoma no se fatiga ni se distrae con el celular y respeta estrictamente la señalética.

La app funciona igual que Uber Alejandro Jofré / La Tercera

Aunque los primeros minutos de ver el volante girar resultan extraños (y algunos pasajeros incluso pueden asustarse), la conducción es notablemente suave y constante, algo que se agradece al navegar por calles empinadas o tráfico denso como ocurre a veces en el barrio chino de San Francisco.

A medida que nos acercamos al puerto, por las colinas inclinadas de la ciudad, con Alcatraz asomándose a lo lejos entre los cables del trolebús, me di cuenta de lo rápido que normalizamos lo absurdo. A los cinco minutos, el morbo inicial se transformó en asombro. A los quince, ya estaba revisando correos en el celular y criticando la lista de reproducción que la inteligencia artificial había elegido para el viaje. Había externalizado mi supervivencia a un puñado de algoritmos de Google y, francamente, estaba bastante cómodo con el arreglo.

Un solo precio

Mi primer viaje en Waymo: cómo es recorrer San Francisco en un auto sin conductor

Uno de esos correos que miraba era el cobro del viaje. En la cultura estadounidense, la propina en las apps de transporte es básicamente obligatoria, lo que infla el costo final del viaje. Con Waymo, la tarifa que ves en pantalla al solicitar el auto es el precio final y cerrado.

No hay propinas -ni conductores recordándolo-, lo que muchas veces hace que el viaje termine siendo más económico que un Uber equivalente.

Finalmente, llegamos a nuestro destino. El volante giró solo una última vez, estacionando con esa precisión que solo se ve en las escuelas de conducción. Milimétrica, a la primera, seca. La pantalla nos avisó que el viaje había terminado y recordó, con esa misma voz de robot educado, que no olvidemos nuestras cosas en el auto.

Bajamos, cerramos las puertas, bloqueamos las manillas con la app y nos quedamos mirando desde la vereda. El Jaguar hizo una pequeña pausa, como si estuviera tomando aliento, prendió su intermitente y se perdió en el tráfico de California, sin conductor, sin alma, buscando a su próximo pasajero.

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