Confesiones de la madre de una adolescente

Autor: Rita Cox

En Chile hay 561.560 niñas entre 10 y 14 años. Una de ellas es mi adorada hija de 12. Como miles de madres en mi situación, trato -ensayo y error- de acompañarla en su inexorable adolescencia, cargada de cambios de humor, intentos nada simpáticos por alejarse de mí y drásticas peticiones de que cambie mi lenguaje para referirme a ella: nada de palabras que huelan a guagua. De un día para otro, la madre que fui dejó de ser funcional y he tenido que comenzar a construir otra. A veces me acuesto con miedo y despierto con miedo de no dar el ancho. A veces creo que la vida me está poniendo a prueba. He llorado de impotencia. Pero la mayor parte del tiempo adolezco su adolescencia como la historia más fascinante que una madre y su hija pueden vivir tomadas de la mano, aunque ella insista en soltármela.


Cuando todo era calma, patita con patita, abrazos y besos, me convencí de que la etapa más ruda de la maternidad era la primera infancia. Al menos para mí, los cinco primeros meses de dar pechuga, no dormir, calmar el llanto y dominar la locura propia, me parecieron un infierno. No vi ni rosados ni ningún otro color pastel. Vi negro.

En cambio, de los seis meses a los diez años, el viaje fue maravilloso. Las dos de vestidos livianos corriendo de la mano por unos campos de lavandas, si se quiere sintetizar en modo Instagram. Ya cerca de los 11, comencé -como un animal en peligro- a olorosar problemas, pero jamás dimensioné la ola gigante que se armaba bien lejos, imperceptible en el horizonte, y que me iba a azotar sin aviso y amenazar con hacerme caer una y otra vez. Aunque aquí estoy, como mono porfiado, como Sarah Connor, la indestructible heroína y madre de la saga Terminator, empeñada en mantenerme estoica hasta que esto se acabe. En varios años más.

Soy madre de una niña de 12, inteligente, de humor rápido, buena para cocinar, hacer experimentos, tan compasiva como aguda para detectar sutilezas en las personalidades ajenas y largar certeros comentarios. Si tuviera 12, quisiera ser su amiga, que me dijera qué ponerme, que me diera consejos, que me tuviera al tanto de la cultura pop que consume y escribiera esos sentidos y tiernos textos que le dedica a sus amigas cuando están de cumpleaños. Si tuviera que reencarnarme en alguien, quisiera que fuera en ella. Al menos por unos días, como en Ponte en mi lugar, la película en que Jamie Lee Curtis hace de mamá de Lindsay Lohan y por hechizo intercambian roles. Así probaría ser a los 12 lo que no fui a mis 12: preciosa y desenvuelta, además tener esas piernas largas que no venían en mi mix genético. Desde que nació, mi papá le dice “princesa rusa”. Pero desde que la adolescencia se apoderó de su cuerpo, de su alma y, especialmente, de su carácter, califica más como la caprichosa adolescente María Antonieta, de Sofía Coppola. En vez de The Strokes, en la trama non stop de su soundtrack suena Ozuna y Bad Bunny. Todo gira en torno a su agenda social que maneja a través del iPhone que le regalaron cuando cumplió 11 y que para bien, para mal o para pésimo, coincidió con los primeros indicios de la llegada de la pubertad: cambios de humor a pito de nada, nuevo grupo de amigas y rebeldía frente a mi persona, llámese cercanía física, invitaciones a hacer cosas juntas, instrucciones que antes eran acatadas sin chistar.

Volviendo al celular, es un habitante más de la casa. Estamos ella, yo y su celular. Somos un triángulo. Lo detesto. No hay día en que las horas de exposición y de apagarlo no signifiquen una pelea. “¿Y cómo tú?”, es la legítima pregunta que me hace cada vez que le lanzo el “apaga esa cosa de una buena vez”. Y la respuesta es bien clara. Su cerebro, cuerpo y hábitos están, en palabras del pediatra y neonatólogo que la sacó de mi guata y que la sigue viendo, en pleno desarrollo. Fin de la conversación.

Entiendo, nunca tan bruta, que el celular es su radio, su cine, su tele, su pista de baile y la puerta a su independencia que cuesta demasiado administrar. Como los cajones de su velador y su derecho a la privacidad: ¿dónde está el límite entre la mamá que ejerce el control parental y la mamá controladora, que se me da tan bien? Me escucho como la madrastra de la Cenicienta exclamar cada quince minutos mientras a unos metros ella está echada en su pieza: “¿En queeeeeé andaaaasss, mi amor?”. Mi zumbido me agota y hostiga. Juro que quisiera soltar, pero se supone que tengo que proteger-educar-vigilar-estar-y no estar. Todo a la vez. ¿Cómo se hace eso sin asquearme de mí misma y sin dañarla? Cariño y castración contenidos en una pregunta. Ruido que sólo se apaga cuando fin de semana por medio le toca con su papá.

Es una preocupación como compulsión irrefrenable, idéntica a pasar cloro gel sobre el mesón de la cocina aunque ya lo haya pasado varias veces hace un par de horas. Porque la propia biografía y sus hoyos negros, cargados de carencias o excesos, en la maternidad se amplifican o viran, y se funden con las amenazas del mundo exterior que hoy, con las redes sociales, la violencia sexual, el bullying y su correspondiente relato mediático, se han vuelto terroríficas. De apego, lactancia, colecho, papillas, gluten o potos cocidos no leí ni una línea cuando mi hija era guagua. Sobre adolescencia, me he puesto las pilas y, de hecho, desde hace dos meses estamos en terapia madre e hija. El objetivo es reconocernos en esta nueva etapa y, con ayuda, inventar nuevos pactos de convivencia. Intuyo que nos están pasando cosas importantes. Yo he aprendido a hablar sólo cuando la terapeuta me da la palabra y, por pudor, guardarme por los 60 minutos que dura cada sesión el tonito de sermón que me regala el rango de madre. Ella, por su parte, se ha reservado el derecho al tono chillón. La última vez, después de entrar detestándonos, salimos acordando varios temas domésticos básicos que jamás hubiese imaginado eran tan relevantes para ella, comimos en un restorán chino de su elección y reímos a carcajadas. Ella es la divertida, por supuesto.

Unas semanas antes, había cerrado la puerta de su pieza por dentro por primera vez. Fue un hito para mí. Ella quería estar sola en una casa en la que el único otro ser humano que habita soy yo. El resto son dos perros. Se me vino a la cabeza Julieta, de Almodóvar, la historia de una madre abandonada por su hija. Esa película que vi hace dos años me destrozó. De la sala de cine salí con la cara hinchada de llanto a esconderme al baño, donde seguí llorando con espasmos de pena. Intuí de qué se trataba el nudo ciego que se podía venir. La distancia como amenaza. La madre e hija en la ficción, supuestamente no tenían cuentas pendientes. Pero para hacer su vida, esa hija prefiere quedar fuera de todo alcance.

Días antes de cerrar la puerta de su pieza, mi hija me había pedido, por enésima vez, que no le dijera nunca más “bebé”. A veces se me escapa uno que otro “bebé”, y le pido perdón. Elegí esa palabra de lo más siútica cuando ella tenía unos 9 o 10 años, porque simplemente no se me vino otra para definir la ternura que me provoca su sola presencia.

Ilustración: Alberto Montt

La bruja de los “no”

La sicóloga Diana Loi me comenta que el rasgo distintivo de esta etapa de búsqueda de identidad es el ensayo y el error. “Equivocarse y sufrir es el destino inexorable de todo adolescente”. Frente a ese estado de incertidumbre permanente, de la hija y de la madre en este caso, como maestra chasquilla en prevención de riesgos, me he vuelto una “expertóloga” en el arte de decir “no”, aunque al frente tenga a la persona que más amo con los ojos inyectados en lágrimas, haciendo una performance que dejaría de rodillas a Stanislavski. En eso, la alianza estratégica con su padre, con quien estamos divorciados hace años, es fundamental. A él, ella lo respeta como una verdadera autoridad. Su palabra es ley. De hecho, cuando ya estoy al borde de tirar la toalla, uno de mis recursos más bajos ha sido “voy a llamar a tu papá”. Así de básico de mi parte. Más digno y efectivo es el buen grito, aunque desacreditado por cierta academia. El grito, doy fe, emitido estratégicamente, con convicción, seda, retrae del caos, pone las cosas en su lugar: yo madre, tú hija. Ya les dije: ella se creerá algo parecido a una María Antonieta, pero yo soy la Reina Madre.

Ser la bruja de los “no” otorga poder, desde una mirada puramente sádica, pero desgasta y amarga si en algo se valora la sensualidad, definida como la capacidad de provocar emociones en otros, ojalá positivas. No es nada sexy andar por la vida poniendo reglas. La autoimagen se va dañando. “De golpe y cuajo se nos obliga a ser la mala de la película, a la vez como brujas tenemos que proteger a los hijos con la vida de un mundo cuya complejidad excede cualquier imaginación y, como si fuera poco el desafío, tenemos que hacerlo mientras recibimos el resentimiento condensado de lo terrible que somos, lo abusivas, intransigentes, injustas y ‘cuáticas’. Tanto, que no las dejamos ir al último antro de moda, el de la previa, la promo, el after y las cañas, del que no sabemos de qué se tratan ni en qué estado van a salir de ahí”. Esta sentencia de Loi, en cuyo criterio confío plenamente producto de su experiencia como madre de una adolescente y de su trabajo clínico con jóvenes, me ha hecho preguntarme si debiese o no rastrearle el olor a mi hija cuando regresa a casa de una “junta” para constatar si ha tomado o ha fumado. Mientras me enfrento a ese dilema ético, moral, de madre y compañera de vida, este año he debutado sentada frente a ella en esas primeras grandes conversaciones sobre autocuidado y la fragilidad que implica el hecho de haber nacido mujer y desenvolverse en un mundo en que existen los depredadores humanos de todas las edades y sexos. Desde el que puede viralizar un video privado hasta el que puede echarle algo a su bebida.

En lo luminoso, cuando la he dejado en sus primeras fiestas, he imaginado por primera vez cómo será ella en su desdoblamiento social cuando la sacan a bailar, cuando baila, cuando ríe, cuando se pone coqueta. Esa es una forma de separación, de individualización, que llegó casi inesperadamente a mi vida y que aquí me tiene, como una debutante, igual que ella.

En el mismo paquete adolescente María Antonieta, de Coppola, viene el “todo es urgente”. No importa que la “junta” o la fiesta sea el sábado, que el reloj marque las 9 de la mañana del lunes, que ella tenga prohibido usar el celular en el colegio y que yo esté en la pega nueva. El celular me va a sonar, tendré que salir de la reunión -porque la llamada de la hija amerita responder siempre- y ella con tono Jack Bauer, el nerviosito protagonista de la serie 24, me va a alertar de que es de máxima urgencia que yo llegue a la casa con la plata de la entrada de no sé qué. Luego escucharé por varios minutos un monólogo en el que sobresaldrán palabras que se irán repitiendo semana a semana, como “permiso”, “preventa”, “alojar”, “dile tú a mi papá”, “mamá, mamá te lo ruego”. Creo que debo hablar con ella respecto de que los lunes no son un buen día para mí. Debiese explicarle también que durante casi 12 años yo era el centro del universo y ella orbitaba a mi alrededor. Sistema geocéntrico y heliocéntrico en pugna un lunes a las 9 a.m.

Ni manito, ni besito

La ida a dejar al colegio es toda una institución en mi familia. Mi papá nos fue a dejar a los cuatro hermanos siempre, hasta que los dos mayores nos emancipamos tipo 14 o 15 años. Mi hermano va a dejar a sus hijos y yo voy a dejar a mi hija cuatro mañanas a la semana. Me encanta. Estoy convencida de que en ese trayecto de 20 minutos constante en el tiempo estamos construyendo una memoria emotiva imborrable. Una historia de confesiones, silencios, sensaciones y vaya a saber uno qué más.

Hasta 2016, ella de 10 años, en quinto básico, teníamos una rutina fundada en play group que ella cortó unilateralmente de un día para otro, sin previo aviso. Consistía en que desde la casa hasta el colegio, en cada semáforo en rojo, yo estiraba hacia su asiento trasero mi mano y alcanzaba la suya para regalonear hasta que daban la verde. Sentir la tibieza de su piel, su manito pequeña, es un recuerdo vívido. Ese mismo año ocurrió otro desastre: se acabaron “las miradas de ojitos”. Unas que hacíamos desde que ella tenía 2. Ella las inventó, con su humor genial, y consistían en mirarse de reojo. Las hacía sólo conmigo. Era otro clásico de las “juntitas”, nuestro alias de “esos” tiempos. Los gestos de amor y complicidad fueron reemplazados por la irrupción de sus primeros gustos musicales adquiridos desde el mundo exterior. Comenzamos, entonces, a pactar los días de Radio Disney camino al colegio. Un día, noticias; un día Justin Bieber, Arianna Grande y esa fauna. Ningún día, nunca más, hubo manito. Tampoco ojitos. Tampoco beso al bajarse del auto para despedirse. No quiero ser patética, pero los hijos son los hijos y no están en la misma categoría de un amor no correspondido o del pelafustán que te rompió el corazón. Desde esa fecha, llevo todos los malditos días pidiéndole como una arrastrada que me dé un beso al bajarse del auto y su respuesta es siempre la misma. No. Esté de buenas, esté de malas. Ya van como 700 días sin besos.

Ese mismo año, con todos mis dispositivos de alerta, comencé a recibir otras señales de lejanía. Patadas en las canillas, para ser claros. “Hueles mal”, “estás mal vestida”, “debieses botar esos pantalones de una buena vez”, “tú nunca te arreglas”. Comentarios rudos, si se quiere, maleducados, si se quiere, pero al mismo tiempo tan evidentes en su intención de distanciarse de la figura amada, que no me provocaban rabia, sino mucha impotencia y preocupación por no poder entender qué la hacía querer tirarme toda esa agresividad encima. Al mismo tiempo, me causaba una risita nerviosa que debía aguantarme. Porque ya, tiraré el one liner asquerosamente narciso: me estaba viendo y escuchando yo, venenosa, pero en miniatura. Ahí estaba mi creación en su estado más puro. Me vi a mí misma, a la misma edad, con mi hermano inseparable, en el Zoológico Metropolitano, tratando de hipopótamo a mi mamá. Y entre que todo se devuelve en la vida, y entre que la naturaleza está en los humanos, aunque seamos unos carajos con ella, hace unos días me pasó algo precioso: mi hija y mi mamá estaban en el segundo piso, las dos solas. Desde el primero, yo podía escuchar que conversaban y reían sin parar, cómplices. Hoy, por ser yo madre e hija, respectivamente, con ambas existe algún tipo de distancia. Entre ellas, por ser nieta y abuela, sólo hay cercanía.

La nueva independencia

Volviendo al lenguaje, y a los sofisticados métodos con que un púber puede desestabilizar a su contraparte adulta, los principiantes deben saber que la descalificación es lo más básico de su repertorio. Luego viene la cara de tragedia, que en segundos te pasea por los pasillos del rechazo, la ansiedad, la preocupación y la culpa. ¿Le habrá pasado algo? ¿Tendrá pena?
Después vienen los monosílabos. Ante cualquier pregunta, salta un automático “sí”. ¿Estudiaste? Sí. ¿Te lavaste los dientes? Sí. ¿Llamaste al Tata? Sí. ¿Le diste agua a los perros? Sí. Todo es sí, pero si algo de la lista es falso, la lógica derrumba todo. Finalmente, lo más tóxico que me ha tocado enfrentar hasta la fecha: los susurros. Sonidos inentendibles para el oído humano, que obligan a repetir la pregunta al menos dos veces. Al principio pensé que estaba perdiendo la audición, hasta que por una laringitis terminé en la consulta de un otorrino laringólogo y aproveché de despejar mis dudas. Estoy impeque.

En este nuevo contexto -el de la pluma parada adolescente-, estar con ella dejó de ser tan fácil. En una primera etapa se convirtió más bien en un desafío que muchas veces significó darme dos vueltas a la manzana para poder entrar a la casa con la paciencia suficiente. En ese estado fue que como ex editora de revista Paula propuse el tema “La Relación Madre-Hija en el Diván” y pude entrevistar a la sicóloga y sicoanalista Eugenia Valdés, con quien recorrimos varios temas de esta compleja y arquetípica relación. Ella fue muy precisa en responder que “en la adolescencia -que comienza paulatinamente a los 10 y tiene su peak a los 14 o 15 años- la niña encara a la madre y establece una especie de competencia con ella: la niña es más linda, más joven, tiene todo por delante. Este alejamiento de la madre favorece los necesarios procesos de diferenciación, en donde la niña debe incorporar cosas de la madre y al mismo tiempo rechazar otras. La hija se aleja de manera intensa y eso es doloroso para la madre. Lo hacen huyendo de una relación con tintes homosexuales. El grupo de pares y otras niñas comienzan a ser depositarias del amor que le han quitado a la madre”.

Salí de la consulta aliviada. Mi hija estaba atravesando un proceso normal de crecimiento y diferenciación. Por eso me “detestaba” como yo había “detestado” a mi madre. Duelo de mujeres. Esa era la buena noticia. La mala: esto recién estaba comenzando y su distancia física tuvo en mí una profunda significación. En un racconto, la vi chica, junto a mí, haciendo de escudo humano de mi propia timidez. Desde que nació, esa fobia social de estar sola rodeada de mucha gente nunca más fue una amenaza, ya que mi hija estaba allí, para protegerme y arroparme con su cuerpo. Ya más grande, si necesitaba cariño, estaba ella para abrazarme y darme besos sí o sí, y dormir abrazadas sí o sí, y patita con patita sí o sí. La emancipación de su parte estaba significando, entonces, que por fuerza mayor, y después de una década, yo comenzaba la mía. Ella me estaba dando una nueva vida. Sin más rodeos, la llegada de su adolescencia me estaba significando enterrar una parte de mí, una forma de ser madre, que quedaba caduca. Intento ahora descubrir una nueva.

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