Horcón: hippies en zona de sacrificio

En esta emblemática caleta hippie, ubicada a pocos kilómetros de la zona de emergencia de Puchuncaví y Quintero, ya no todo es paz y amor. Sus habitantes aseguran que décadas de contaminación han terminado con la riqueza del mar y amenazan con acabar con el turismo, la otra actividad principal del lugar. Sus primeros hippies, los que llegaron hace 40 años, miran el futuro sin idealismo. “Ya no cambiamos el mundo”, reconocen.


Es hora de almuerzo de un martes en Horcón y dos de sus habitantes, Heriberto -50, barba, pañuelo en la cabeza a lo Hendrix- y Óscar -bigote a lo Santana, quien se presenta como “el hippie”-, protagonizan lo que podría ser una postal de la caleta: en una caseta llena de pelícanos en el techo y un viejo cuadro de Bob Marley, fuman y toman cerveza. Relajados, escuchan Deep Purple desde un parlante, mientras Óscar limpia pescado.

Al rato llega Keno -barba larga, lentes de motoquero y un mameluco sucio por las faenas pesqueras- y hablan de lo que todos hablan en la caleta.

-Acá está todo contaminado -dice uno.
-No. La gente le pone color -le responde otro.
-Hay gente que se queja y gente que no, como en todas partes -intenta zanjar un tercero.

Consciente de que la conversación no es clara, Óscar, “el hippie”, se ofrece para explicar la posición de la caleta frente a la contaminación que afecta a Quintero y Puchuncaví -donde queda Horcón-, que lleva años asociada a los problemas de salud de los habitantes de estas comunas y que esta semana acabó con los hospitales de la zona colapsados por la cantidad de enfermos. El martes la Contraloría aprobó el decreto de alerta sanitaria para la zona.

-Te voy a contar lo que pasa aquí… prefiero que no, me puede traer problemas -recula Óscar.

Así está hoy Horcón. Aturdido, confuso y sí, un poco dividido.

Óscar no es el único hippie en la caleta. Cuando uno pregunta por ellos, inmediatamente se acuerdan de Peter Burckdof y Mario Pregnan, dos viejos amigos que viven un par de cuadras arriba de la playa y se presentan a sí mismos como “los últimos mohicanos”. Llegaron acá a finales de los 70 junto a la astróloga Ángeles Lasso, ex esposa de Burckdof. “Con Peter y la Pelusa (Lasso), fuimos los tres primeros artesanos de la caleta, los primeros hippies de Horcón”, dice Pregnan.

Uno de los rincones de la caleta.

Los hippies recuerdan que hace 40 años en el sector sólo había una chimenea de refinería. En cambio, hoy hay un parque industrial enorme a pocos kilómetros de la caleta, donde aseguran que su contaminación ha provocado que ya no se pueda vivir de la pesca. Además, sus habitantes se debaten entre denunciar o no las enfermedades que dicen han empezado a desarrollar para no espantar a los pocos visitantes que sustentan el turismo, el otro negocio de la localidad.

Los hombres verdes

Lasso, Burckdof y Pregnan no se ponen de acuerdo. Dicen que llegaron a la caleta en 1976, 1977 y 1978. Lo único claro es que fueron ellos los que llevaron el hipismo a Horcón, un lugar que en los años 40 y 50 había destacado por ser refugio de artistas y poetas.

Llegaron arrancando del Santiago de la época. “Era un lugar invivible para personas con el pelo largo y barba. O te ibas de Chile o te buscabas un lugar dentro del país donde vivir en paz. Elegimos eso y llegamos a Horcón, que se manifestó como un verdadero paraíso donde pudimos instalarnos cerca de la naturaleza viviendo de nuestras artesanías”, cuenta Ángeles Lasso, quien aún sigue en la caleta junto a su hijo y nietos.

Según ella, las autoridades de la época los vieron como unos bichos raros, inofensivos y no les prestaron atención: “En la dictadura, cuando estaban matando a todo el mundo, a nosotros nos declararon como una especie de loquitos que no molestaban en nada ni eran violentos”. Así nació este enclave hippie, a la chilena.

Mario Pregnan y Peter Burckdof junto a Marta, la pareja de Pregnan.

Horcón era un lugar muy distinto al de hoy. No todos tenían luz y ni hablar de televisión o teléfonos. Estaban desconectados del mundo. “Atraía su primitivismo. No había nada. En plena dictadura nos juntábamos en el bar La Red, en la caleta, con guitarras y vinito caliente. A las 12 de la noche llegaban los marinos a hacer la ronda del toque de queda y nosotros cerrábamos la puerta y apagábamos la luz.

Llegaban, se daban una vuelta y partían de vuelta. Ahí se abrían las puertas de nuevo. Aquí el toque de queda no se sentía”, recuerda Burckdof.

Pregnan dice que ayudaban a los pescadores a tirar los botes al mar y estos les regalaban en agradecimiento 40 jureles, aunque ellos sólo quisieran dos. “Había abundancia; salían atunes, albacoras y en la arena encontrabas miles de almejas, hoy no hay ni conchas vacías en la playa”, cuenta el artesano.

Al igual que el resto de los habitantes de la caleta, la relación de los hippies con las industrias de Ventanas era más bien lejana. Burckdof recuerda que cuando llegaron había sólo una chimenea. “En esos años nadie hablaba de la contaminación, pero sí de los hombres verdes”, cuenta. Ése es un término que todos en la caleta conocen y hace alusión a los primeros trabajadores de la refinería de Enami, los que supuestamente morían jóvenes y cuando les hacían la autopsia encontraban sus órganos teñidos de un extraño color verde.

Cuatro décadas después, hay 17 industrias en el cordón industrial y también una zona saturada de contaminación por anhídrido sulfuroso y material particulado, como el Ministerio de Agricultura declaró en 1993 a las comunas de Puchuncaví y Quintero. “Somos una zona de sacrificio. Nos están envenenando para que los otros vivan”, dice Burckdof.

En julio, un estudio del Colegio Médico alertó sobre altos niveles de arsénico en el agua, aire y tierra de la zona de sacrificio, superando ampliamente las normas internacionales. Y en la caleta lo saben: muchos conocen a alguien enfermo, hablan de la contaminación y cada uno tiene su propia teoría para encontrar al responsable de la nube tóxica que ha estado causando los problemas de salud.

“Acá no se nota tanto la contaminación como en Quintero o Ventanas, pero igual todos se marean o de repente vomitan”, dice Adrián Ogaz, guía turístico ocasional y trabajador de la botillería Acuario.

En la caleta cuentan que gracias a la geografía de la zona, las emanaciones no les llegan directamente. Que cuando corre viento sur éstas viajan hacia Ritoque; cuando va hacia el este, la localidad más perjudicada es Campiche; y las veces en que el viento es norte, la dirección en que está Horcón desde las industrias, el cerro y el bosque los protege. Pero igual llegan. “En la noche te pica la garganta”, explica Marco Ibarra, presidente del sindicato de artesanos.

Por eso, aseguran, han desarrollado enfermedades similares a las de los hombres verdes. “Para nosotros es normal que alguien se muera de cáncer, y ahora le empezaron a echar la culpa a los químicos que respiramos”, dice Ogaz.

Ariel Olivares, en El Ancla.

Pero la contaminación no es la única amenaza. El alcohol, que se hace evidente al recorrer la caleta, es otra. “En los 70 y 80 con los hippies era distinto: se hacían fogatas en la playa y era una cosa más armónica. Había más amor; hoy se permite mucho alcohol”, opina Ariel Olivares, quien se crió acá y es dueño de los restaurantes El Ancla y El Ancla 2.

“Este era un lugar maravilloso. Da pena pensar en cómo se fue echando a perder”, dice Lasso.

Un pueblo dividido

Son la cuatro de la tarde y la feria artesanal de Horcón luce despoblada. De la veintena de puestos, sólo dos están abiertos: uno de piedras y collares; y otro de trenzas. Adentro, tres locatarios mayores de edad y un par de perros y gatos esperan alguna visita. Ana María y Luis, un matrimonio de Santiago con segunda vivienda en Con Con, son de las pocas personas que se acercan a tomarse una foto en el “puente de los deseos”, al final de la feria. “Cada vez veo esto más muerto”, dice ella.

Para el feriado de Fiestas Patrias, dicen aquí, penaban las ánimas: los turistas tomaron nota de lo que veían en los noticieros y prefirieron otros destinos. “La cantidad de público bajó dramáticamente. La gente de afuera comenta la situación porque la contaminación ya es una noticia nacional”, dice Marco Ibarra.

La desierta feria artesanal de Horcón.

Sentado en el segundo piso de la botillería Acuario, Adrián Ogaz cuenta que la comunidad de la caleta está dividida entre denunciar la situación o callarse para no golpear aún más al turismo. “No podemos decir que estamos contaminados, porque si lo hacemos nadie viene y se nos vienen encima los que viven del turismo. Igual, yo no voy a invitar a la gente a que venga acá, menos con niños”, explica.

Luego baja a la calle y pasa una mujer en un auto que le hace una broma que habla de cómo están las cosas en Horcón: “No andes diciendo que está contaminada la caleta o vas a aparecer muerto”. Ogaz se ríe, se da vuelta satisfecho y dice: “¿Qué te dije?”.

“Con todo lo que hablan de la nube tóxica nos están haciendo daño a los que tenemos negocio, porque debilitan el turismo”, alega Guillermo Olivares, administrador del restaurant El Saturnino. Mientras que Ariel Olivares, dueño de los restaurantes El Ancla, cree que las protestas que se producen en la zona hace un mes son necesarias, “pero cortan el tránsito y no entran turistas, eso nos afecta mucho”.

Estudios han mostrado que los productos del mar extraídos en la zona presentan altos niveles de cobre, arsénico y cadmio. Justiniano Lagos, presidente del sindicato de pescadores de Horcón, quienes tienen una área de manejo que colinda al sur con Ventanas y la zona de muelles del cordón industrial, dice que antes ellos vivían de tres extracciones anuales de locos que exportaban, pero que con la contaminación eso se acabó hace 15 años. “¿A quién le vendemos nuestros productos ahora? ¿Para qué vamos a ir a pescar? Nadie va a querer comprar las cosas”, se queja el dirigente.

Justiniano Lagos, en la caleta de la localidad.

Esto ha llevado a que los hijos de familias de pescadores ya no quieran seguir la tradición. “Con lo que está pasando los jóvenes no quieren entrar y uno tampoco quiere meterlos en esto”, cuenta Lagos.

Por eso, con la fuente de trabajo comprometida, a muchos les incomoda que Horcón aparezca junto a Ventanas o Quintero en las noticias. “Cuando uno va a las marchas se enojan. Se tratan de desmarcar”, cuenta Ogaz.

Valentín Menéndez es uno de los empresarios de la zona. Junto a su hermano, es dueño del Club El Tebo: el exclusivo resort, a 3 kilómetros de la caleta, donde se casaron Sergio Lagos con Nicole, Álvaro Rudolphy y Loreto Aravena. “Es una vergüenza lo que está pasando, deberían invertir en mejor tecnología para no contaminar y en mejorarle la vida a la gente de la comuna, porque con esto la dejan en la pobreza”, dice, parado en uno de los miradores de su resort. Desde allí hay una vista imponente del océano Pacífico con un muelle, las chimeneas y barcos del cordón industrial al sur.

“Igual los barcos se ven bonitos de noche”, reconoce.

Sin flores ni revoluciones

Sentados en una casa pintada verde con amarillo que, como buen artesano, Pregnan levantó con sus propias manos y armó con muebles antiguos y retratos del gurú Osho, los viejos hippies dicen que ellos asisten a las protestas. “Van todos disfrazados, con música y tambores, tienen mucho de hippie”, cuenta su amigo Burckdof, quien después matiza con el que califica como el lado negativo de las manifestaciones: “De repente aparecen los encapuchados que son poquitos, pero están realmente encapuchados: no cachái quiénes son”.

Valentín Menéndez, en un mirador de su resort.

Burckdof y Pregnan dicen que les gustaría que todo el pueblo se uniera y guiar su propia revolución de las flores en la caleta, pero son conscientes que no es fácil influir en temas de la comunidad. Lo explica Burckdof: dice que ellos son “horconinos”, personas que llegaron hace tiempo pero son de afuera, y que los locales son los “horconeros”, los nacidos en la caleta. “Nos asentamos hace 40 años, pero no somos nativos de acá, no somos ‘horconeros’. Y eso te lo hacen ver, siempre. Por eso influenciarlos es difícil”, cuenta sobre la división entre los 3 mil habitantes que hoy conforman el pueblo.

Ambos transmiten una resignación que muchos en la caleta manifiestan: dicen ser conscientes de que alguna enfermedad deben tener. “Nosotros ya estamos jodidos. Tengo 71 años, Mario también. Vivimos hace 40 años respirando aquí. Pero al menos nuestros nietos se pueden salvar”, opina Burckdof. Por eso, la mayor preocupación son los niños que estudian en escuelas del mismo Horcón, Puchuncaví, Quintero y Ventanas.

Según Ibarra, esta resignación se explica porque todas las autoridades han visitado la zona y las industrias siguen funcionando. Lasso está de acuerdo. Cree que el problema es más bien de Estado, porque no cambia por más que cambien los nombres en La Moneda: “Este gobierno lo está haciendo pésimo, pero tampoco hicieron nada los anteriores. A nosotros nos contaron que la alegría ya llega y los hippies de Horcón andábamos llenos de banderas de arcoíris cantando por las calles y mira la alegría que nos regalaron. Es patético”.

Por eso, hoy los hippies parecen dudar de sus consignas. Pocos siguen creyendo en revoluciones pacíficas, y cambiar el mundo ya dejó de ser una prioridad. “Llegué a una altura de mi vida donde ya no cambié el mundo. Nadie cambia el mundo. Lo único que te queda a mano es cambiar tu actitud hacia el mundo”, reconoce Burckdof.

Su ex mujer, Ángeles Lasso, también parece haberse dado cuenta de que las fórmulas del hippismo no sirven en una zona de sacrificio: “Desgraciadamente con la paz y el amor no fue mucho lo que logramos. Nos invadieron, nos envenenaron, nos acorralaron y nos están quitando hasta el aire. Seguimos viviendo con toda la paz y el amor que podemos, pero para hacerlo también se necesita aire, tierra y agua que no estén contaminadas”.

En el antiguo paraíso del litoral central está claro que los hippies de Horcón perdieron la inocencia y ya ninguno cree en una revolución de las flores que les devuelva el que fue su hogar por más de 40 años. Así alega Lasso: “En este momento, ni con todas las flores del mundo somos capaces de defendernos de esto. Hoy lo único que nos ofrecen es un ‘arranquen mientras puedan’”.

 

 

Galería: El Horcón de los hippies

Fotos: gentileza de Horcón Mágico y los Hippies Criollos

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