La faraona que canta cuecas

Dice que la cueca se parece a ella en lo dicharachera y alegre. Y que es un honor ser la cantora más antigua del género, que ha pulido a lo largo de una vida junto al guitarrero Pepe Fuentes y que heredó de su padre. María Esther Zamora es referencia para artistas jóvenes como Gepe; tiene un espacio reservado en el Liguria, es famosa por cantar el “Chipi Chipi”en la película Diarios de motocicleta. ¿Qué hace que todos la miren? Ella, puertas adentro, busca aquí una respuesta.


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María Esther Zamora (71) miró su pierna derecha y al verla infectada hasta la negrura sintió un miedo que jamás había experimentado.

-Por favor, por favor, sálvela- le dijo al doctor que la ingresó a pabellón, mientras ella lloraba en una camilla aferrada a una imagen de San Expedito.

Era junio del 2013. María Esther Zamora acababa de salvarse de un grave accidente automovilístico luego de asistir al matrimonio del futbolista Claudio Bravo. El impacto le deshizo la rodilla y las costillas; pero más que a la muerte, lo que realmente la asustaba era dejar de caminar. Para una cuequera como ella, inquieta y líder, perder movilidad era una condena al infierno. El fin de la fiesta.

-Me dio pánico. Cuando los doctores me dijeron que estuve a 24 horas de que me amputaran, les agradecí a todos mis santos. Prefiero estar coja, te juro. Pero yo no puedo estar quieta.

Ahora, cinco años después, María Esther Zamora abre la puerta de su casa roja de dos pisos en Avenida Matta 483 tirando de un cordel. Viene llegando de Lo Valledor con su nieto Óscar. Aunque cojea levemente, corre de un lado a otro.

Es la tarde del último viernes de agosto. En las horas previas al tradicional y concurrido evento que realiza allí el primer domingo de cada mes. María Esther Zamora -conocida por sus amigos como Mez, la reina o la faraona de la cueca o la primera dama de la Yein Fonda como la apodó Álvaro Henríquez- está preparando almuerzo para una centena de invitados que tendrá en dos días más. Llegarán a esta misma casa de paredes repletas de fotografías y recortes de prensa con su historia, la de su marido, el destacado guitarrero José “Pepe” Fuentes (87), y la de su padre: el ilustre Segundo “Guatón” Zamora, autor de la famosa cueca “Santiago querido”. En la cocina la esperan enormes budineras con los kilos de carne que hará a la cacerola, la jibia y los mariscos para un chupe y los pollos asados que desmenuzará para rellenar la palta reina.

Mientras cocina, suena incesantemente su teléfono. En tres horas, el cuaderno donde toma nota a mano de cada reserva ya suma 150 invitados. La mayoría son amigos. Pero hay también quienes vendrán por primera vez.

-Tienen que venir recomendados por alguien que conozco, es lo primero que les pregunto. Esto no es un restorán, es la casa donde yo duermo, así que aquí no llega cualquiera. Es pura gente linda de distintas generaciones dispuesta a compartir mesa y a ser familia -explica mientras Pepe Fuentes calienta el cuerpo con un corto de whisky.

El músico tiene 16 años más que ella. Juntos conforman la pareja cuequera más activa que existe en Chile: tocan todos los miércoles en el Liguria y acaban de ser reconocidos por la Unesco como miembros de honor del International Arts Council-United Nations of Arts. Por estos días, están remontando una obra de teatro con su historia y preparándose para actuar en las fondas del Parque O’Higgins y en la Yein Fonda. María Esther Zamora no para.

Marcelo Cicalli, dueño del Liguria y quien conoce a María Esther desde hace 20 años, dice que lo que hace que ella sea la cuequera que miran desde Gepe hasta la sonora de Tommy Rey “es la tremenda generosidad con que mantiene viva la chilenidad y la transmite. Ella no sólo es la más antigua representante del género, sino que te toma la mano y te enseña a vivir la cueca, el chupe, el arrollado y el pandero. Ella, junto con Pepe, es la cueca. Son los reyes del mambo”.

Desde la cuna

María Esther Zamora lleva 50 años sobre los escenarios, pero la música chilena es su compañera desde que tenía cuatro años, que es la misma edad en que Pepe Fuentes la conoció. En brazos de su padre, ella creció escuchándolo ensayar cueca, guaracha o tangos en una casa de Independencia, con famosos grupos como el trío Añoranzas.

Su hogar olía a la cola caliente con que su padre pegaba los pañolencis de su acordeón. Las mujeres en la cueca eran minoría, y ella desde temprano hizo equipo con los hombres. Por eso, y porque creció en una familia chapada a la antigua con una madre severa con la que apenas cruzaba palabras a través de papelitos, es que dice encontrar un poco exagerado el movimiento feminista.

-Yo celebro el empoderamiento de las mujeres. De aquí, de La Casa de la Cueca, han salido grupos como Las Capitalinas. Pero también quiero mucho a los hombres y creo que a veces el género se victimiza mucho. Yo crecí en tiempos donde la mujer era de la casa. Si el marido decía negro, aunque fuera plomo, era negro nomás. Aún así, fui una cabra chica intrusa y precoz. Una pizpirigua -dice, mientras calienta una olla con pantrucas.

La faraona de la cueca lleva el pelo rubio y sus ojos claros se humedecen al hablar de su padre. El Guatón Zamora murió a los 55 años de un infarto fulminante sobre el escenario, un 18 de septiembre de 1968. Pero antes, cuando estaba en la cúspide de su carrera, procuró transmitirle a su hija lo que sabía y siempre le dio vuelo. María Esher Zamora recuerda que en la casa de su infancia las fiestas a propósito de santos, funerales o alegrías podían durar dos semanas y que si a los cuatro años cantaba arriba de la mesa, a los nueve ya quería usar medias rayadas y pintarse los labios como la cantante Mirta Carrasco. La primera canción que entonó fue un corrido que su padre compuso. Se llamaba “Mi suegra bailarina”. En unas fotografías en blanco y negro se la ve a ella sobre una silla interpretándolo con los ojos cerrados, un vestido hasta las rodillas y el pelo tomado.

El Guatón Zamora la llevaba al programa Farándula musical de Radio Pacífico, a las carpas de teatro móvil con las que recorría Chile, a las ramadas y rodeos. Se codeaban con grandes exponentes como Miguel Caló, Xavier Cugat, el dúo de cuecas Rey- Silva, el cantor Mario Catalán, el dúo María-Inés o Las dos Alicias. Además, tal como lo hace María Esther ahora, solía abrir su casa para sus amigos.

-Vivíamos en una especie de embajada -explica sobre el lugar donde su padre cobijaba a todos los músicos jóvenes que buscaban una oportunidad en Santiago, y a los que les daba alojamiento y consejos. Entre ellos estaba el acordeonista Rabanito y también Pepe Fuentes, quien entonces integraba la banda Fiesta Linda.

-Mi papá lo quiso altiro al Pepito, porque siendo apenas un veintiañero lo encontró talentoso -dice sobre el hombre 16 años mayor al que le dio su primer beso cuando tenía 11. Pepe, asegura ella, era medio pavo. Solía decirle que no podía amarla más que a su guitarra. Pero aún así pololearon a escondidas.

-Era tan respetuoso que llegaba a ser hueón. Cuando yo quería que me besara apasionadamente me dio un piquito.

Ella lo amaba. Pero un día Pepe le dijo que se iba de gira por 20 días. Tardaría 20 años en regresar.

-Por un tiempo nos escribimos cartas, pero luego, y para no verme sufrir más, mi hermano me inventó que Pepe se había casado en España y dejó de pasarme la correspondencia. Se produjo un desencuentro fatal -cuenta trayendo a la mesa un plato lleno de patas de pollo que devora con la mano, feliz.

Foto: Roberto Candia

Un domingo en Matta

En los almuerzos de los primeros domingos de cada mes, la folclorista es una mujer orquesta que a la vez que atiende la caja, tiene un ojo puesto en la cocina, en la puerta, en el borgoña y en el escenario, donde de vez en cuando sube a cantar o toma el pandero.

-Así es la faraona. La que todo el mundo quiere y busca porque además de ser simpática es muy culta -dice el trombonista Héctor “Parquímetro” Briceño, uno de los músicos que suele tocar aquí.

Este domingo 2 de septiembre la fiesta comienza a las 13:30 y duraría hasta la noche. Micrófono en mano, María Esther Zamora grita:
-¡Pasamos agosto, niños!

Arrancan las cuecas y una mujer de mini zapatea. Un caballero canoso de camisa cuadrillé se agacha frente a ella con el pañuelo en la boca para golpear el suelo con las manos. La gente pide permiso para avanzar entre la multitud o hacer trencito. Y la anfitriona se ríe a carcajadas. Las paredes tapizadas de fotos de famosos que han pasado por La Casa de la Cueca (Lalo Parra, Jorge González, Los Tres) son testigos de una tradición que se ha perpetuado por décadas y que mantiene vivo el Chile cariñoso y generoso de otra época.

A María Esther Zamora la mayoría de los asistentes le dicen mamá. Así la visualizan sus músicos y quienes sirven la comida y los tragos. También Marcelo Cicalli, Álvaro Henríquez, Gepe -con quien grabó una canción, “Solos”-, Daniel Muñoz e incluso Gael García, actor al que conoció cuando ella participó de la película Diarios de motocicleta y cantó el tema que la hizo popular: “Chipi Chipi”.

Pero antes de que esta gallina cobijara a otros bajo su ala, no lo pasó bien. Ese día en que Pepe Fuentes se fue de gira y no volvió por 20 años, ella dejó de existir por largo tiempo. Se embarazó a los 17 años de un hombre al que llama “canalla”. Estuvo con él 22 años.

-Sumisa -precisa ella.

-¿Qué pasó contigo en esa época?
-Pasó que cuando me embaracé fue una tragedia familiar. Me fajé durante siete meses por miedo a que me descubrieran porque mi mamá era brava, pero como nos controlaba las reglas a mí y a mis hermanas, me atrincó tanto que le tuve que decir. Mi padre lloraba a mares y mi mamá me encerró en una pieza. Me tuve que esconder donde una tía y quedarme a vivir allá. Hasta que nació mi guagua y vinieron los perdonazos.

María Esther Zamora nunca olvidó a Pepe Fuentes y quería ser artista. Pero “el canalla” era celoso y le ponía tantos problemas cuando subía a un escenario que ella ya no quiso complicar las cosas. Así, luego de grabar su primer tema a escondidas de él a los 18 años, terminó cediendo y cantando sólo para los cumpleaños, como los caballos: mirándolo solo a él.

Para colmo, perdió al segundo de los cuatro hijos que tuvo al hilo.
-Fue una muerte súbita a los ocho meses. Me quería morir de pena -dice.

María Esther trabajaba con la familia del padre de sus hijos en La Vega, pues su suegra, que era “la reina del plátano”, traía la fruta directamente desde Ecuador. Pero al interior de la casa en Recoleta donde crecían sus hijos con todas las comodidades, su vida, dice, “era más triste que un tango”. “El canalla” era alcohólico y la maltrataba. Callada, aguantó por décadas hasta que la cirrosis se lo llevó a la tumba.

-Uno es joven pa’ puro meter las patas nomás. Hoy no habría aguantado. Pero en esa época, si bien no justifico lo que hizo, lo miraba con compasión. Cuando me casé con el Pepe, el cambio fue drástico, magistral. Puro amor, ternura, respeto, canto, música, alegría -dice.

Foto: Roberto Candia

El reencuentro

Apenas murió “el canalla” y con Pepe Fuentes de vuelta en Chile, María Esther comenzó a seguirle la pista. Donde tocaba el guitarrero, lo iba a ver. Pero Pepe, que sabía que se había emparejado con otro, no la quería ver. María Esther tenía 39 años cuando por fin logró decirle que el hombre estaba muerto, que ahora estaba sola.

-Amiguémonos -le propuso. Entonces Pepe le dijo que se fueran a vivir juntos, pero que antes se casaran con todas las de la ley, lo que ocurrió en 1989.

Se fueron a vivir a una pieza en la calle Dieciocho donde sólo había una cama, una nevera de plumavit con trago y una radio que aún conserva en La Casa de la Cueca. Juntos ensayaban, grababan y se volvían a escuchar. María Esther le propuso a Pepe cambiar su apellido para ser María Esther de Fuentes. Él se lo prohibió:

-Tú eres María Esther Zamora y se acabó.

Entonces sí que ella empezó a florecer. Había encontrado al partner que necesitaba. Despegaron ambos, de la mano.

-Eso de que donde hubo fuego cenizas quedan es cierto. Además nos gustaba lo mismo, teníamos los mismos amigos -dice ella.

Se fueron a vivir a un cité donde siguieron haciendo música. No siempre fue fácil aprender de él, confiesa María Esther Zamora. Pero el gallito lo terminó ganando ella. Hoy Pepe Fuentes dice que “no hay cuequera ni antigua ni nueva como ella”.

-Con el Pepe preparábamos números y me corregía tanto que me pisaba el callo. “¿Acaso usted es pava? ¿Tiene un zapato de huaso en la oreja?”, me decía para que yo interpretara con más pasión. “Tienes una linda voz, pero no me convences. ¿Leíste la letra?”, insistía. Yo me picaba y pensaba: “¿Ah sí? ¿Cómo que no puedo?”. Y volvía a intentarlo, haciéndole ver que era hija de Segundo Zamora, así que no tenía nada que enseñarme. Pensé en divorciarme. Pero un día me acordé de cuando grabé el tango ‘Devuélveme el corazón’ con mi padre a los 18 años y éste me dijo: “Hija, póngale Kaplan”, haciendo alusión al primer doctor que hizo un trasplante de corazón en Chile. Y me di cuenta de que el Pepe tenía razón. Mira, yo nací con buena voz y con un padre extraordinario, pero todo lo que yo soy como artista se lo debo al Pepe.

El dueto no paró más. En la casa de Matta, ella revisa todas las noches los VHS que conserva de sus presentaciones. Han cantado de todo: temas peruanos, cubanos, mexicanos, tangos y, por supuesto, cueca. Han grabado cinco discos juntos.

Hace unos años que cada uno tiene su pieza, además.

-Lo decidí cuando al Pepe le dio por roncar y pasar de largo jugando al solitario o al crucigrama. Si queremos estar juntos, gateamos -dice ella, mientras el aludido pide otra ronda de whisky.

Leo Soto, fundador de la Sonora Tommy Rey, los conoce bien. Es habitué en la casa de Matta 483. “Una cosa es la gracia con que cantas la cueca, y otra es que la sepas avivar”, dice; y agrega que María Esther Zamora tiene ambas cosas.

Varios la reconocen también como una mujer solidaria. Parquímetro dice que toca en el Liguria gracias a ella; y que siempre está dispuesta a aconsejar y transmitir la tradición a cuanto estudiante de música llega. Claudia Mena -una joven de 28 años que se formó con Margot Loyola y a quien Mez ve como su sucesora- es uno de esos casos.

-No hay semana en que no esté planeando un beneficio para un pianista caído en desgracia, un guitarrero viejo o un músico enfermo. Si a ella la conocen como la mamá de los cuequeros es porque junto con Pepe es la primera que llega con frazadas, con vino, o juntando plata para hacer una canasta con víveres, siempre echando la talla, siempre cantando -cuenta Marcelo Cicalli.

El fundador del Liguria experimentó esa generosidad en carne propia. Po ahí por 2014. Dice que una medianoche llegó de improviso con una botella de pisco a La Casa de la Cueca. Estaba destruido emocionalmente porque se acababa de separar.

Cuando entró, la pareja de cuequeros le pasaron tres sacos de cebollas:
-Ya hueón, si querís estar acá y pasar las penas, pélalas y pícalas. Una la quiero pa’ pebre, otra pa’ zofrito y otra pa’ chilena -dice Cicalli que le dijeron.

-Debemos haber estado hasta las 5 a.m. cagados de la risa, pelando cebollas. Me dieron de comer, de tomar, cantamos, lloramos. Estaba al borde del manicomio pero salí de allí como si viniera de una misa. Pasar los días cantando: eso es estar con ellos.

Foto: Roberto Candia

El remate

Es lunes 4 de septiembre. Pepe Fuentes y María Esther Zamora hacen un brindis en Matta 483.

-Salud y con choque pa’ que salgamos en los diarios -dice él, estrellando su vaso con la copa de ella. El momento se interrumpe cuando suena el teléfono; alguien pregunta por las clases de cueca:

-Miércoles, jueves y viernes de 20 a 22 horas. Usted viene nomás, y el profe la examina -dice ella con gracia.

Luego se queda en silencio y mira esta casa a la que llegaron hace 35 años por intermedio de un amigo de farra de Pepe y en la que ayer no cabía un alma más. Recuerda que cuando llegaron estaba tan abandonada que estuvo tres meses sacando con vidrio las capas de tierra del piso de madera. Hace 10 años tuvo que pelearla en un remate. El mínimo para postular era un millón y medio de pesos. Como ella no tenía ni uno, salió y se puso a rezar en una esquina.

-Señor, señor. Vivo hace más de 20 años en esa casa y para mí es terrible porque no tengo dónde irme -le dijo al nuevo propietario apenas lo vio salir.

La respuesta fue inesperada:

-Quédese tranquila, usted es La Casa de la Cueca. Yo y mi padre somos huasos, y usted es la única que no se mueve de ahí.
Ella recuerda que lo abrazó y así como en 2013, cuando rogó a San Expedito seguir en pie luego de su accidente, salió zapateando. La cueca en ella no se apaga.

-Es mi vida y para que se salga con la suya no la puedes cantar apagadita, hay que meterle. Vivirla con garra.

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