Las islas amazónicas en la frontera norte de Brasil

Autor: Jorge López

Playa y palafitos en la isla Algodoal.

Pará, a 3 mil kilómetros en línea recta de Sao Paulo, es un territorio agreste y lleno de contrastes. En sus costas atlánticas desemboca el enorme caudal del Amazonas y de otros ríos de gran importancia en la conservación de selvas tropicales y manglares. Lugar de navegantes, de peces enormes y de miles de búfalos de agua, en medio de un paisaje con más de 2.500 islas apenas conocidas.


Una brisa tibia alcanza apenas a refrescar el pesado calor que hace dentro del transbordador que surca las ocres aguas del archipiélago de Marajó. Hemos navegado por casi tres horas desde Belém, la capital de Pará, en el extremo norte de un Brasil totalmente desconocido y amazónico.

Ignotas islas -de las que nunca sabremos el nombre- parecen espejismos que se mueven en cámara lenta entre dos enormes fuerzas naturales que invaden el horizonte: las calmas y extensas aguas de la bahía y las gigantescas nubes plomizas que prometen chubascos tropicales. Es verano y el objeto de esta travesía es la isla de Marajó, la mayor de todo Brasil con 42 mil kilómetros cuadrados. Estamos a sólo 30 minutos de distancia.

Las aguas del delta que unen al río Tocatins y Guamá dirigen al navío hasta el puerto de Camará, la entrada de Marajó. Desde acá salen minibuses y moto-taxis que se dirigen a alguno de los poblados de esta isla, que es del tamaño de Suiza, y en la que viven menos de 200 mil personas.

Búfalos interoceánicos

Nadie sabe bien cómo, pero en este sitio hay más búfalos que seres humanos. Cerca de 450 mil pueblan estas llanuras amazónicas distantes a más de 14 mil kilómetros de su hábitat original en los países del sudeste asiático. Nadie sabe a ciencia cierta tampoco cómo llegaron acá, pero la versión más extendida habla de un naufragio en un buque que llevaba los animales a la Guayana Francesa para usarlos en los cultivos de arroz. Gracias a su magnífica capacidad natatoria se salvaron y adoptaron a Marajó como nuevo hogar.

Como sea, su presencia es permanente con tan sólo poner un pie en el muelle de Camará. El queso de búfala es ofrecido a diferentes precios y es uno de sus productos emblemáticos. Los búfalos de agua, durante el trayecto de una hora en bus que nos separa de Salvaterra, se pueden ver pastando tranquilos o siendo montados como especie de transporte por los isleños.

En Salvaterra, pequeña villa con casonas que hacen pensar que todo el mundo vive confortablemente, el calor es aplastante. La solución está en la “Praia Grande” y un memorable primer baño de río. Gran parte del pueblo está flotando en el torrente amazónico, y aunque el agua viene turbia, su tibieza es seductora. Coco verde y cervezas siempre heladas completan el paradisíaco cuadro en un lugar tan tranquilo como remoto.

La noche depara mosquitos y ranas que hacen un sonido igual que chiflido piropero. Hay algunos restaurantes abiertos con oferta de menú llamados PF, abreviación de “Prato Feito”, y un puñado de barcitos que destilan un aire pueblerino. Y nada más. El turismo no ha entrado mucho acá aún. Somos pocos los foráneos y sólo dos los que podemos presenciar un grupo de jóvenes ensayando el carimbó, un ritmo local que se baila con enérgicas vueltas y largos vestidos que se agitan entre saltos y aplausos. El ritmo contagia, pero atreverse a danzar con la gracia de los marajoenses es harina de otro costal.

Dos playas y el misterio

 

Vistas desde la isla Marajó.



“Tienen que llegar a la iglesia y allá está el muelle. Desde ahí sale el puke-puke a Soure”, nos dice el dueño de un pequeño restaurante.

El sol nuevamente es implacable y una pequeña lancha espera a los pasajeros que cruzarán el río Paracauari hasta Soure, capital de Marajó. “Le decimos puke-puke por el sonido que hace el motor”, revela Joao, el capitán del botecito que en 15 minutos llega al puerto de la ribera opuesta.

Un plus es que se puede viajar sobre el techo de la embarcación con esa impresionante sensación de libertad que da navegar. Decenas de búfalos de agua pastando nos dan la bienvenida y pareciera un lugar perdido de la India por la libertad con que los animales se mueven por este pueblito de largas calles. Ligeramente más desarrollado, cuenta con varias moto-taxis para llegar por pocos reales a dos de sus máximos atractivos: las playas Barra Velha y Pesqueiro.

La primera está más cerca del pueblo y se llega atravesando verdes pantanos en que los guarás, inconfundibles aves de color rojizo, buscan insectos con su pico corvo. La naturaleza acá está tan prendida como las plumas de estos pájaros. En Barra Velha los manglares colindan con las sillas de playa y los quitasoles, mientras especies de pequeños pejesapos se contornean en las arenas húmedas donde llegan las olas. El resto es paz y cervezas.

Más espectacular es Pesqueiro, a 20 minutos de moto desde Soure, con una extensa playa dorada en las que la bajamar deja piscinas naturales con tibias temperaturas. La soledad es profunda y eso lo aprovechan cangrejos que se dejan fotografiar desafiantes en medio de un oleaje que recuerda más al mar que a un río. ¿Por qué no hay más gente acá? La respuesta es un gozoso misterio.

La vuelta en el puke-puke se enmarca en un atardecer memorable y lleno de sonrisas. A dos cuadras del muelle en Salvaterra, una señora ofrece “tacacá” en un puesto callejero. Esta sopa clásica de la Amazonia está compuesta por mandioca y jambú, una hierba que anestesia lengua y boca. Suena raro, pero el sabor es como todo en Marajó: sorprendente.

El amor en Algodoal

Hacia el suroeste de Belém hay otra isla que está dando que hablar. Primero hay que tomar un bus, en el que ocasionalmente puede tocar ir parado, y en tres horas y media se llega a Marudá. Desde esta villa frente al Atlántico se debe tomar un bote que surca el delta del río Marapanim, dueño de un permanente oleaje que choca sobre la frágil embarcación cuyo timón es maniobrado con el pie desnudo del patrón de la lancha.

Treinta minutos después se llega a Algodoal. Aunque no es Dubái, un Ferrari y un Porsche esperan en las arenas a los viajeros. Son los nombres de las coloridas carretas arrastradas por caballos que hacen más corta la caminata por las doradas arenas y capean rápido el calor persistente.

“Vamos donde la chilena”, le decimos a nuestro conductor. La chilena es Margarita Castro, quien vive en Algodoal desde 1981, cuando no había electricidad y la isla estaba realmente aislada. El advenimiento del siglo XXI trajo la luz eléctrica de manera permanente y la internet que, aunque escaso, se logra conectar bastante bien cuando no llueve.

Margarita es dueña de una posada con pequeños cuartos sin aire acondicionado, pero ideales para descansar a pocos pasos del centro y de la playa del Farol. Con hijos brasileños, hace unos caldos y unos jugos notables, mientras relata que venirse a este punto tan remoto del mundo fue debido a que su naturaleza le dio “un flechazo”. No es raro: a este lugar se le conoce como la isla del Amor.

El Mesías de los palafitos

 

Muelle en el río Paracauari.

Con 19 kilómetros cuadrados de superficie, en Algodoal la naturaleza manda. El pendular de las mareas provee de alimento en los intrincados y bellos corrales comunitarios que los pobladores construyen y mantienen en las arenas del Farol. Conformado por paredes laberínticas y con cerca de dos metros de altura, el ingenio de la construcción provee de pescado fresco a la villa.

Traspasando este sector en una tranquila caminata se puede llegar hasta la famosa Praia do Princesa, inconfundible por tener kioscos playeros instalados sobre palafitos. A primera vista parece una mezcla de casonas del viejo oeste con reminiscencias chilotas, pero esa imagen se deshace con sus sempiternas cervezas heladas y su pescado asado.

Elegimos uno de ellos, de los pocos abiertos en un día de semana. Nos atiende Mesías. Con un nombre bíblico, su vida parece perfecta. “Vivimos acá. Todas las noches dormimos en las hamacas y despertamos mirando el sol despuntar”, cuenta con una sonrisa que hace creer en ese iluso sueño viajero que recita un mantra mental que dice: ¿Y si mandamos todo a la cresta y nos quedamos a vivir acá?

La construcción en palafitos tiene una función lógica cuando la marea sube potente e inunda la extensa playa, marcando el tiempo exacto para irnos y alcanzar el último botecito que cruza, por un par de reales, un río que se torna infranqueable con la pleamar. Centenares de gaviotas blancas se arremolinan y vuelan coordinadas pocos minutos antes de la llegada de la noche. El calor cede algunos grados cuando la oscuridad se instala. Para comer hay restaurantes de PF con camarones o pescados y algunos más elegantes con pizzas notables, que ya son famosos en Tripadvisor.

En la plaza central, una adolescente baila en solitario una “especie de música electrónica” que hace colapsar con sus bajos a los parlantes. Las luces de colores son su única compañía a las 7 p.m.. Al otro extremo, en la playa, un local se llena de bailarines de carimbó y la gente se arremolina entre sudores y caipirinhas acompañando un ritmo que se extiende hasta medianoche. Luego la isla vuelve a una paz centenaria interrumpida sólo por las chicharras que anuncian una inminente y bienvenida lluvia tropical.

Luego de dos días, a las 6 a.m. y mientras el sol intenta aparecer, la primera lancha nos devuelve a Marudá para subirnos al bus que, cuatro horas más tarde, nos devolverá a la gran ciudad de Belém, capital de Pará, uno de los estados más desconocidos de un país que no cesa de asombrar con uno de los patrimonios naturales y humanos más diversos del continente.

Datos prácticos

Llegar:
Desde Sao Paulo hay varias compañías que vuelan diariamente desde la capital paulista hasta Belém. El vuelo demora 3 horas y media.
Para ir a Marajó los barcos salen desde el terminal hidroviario de Belém. Con salidas desde las 6:30 a las 18:00. Valores desde $24 reales (unos 4 mil pesos chilenos).
Para ir a Marudá, hay buses que salen desde las 6 a.m.. Desde $34 reales (unos 6 mil pesos chilenos). Info: www.queropassagem.com.br

Dormir:
Belém: Hotel Beira Rio. www.beirariohotel.com.br
Salvaterra: Pousada Boto. www.pousadaboto.com.br
Algodoal: Pousada da Chilena. Desde $100 reales la doble. www.facebook.com/PousadaDaChilena

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