Lo que se lee en una cárcel

Autor: Tamy Palma

La Dibam mantiene bibliotecas en 43 cárceles chilenas. En ellas, al año, 9 mil reos realizan cerca de 23 mil peticiones de libros, cuyos títulos incluyen obras de Nietszche, Homero, Flaubert o Jorge Baradit. El ranking, eso sí, lo encabeza Condorito. Entramos a los penales de San Felipe y de Limache, donde la lectura es antídoto contra la soledad.


Desde el interior de la cárcel de San Felipe, el reo Felipe Santis (26) cuenta esta historia. Hace un año se le acercó un preso para pedirle que le enseñara a leer. “Lo ayudé”, recuerda. Todos los días, ese hombre se sentaba a su lado con un libro para que lo ayudara a juntar las letras hasta lograr leer de corrido. Cuando ese momento llegó, Santis le pasó el libro de cómic Condorito. El avance fue rápido: “Al terminarlo, pasó a leer libros más grandes de cuentos, luego siguió con novelas”.

-¿Qué es para ti leer un libro, Felipe?
-Leer es como filosofar. Es un poco de amor al saber.

En la cárcel, la expresión “probar suerte” no es una decisión; es una imposición para los líderes del lugar que acechan la llegada de cada interno nuevo. Le hacen un breve escaneo de sus pertenencias, la ropa que trae y los artículos con los que ingresa por primera vez. Los jerarcas pueden quitarle todo. Ese “cogoteo”, como le llama Felipe Santis, define el caminar de cada persona aquí dentro: “Si aceptas que te roben tus cosas una vez, va a ser hasta el último día”.

-¿Tú aceptaste?
-No acepté.

Con Santis probaron suerte en marzo de 2015, cuando por el delito de tráfico de drogas –ejecutado en la frontera entre Chile y Argentina- fue condenado a ocho años en la cárcel de San Felipe. Su ingreso fue con pocas cosas: una muda de ropa, un cepillo de dientes y un libro. Ese dato último no es anecdótico.

Felipe Santis (26)

Los libros, para Santis, han sido un bálsamo en la espera de la libertad. En agosto cumplirá un año a cargo de la biblioteca de este centro penitenciario. Pasa las tardes rodeado de 1.029 libros. Su rutina es recibir a los internos en una pequeña y cálida sala. Los sienta frente a él, les pregunta si saben lo que quieren llevarse o les recomienda algo. Para la entrega, anota en el sistema de intranet el nombre y rut del interno. Los préstamos son por siete días. “Yo, antes no era muy lector. Aquí recordé a una persona que quise mucho y que leía novelas, entonces me puse a leer ese género”, dice.

-¿Qué sientes cuando lees?
-En cierta parte, libertad.

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Cuando en 2016 la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos (Dibam) ingresó al centro penitenciario de San Felipe, cuya población penal es de 291 internos, puso los más de mil libros en este pequeño cuarto del primer piso, que es la biblioteca del penal. Tiene piso flotante, paredes blancas, un computador, una mesa y dos sillas. Aquí Santis les enseña a leer a sus compañeros, lleva la lista de quienes sacan libros y, si no se los devuelven a tiempo, los busca hasta recuperar el texto. “Me entretengo aquí, me fui quedando por gusto”, dice.

Iván Ahumada (53), condenado en 2015 a siete años por tráfico de drogas, es fanático de Jorge Baradit y dice que ha visto de cerca el crecimiento de la biblioteca. “Antes estaba dentro del colegio, en una salita chiquita con poca luz”, recuerda. Guillermo Lobo Aguirre, suboficial de este presidio, coincide: “Funcionaba en un dormitorio pequeño y oscuro con camarotes”. Un año más tarde, la cárcel envió a un grupo de sus funcionarios a un curso de formación y empezaron a idear la reubicación de la biblioteca.

Para el interno argentino José Reyes (45), que está en la mitad de su condena de 10 años, “la biblioteca es un lugar importantísimo para todos”. Una tarde, allí él encontró Eva luna, de Isabel Allende. “Es el tipo de libros que me gusta. No tengo familia en Chile y cada tanto recibo visitas de la Argentina. Los libros me generan una compañía mayor”.

Según el jefe de unidad de la cárcel de San Felipe, mayor Brian Silva, quien viene de Colina I, “ha sido una experiencia enriquecedora ver que conviven con la lectura. Uno, los saca del encierro. Dos, los mantiene más tranquilos y ocupados. Y tres, es una ayuda porque también les sirve para el proceso escolar que tienen acá adentro”.

Esta biblioteca, que en su catálogo tiene los tres tomos de La historia secreta de Chile de Jorge Baradit, El Aleph de Jorge Luis Borges y Un corazón sencillo, de Gustave Flaubert, es parte de un programa de la Dibam que busca acercar los libros a los internos como parte de su reinserción social. El monitoreo es tal, que incluso llevan la lista de los textos más leídos en cada uno de los 43 centros penitenciarios donde están instalados. En la cárcel de San Felipe, por ejemplo, la lista la encabezan la revista Muy Interesante, y los libros El club de la carne: la fracasada historia del porno chileno, de Melissa Gutiérrez y Sebastián Alburquerque, y Cincuenta sombras de Freud: laberintos del amor y el sexo, de la sicóloga Constanza Michelson.

La soledad de la que habla el reo Reyes es la misma que ataca a Santis y que, según él, sólo ha capeado sumergiéndose en historias como las de Gabriel García Márquez, especialmente con El amor en los tiempos de cólera. La primera línea de ese libro dice así: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”. Santis hace una metáfora: “Leer es como cuando vas caminando, sientes un olor y te acuerdas de alguien. Pero con escenas, con historias que te identifican”.

Esta cárcel no es la única cuya biblioteca está a cargo de un interno, bajo la supervisión de un suboficial. En Chile son veinte centros penitenciarios que operan así.

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A una hora de San Felipe está la cárcel de Limache. La construcción es amarilla, y a lo lejos parece una gran casona. En el patio se encuentra una diminuta capilla color azul y, al lado, la biblioteca.

Los libros aquí suman 507, incluidos títulos como Gay Gigante de Gabriel Ebensperger. El lugar está a cargo de Pablo García (51), contador, quien está condenado a seis años de prisión junto a su hijo de 21 años. Antes de ingresar, ninguno de los dos tenía antecedentes penales. El motivo de la riña, como fue calificada posteriormente por los tribunales, ocurrió en La Reina y se inició por una discusión con un vecino. Padre e hijo, del mismo nombre, están condenados por el delito de lesiones. “Al llegar acá se nos cayó el mundo”, dice García padre.

El interno Iván Ahumada (53) porta el libro La historia secreta de Chile, de Jorge Baradit.

Limache, al igual que San Felipe, tiene un ranking de libros más prestados, en los que destacan Un corazón sencillo, de Flaubert, Una mujer partió a caballo, de D.H. Lawrence, y El país de los ciegos, de H. G. Wells.

Desde que entró al penal, hace diez meses, García pidió hacerse cargo de la biblioteca. También utiliza ese pequeño espacio para dar clases de lenguaje, matemática, historia y literatura a los internos, mientras su hijo los ejercita en educación física. “Los libros que más les hago leer son los de autoayuda y superación. También novelas e historia. Trato de darles libros que los ayuden, los perfeccionen, no libros de guerra o bélicos. Les paso Daniel Goleman, Jorge Baradit, Isabel Allende, Alejandro Duma y Tolstoi”, dice. Y agrega: “Cuando uno lee, se olvida que está preso”.

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Libros al interior de las cárceles hubo siempre. “Probablemente desde los inicios de éstas”, dice Miguel Rivera, coordinador de bibliotecas en recintos penitenciarios de la Dibam. Esos libros generalmente los dejaban las visitas o ingresaban con los internos para sobrellevar el encierro. Eso cambió en 1978, cuando una alianza entre los ministerios de Educación y de Justicia permitió incorporar bibliotecas en las cárceles más pobladas. Además, llegaron dos bibliotecólogos contratados por Gendarmería para la Cárcel de Mujeres de San Joaquín y la ex Penitenciaría de Santiago.

En dos años, 13 cárceles ya contaban con unos pocos libros para sus internos. “Era una de las últimas prioridades dentro de la vida intracarcelaria”, dice Rivera. El flujo de libros dentro de los presidios chilenos se mantuvo sin cifras, renovación, ni seguimiento hasta 2012, cuando la Dibam, con Miguel Rivera a cargo, y Gendarmería instalaron el Plan de Alfabetización Digital: sistema informático utilizado como una intranet donde se suben capacitaciones, certificaciones, materiales de apoyo escolar y preparación universitaria para los presos. Se subieron también los catálogos bibliográficos. Cuando el número de ingresos y peticiones de libros ya eran bastantes, en 2015 se lanzó el Plan de Fomento Lector. “La atracción de los computadores nos permitió, primero, ganar un espacio en la cárcel y luego ir desarrollando ese lugar. Una preparación para lo que se venía: una biblioteca pública de calidad, pensada para la cárcel”, dice Rivera.

La instalación de bibliotecas por parte de la Dibam sólo es posible en cárceles a cargo del Estado. Es necesario también que haya más de 50 internos. Anualmente, según el último informe público del programa BiblioRedes -a cargo del plan de bibliotecas en recintos penitenciarios-, se registran cerca de 23 mil préstamos a nivel nacional y son 9 mil los usuarios.

El catálogo de estas bibliotecas se renueva una vez al año, en títulos nacionales e internacionales. Además, cada cárcel tiene libros especialmente elegidos por territorio y necesidades. “En las cárceles que están en el sur y son del Estado, tratamos de mantener libros de historia mapuche, por ejemplo. Hay incluso títulos en mapudungun”, dice Rivera. De las 43 cárceles con bibliotecas de la Dibam hay un ranking de lectoría nacional. En 2017, los libros más pedidos fueron El secreto, de Rhonda Byrne; La inteligencia emocional, del sicólogo estadounidense Daniel Goleman, Cincuenta sombras de Grey; de E.L. James, y La Iliada, de Homero (ver recuadro con listado completo).

Antes de instalar una biblioteca, algunos funcionarios de la cárcel deben capacitarse para luego liderar cada espacio. El suboficial Guillermo Lobo lo hizo por el centro penitenciario de San Felipe. “He visto de cerca que internos que antes eran más complicados y que iba a costar reinsertarlos al sistema por su nivel educativo, ahora se han acercado a la biblioteca y eso los haya ayudado”, asegura.

Pablo García (51), interno encargado de la biblioteca de Limache.

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Los días previos a su ingreso, Santis tuvo una detención escandalosa. Durante la tarde del lunes 16 de marzo de 2015, el joven se comunicaba por WhatsApp con los vendedores de droga aliados en la frontera de Argentina, pero abruptamente dejó de tener contacto con ellos. De inmediato supo, por intuición pura, que la PDI lo estaba buscando.

A pasos de su edificio en el centro de Santiago, sintió cientos de pasos y manojos de llaves. Corriendo, se acercó personal de la PDI y Carabineros y lo arrestaron. “No siempre he sido un delincuente. Yo, antes, tenía una vida normal”, aclara.

La infancia de Santis, según él, fue solitaria. A los 15 años se fue de su casa en Pudahuel. Allí quedaron su padre, su madre, su hermano mayor y su hermana pequeña. “No me crié en una familia bien compuesta. No tirábamos la talla; no lo necesité y espero nunca necesitarlo. No demuestro ninguna emoción”, dice.

A los 17 años, Felipe Santis fue papá por primera vez. Hace tres, tuvo a su segundo hijo. De él ni siquiera recuerda su cara. “Y sé que él tampoco me recuerda a mí”, asegura. Desde que visitó por primera vez la biblioteca de la cárcel de San Felipe, empezó a escribir cuadernos completos con historias de él, cartas y, sobre todo, poemas. “Cada seis meses mando uno o dos cuadernos con escritos para afuera. Me gustaría que mi hijo más chico conociera todo de mí”, dice.

Santis no llora. O por lo menos eso aclara él. “La vida acá siempre es tenebrosa y se sufre. Cuando uno cae preso -ésta es su primera vez- se vive un ciclo cada tres meses donde explotas o bloqueas tus emociones. Yo hago lo último”.

-¿Cómo manejas la angustia, la ansiedad que surgen con el encierro?
-No pienso en esas cosas. Del cien por ciento de mi tranquilidad mental, el 70 se lo debo a los libros.

El primer mes de los 96 que pasará en la cárcel, Santis miró los más de 300 libros que había entonces en la pequeña biblioteca y apartó tres: El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo; Más allá del bien y mal, de Friedrich Nietzsche, y un libro de poemas de Pablo Neruda. Luego, tomó un diccionario. “Me preparé para mis diferentes estados de ánimo, y sabía que si quería leer a Maquiavelo y Nietzsche tenía que tener un diccionario en mano”, dice.

El bibliotecario de la cárcel de San Felipe no tiene amigos, sólo cercanos. Los que logran conversar con él por más de una hora es porque tienen un libro en común.

-¿Nunca has tenido un castigo?
-Nunca. La astucia está permitida.

Dentro de la biblioteca, Santis tiene dos tesoros: La genealogía de la moral: un escrito polémico, de Friedrich Nietzsche, que le vuela la cabeza por estos días, y uno de los cuadernos que está próximo a acabarse, donde escribe para que sus hijos sepan semestralmente de él. “Te amo tras las rejas, pero no te amo / en la oscura celda de mi soledad, te amo y no te amo /esquizofrénicamente cuerdo, te amo cuando no te amo / de mi presidio me haces libre / te amo aunque no tengas agua / tuyo siempre, Felipe Santis”, versa uno de ellos.

Dice que aprendió a no sentir, a no pensar cosas que le ablandaran el corazón o que lo debilitaran emocionalmente. Tal vez, dice, la última vez que le pasó eso fue cuando tomó El amor en los tiempos de cólera, de García Márquez, novela que no sólo leyó dos veces, sino que además, viendo televisión dentro del penal, se encontró por casualidad con la película. Quedó absolutamente hipnotizado. “Ver la película fue muy emocionante”, dice.

La última página de ese libro describe una escena con la conversación entre dos personas que se encontraron y desencontraron en el amor. “¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?”, le pregunta Fermina Daza a su eterno enamorado. Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía 53 años, siete meses y 11 días con sus noches. “Toda la vida”, contesta.

Mientras repasa esa frase por tercera vez, Felipe Santis sabe que su espera, al menos, involucra cifras menores. Son 2 mil 900 los días que debe esperar para que abandone la cárcel y regrese a la libertad.

 

Los textos más pedidos en 2017 en las cárceles a nivel nacional

  1. Condorito, de Pepo (833 préstamos)
  2. National Geographic en español (516 préstamos)
  3. Revista Muy Interesante (428 préstamos)
  4. The Clinic (260 préstamos)
  5. Chile en 1000 fotos (63 préstamos)
  6. El secreto, de Rhonda Byrne (55 préstamos)
  7. La inteligencia emocional, de Daniel Goleman (58 préstamos)
  8. Cincuenta sombras de Grey, de E. L. James (53 préstamos)
  9. La Ilíada [novela gráfica], de Homero (47 préstamos)
  10. Condorito, tomo 6, de Pepo (41 préstamos)

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