Salir del clóset

Foto: Roberto Candia

Ese es el nombre del libro que escribieron la sicóloga Raffaella di Girolamo y el historiador y activista Jaime Parada, publicado esta semana. Aquí ambos cuentan que la salida del clóset no es un acto de una sola vez ni asegura la felicidad, pero el contexto social es cada vez mejor para quienes se atreven.


Jaime Parada, historiador y activista LGBT+, dice que en este libro hay mucho de su historia y de su salida del clóset. Recuerda que lo más traumático de ese período fue el proceso previo y las preguntas que machacaban su cabeza: “¿Lo digo o no? ¿Cómo lo digo? ¿Me hago el gil sabiendo que mis papás se dieron cuenta de que ese chico que digo que es mi amigo es mi pololo?”.

Dice que el miedo era inmovilizante, que sus papás eran muy conservadores y que, al contrario de los jóvenes de hoy, a finales de los 90 no había referentes que usar como ejemplo. Estaba en eso cuando se llevó una sorpresa. Un día fue a la pieza de su mamá a darle el beso de buenas noches y ella cariñosamente le dijo: “Dime lo que me tienes que decir”. Él se quedó mirándola: “Para qué quieres que te diga lo que ya sabes”. Lo que siguió fue un abrazo y llanto. Él tenía 19 años.

“Esa noche me saqué 50 kilos de ripio de mi espalda”, dice Parada, quien contó ese episodio con más detalle en el libro autobiográfico Yo, Gay (2014). Como respuesta recibió comentarios y preguntas de personas que no saben qué pasos dar. “Me di cuenta de que hay gente muy necesitada de algo en qué apoyarse”, dice. Entonces se le ocurrió este segundo libro, y sumó a Raffaella di Girolamo, sicóloga experta en sexualidad y su amiga hace seis años.

Según dicen Di Girolamo y Parada en el libro, “salir del clóset” vendría de la expresión inglesa “to have a skeleton in the closet”, que quiere decir “tener un esqueleto en el armario” y que alude a secretos muy personales que debían ser escondidos, como la homosexualidad. También se menciona que Sylvia Rivera, la activista transexual estadounidense que participó en los disturbios de Stonewall en 1969, habría gritado “¡A salir del clóset!” al lanzarle una botella a la policía.

Como sea, “salir del clóset” ya es una expresión de uso común. “Quiere decir revelar a otros la propia orientación sexual, pero no significa que inmediatamente venga la tranquilidad, ni que esa sea la primera y última vez que lo hagas”, explica Parada. “En estas sociedades convencionales, salir del clóset se puede transformar en un acto permanente en la vida. Hoy puedes salir del clóset con tu mamá y ella te dice ‘pero no le digas a tu papa’, y diez años después se lo dices a él, y mientras tanto conoces amigos nuevos o te cambias de trabajo y vives con la incertidumbre de si lo dices o no. A menos que hagas explotar el clóset: contarlo por redes sociales y que todo el mundo se entere de una vez”.

Sigue Parada: “Es un proceso difícil, no exento de dolores. Aun así, vale la pena, porque cada vez que lo haces te vas despojando de más piedras de esta mochila que te pone la sociedad y te vas sintiendo más seguro, hasta que esa explicación será parte natural de tu vida y te dejará de doler”.

Según Raffaella di Girolamo, la primera salida del clóset es con uno mismo. “Eso te entrega la certeza de que no vas a seguir mintiéndote y mintiéndole al resto en una parte tan importante de tu vida”.

-¿Cuáles son los patrones más comunes en la salida del clóset?
Raffaella: Primero, la sensación de partir de cero, como un cambio de eje en la vida. La orientación sexual no debería ser tema de nadie, pero como en estas sociedades más convencionales tiende a ser un tema común, es algo de lo que me tengo que hacer cargo porque quiero vincularme con personas que lo acepten y me ayuden a vivirlo. Como aún este tema viene asociado a mucho tabú, lo que una hace con los pacientes en la consulta es romper los tabúes personales y sociales, que son los miedos, para poder comprobar que no son reales y tirarlos al basurero. Ahí viene la tranquilidad.

-¿Es cada vez más precoz la salida del closet?
Jaime: Creo que sí. Si hoy los chicos pueden salir del clóset a los 12 o 13 años y sin dar explicaciones, es porque ha habido un proceso histórico que lo ha permitido. Hay un gap generacional. Yo tengo 40 años y me siento en una generación intermedia: veo que a los más jóvenes les cuesta muy poco y a los que están arriba les cuesta un mundo.

¿Cuál es el principal obstáculo para salir del clóset?
Raffaella: El miedo al rechazo de la familia más cercana o de los amigos. Es un miedo súper primario, tiene que ver con que mi papá no sé qué, mi mamá no sé cuánto, que se va a morir… Toda la historia que se arma desde la heteronorma de cómo va a ser la vida de mi hijo es algo que los papás tienen que deconstruir y muchas veces los hijos se sienten responsables de esa realidad. Por eso muchas familias de origen tienen que hacer su duelo cuando una persona sale del clóset.
Jaime: Puede que todo tu ambiente te dé señales de que está bien contarlo o puede que a tu mamá le encante un gay que sale en la tele, pero eso no quita que igual estés muerto de miedo. ¿Por qué? Por la cultura acumulada y un sentido de autoprotección, que a veces es muy razonable. Si ves que han despedido a una persona por ser gay, que la han echado de su casa, que la han golpeado o asesinado, aunque eso no tenga que ver contigo, te va a impactar y te va a poner un freno. En mi caso, mi freno era venir de una familia muy conservadora, lo que me hizo sentir miedo permanentemente. Pero tengo amigos que vienen de familias muy liberales y tuvieron el mismo miedo, por distintas razones. No hay un entorno propicio para salir del clóset. Hoy mis padres, que siguen siendo muy conservadores, me preguntan permanentemente por mi novio y me invitan a almorzar con él los domingos, mientras que a un amigo de una familia muy liberal, cuando contó a sus papás que era homosexual, lo echaron de la casa y cambiaron la chapa.

Foto: Roberto Candia

-¿Qué pasa cuando te sacan del clóset?
Raffaella: ¡Qué violento es! Sacar del clóset a alguien que no sé de dónde viene, cuál es su familia, cuáles son sus dolores personales, sus miedos, es un abuso de poder.
Jaime: Yo sé algo de ti que tú estás resguardando, pero yo quiero decirlo sin pedirte autorización y me doy el permiso. Lo siento como una forma de violencia, porque hay un código que se transgrede cuando se hace eso. Se le puede generar una afección muy grande a una persona. Conozco gente a la que la han echado de su trabajo porque la han sacado del clóset, porque hay una generación mayor y sectores conservadores que tienen asociada la homosexualidad a una supuesta elección, y como es una elección mala, que puede ser pecaminosa, enferma o abusadora de menores, no quieren tener ni enfermos ni pecadores ni delincuentes en el contexto laboral. Es algo que pasa también en las escuelas, donde profesores han suspendido a estudiantes que han sido sacados del clóset, llaman a los apoderados y los exponen.

-¿Lo pueden hacer?
Raffaella: Es súper común y súper riesgoso. Es terrible. A veces lo justifican diciendo “es lo mejor para ti”.

-Si tengo un hermano o un amigo que quiere salir del clóset y a la primera persona que le va a contar es a mí, ¿qué me aconsejan?
Raffaella: Lo primero es la escucha. Como no es un tema tuyo, lo único que tienes que hacer es recibir lo que te están diciendo sin cuestionar.
Jaime: Tiene que ser una escucha muy activa, sin tratar de irrumpir con tu sistema de valores, porque ahí pones una barrera inmediata. Como decimos en el libro, da unos pasitos atrás: escucha con humildad y desde el afecto. Postérgate y empieza a entender por qué lo están haciendo contigo. Celebra ese acto de confianza y de amor, porque te lo está diciendo por algo.
Raffaella: Pasa mucho que las personas deciden contarle primero a la mamá porque la sienten más cercana; y al papá lo sienten súper castigador. Y resulta que a la mamá le viene un ataque de pánico, y el papá responde: “No te preocupís, está todo bien”. Es todo muy impredecible.

-¿Cómo elegir a quién contarle primero?
Raffaella: Es importante no sólo a quién le cuentas primero, sino que hay gente que hace ritos para prepararse. Tengo un paciente que vino a terapia para hacer el rito de contarle a la familia que era gay. Les mandó cartas a distintos familiares y les pidió que todos las tuvieran leídas para la fiesta de Año Nuevo. Un amigo, hetero, lo acompañó ese día. Llegaron a la fiesta, entra con su amigo súper nervioso y un tío le dice: “Por fin trajiste un pololo, weón”, y todos “eh, eh, eh”. Él les dijo que no era su pololo, que era un amigo hetero. Y todos “buu”. O sea, decía él, “hice un año de terapia y nunca fue tema”.

-¿Quién debiera ser idealmente esa primera persona?
Jaime: Puede ser de un entorno muy próximo o no tanto, pero alguien que sabes que no te va a juzgar. Puede no ser tu mejor amigo, ni tu mamá, aunque ella después diga “le contaste primero a ése que apenas te conoce”.
Raffaella: Si esa persona no te enjuicia, puedes hablar de esto tan íntimo.
Jaime: Y uno va perdiendo el miedo. Me pasó cuando quería contarles a mis primeros amigos a finales de los 90. Yo tanteaba el terreno: parece que a él no le importa el tema o no tiene tanto prejuicio. La primera persona a la que le conté era un compañero de la universidad que no era tan cercano y él me instó a contárselo al resto de mis amigos y a la compañera que estaba enamorada de mí. Es mucho lo que puede hacer esa persona que te da confianza pero, al revés, es mucho lo que puede restringirte una persona que reacciona mal. Si tengo una muy mala respuesta de alguien es probable que me insegurice en esa y en otras áreas de mi vida y que postergue la salida del clóset hasta que me sienta cómodo.

-En el libro está el caso de un joven que le cuenta a su papá que es gay y éste le dice “por qué no pruebas tener sexo con una mujer a ver si se te pasa”. ¿Es común esa respuesta?
Raffaella: Es terrible. Ayer recibí el caso de una chica que le contó a su familia que era lesbiana y fue abusada por su padre. Una violación correctiva.
Jaime: Es “te voy a quitar lo lesbiana que llevas dentro sabiendo qué se siente estar con un hombre”. Es una forma de castigo, de abuso, pero además una creencia de que eso sí la podría cambiar.
Raffaella: Lo voy a decir burdamente: es el poder que se le da al pene, a la penetración y al supuesto placer que la mujer va a recibir con esa penetración. Así de básico. Las violaciones correctivas suceden en este país al interior de las familias también.
Jaime: Y generalmente no se denuncian porque es un familiar.

-También cuentan el caso de un joven que, una vez que sale del clóset, es enviado a terapia con un sicólogo para revertir su homosexualidad.
Raffaella: Es muy común. El primer movimiento que hace la gente es mandar a terapia, a veces por sentir que hay algo malo y otras veces porque no saben cómo reaccionar por el miedo a lo que pasa afuera. El miedo tiene mucho que ver con pensar qué le va a pasar a mi hijo o hija cuando esté en la calle o cuando pololee. Es muy común que me traigan a consulta al adolescente homosexual para saber si está confundido o confundida, y después hay padres y madres que dicen ¿por qué me está haciendo esto a mí? O sea, ¿qué te está haciendo? No te está insultando, no te está pegando…
Jaime: Las famosas terapias de reconversión son algo muy común, son consideradas tortura por organizaciones de salud a nivel mundial y socialmente están invalidadas. Hay una terapeuta ligada al Opus Dei que las hace y ahí nos damos cuenta de que existe una alianza entre la religión y seudoterapeutas que transgreden todo el conocimiento acumulado de lo que significa tratar de cambiarle la orientación sexual a una persona. Es un tema muy grave.

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