Michel Houellebecq: “Mientras insistamos en una visión mecanicista e individualista del mundo, seguiremos muriendo“

Una selección de ideas sobre la sociedad contemporánea planteadas por el influyente pensador francés.


Dice Michel Houellebecq (1958), el cáustico escritor francés, considerado “la primera star literaria desde Sartre”: “Me gustaría escapar de la presencia obsesiva del mundo moderno (...) es evidente que el ser humano se precipita a corto plazo y en condiciones terribles hacia una catástrofe. De hecho, ya la tenemos encima”.

Autor de Las partículas elementales, Serotonina y la espinosa Sumisión, donde se revela como un cronista despiadado de la decadencia de la sociedad occidental del siglo XXI, asegura que “hace cinco siglos que la idea del yo domina el mundo” y que “ya es hora de tomar otro camino”.

En su volumen de ensayos El mundo como supermercado (Anagrama, 2000), Houellebecq reúne algunas de sus audaces y vigentes ideas sobre la sociedad contemporánea.

Acá una selección.

Michel Houellebecq.

Sobre la unidad o la línea directriz de su obra

Ante todo, según creo, la intuición de que el universo se basa en la separación, el sufrimiento y el mal; la decisión de describir este estado de cosas y, quizás, de superarlo. Los medios —literarios o no— son secundarios. El acto inicial es el rechazo radical del mundo tal como es; también la adhesión a las nociones de bien y mal. La voluntad de profundizar en estas nociones, de delimitar su dominio, incluso en mi interior. Después viene la literatura. El estilo puede variar; es una cuestión de ritmo interno, de estado personal. No me preocupan los problemas de coherencia; suele venir por sí misma.

Sobre publicar poesía y novela

Me gustaría que no hubiera ninguna diferencia. Un libro de poemas debería poder leerse de un tirón, de principio a fin. Del mismo modo, uno debería poder abrir una novela en cualquier página, y leerla con independencia del contexto. El contexto no existe. Es bueno desconfiar de la novela; no hay que dejarse atrapar por el argumento; ni por el tono, ni por el estilo. También en la vida cotidiana hay que andar con cuidado para no dejarse atrapar por la historia o, de forma aún más insidiosa, por la personalidad que uno imagina que es la suya. Habría que conquistar cierta libertad lírica; una novela ideal debería poder incluir pasajes en verso, o candados. Tendría que caber todo. Novalis y los románticos alemanes en general aspiraban a un conocimiento total. Renunciar a esa ambición es un error. Nos agitamos como moscas aplastadas; pero eso no nos impide aspirar a un conocimiento total.

Sobre el rechazo al suicidio

En 1783, Kant condenó claramente el suicidio en sus Fundamentos de la doctrina de la virtud. Dice: “Aniquilar en la propia persona al sujeto de la moralidad es expulsar del mundo, en la medida en que depende de uno mismo, la moralidad”. Un argumento que resulta ingenuo, de una inocencia casi patética, como ocurre a menudo con Kant; sin embargo, creo que no hay otro. Lo único que realmente puede mantenerse con vida es el sentido del deber. En concreto, si uno desea responsabilizarse de un deber práctico, se las arregla para que la felicidad de otro ser dependa de su existencia;por ejemplo, puede intentar educar a un niño, a falta de niño, comprar un poodle.

Sobre el éxito social

Las sociedades animales y humanas establecen diversos sistemas de diferenciación jerárquica, que pueden basarse en el nacimiento (sistema aristocrático), la fortuna, la belleza, la fuerza física, la inteligencia, el talento…, por otra parte, todos estos criterios me parecen igualmente despreciables, y los rechazo; la única superioridad que reconozco es la bondad. Actualmente nos movemos en un sistema de dos dimensiones: la atracción erótica y el dinero. El resto, la felicidad y la infelicidad de la gente, se deriva de ahí. Para mí no se trata en absoluto de una teoría; es cierto que vivimos en una sociedad simple, así que estas pocas frases bastan para dar una descripción completa.

Sobre la equivalencia entre una discoteca y un supermercado

Se puede hacer una comparación entre las ofertas de pollo y las minifaldas, pero la analogía termina ahí: en la revalorización de la oferta. El verdadero paraíso moderno es el supermercado; la lucha se acaba a sus puertas. Los pobres, por ejemplo, no entran. Uno gana dinero en otro lado; y luego va a gastarlo ante una oferta innovadora y variada, a menudo fiable a nivel de gusto y bien documentada desde el punto de vista de la nutrición. Los clubes nocturnos son algo muy distinto. Siguen yendo —contra toda esperanza— muchos frustrados. Y así pueden comprobar, a cada momento, su propia humillación; en este caso, estamos mucho más cerca del infierno. Se habla de supermercados del sexo, que tienen un catálogo bastante completo de su oferta porno; pero les falta lo esencial. Y es que el objetivo mayoritario de la búsqueda sexual no es el placer, sino la gratificación del narcisista, el homenaje que una pareja deseable rinde a la propia perfección erótica. También por eso el sida sigue más o menos igual; el preservativo reduce el placer, pero la meta que se persigue, al contrario que en el caso de los productos alimenticios, no es el placer: es la embriaguez narcisista de la conquista. Y el consumidor porno no solo no experimenta esta embriaguez, sino que además suele experimentar la emoción opuesta. En fin, para no dejarme nada, podría añadir que algunos seres con valores desviados siguen asociando la sexualidad y el amor.

Sobre lo que llama “el hombre-red”

Tenemos que ser conscientes de que los objetos manufacturados del mundo entero —el cemento armado, las ampolletas, los vagones de metro, los pañuelos— son objetos concebidos y fabricados por una clase reducida de ingenieros y de técnicos, capaces de imaginar y de poner en funcionamiento los equipos adecuados; ellos son los únicos realmente productivos. Representan, quizás, el 5% de la población activa, y este porcentaje disminuye constantemente. La utilidad social del resto del personal de la empresa —comerciales, publicistas, oficinistas, administrativos, estilistas— es mucho menos evidente: podrían desaparecer sin afectar apenas al proceso de producción. Su papel aparente consisten en producir y manipular diversas clases de información, es decir, diversos calcos de una realidad que no comprenden. Podemos situar en este contexto la explosión actual de las redes de transmisión de la información. Un puñado de técnicos —en Francia, como máximo, cinco mil personas— se encargan de definir los protocolos y la fabricación de los equipos que en los próximos decenios van a permitir la transmisión instantánea, a escala mundial, de cualquier tipo de información: texto, sonido, imagen, y en algún momento estímulos táctiles y electroquímicos. Entre ellos, algunos elaboran un discurso positivo sobre su propia actuación, según el cual el ser humano, concebido como centro productor y transmisor de información, solo puede encontrar su propia dimensión a través de la interconexión con el máximo posible de centros análogos. Sin embargo, la mayoría no elabora discursos; se conforma con hacer su trabajo. Y así encarnan plenamente el ideal técnico que guía el movimiento histórico de las sociedades occidentales desde fines de la Edad Media, y que puede resumirse en una frase: “Si es técnicamente posible, la técnica lo hará”.

Sobre la ambición científica por sobre la literaria

De adolescente me fascinaba la ciencia, sobre todo los nuevos conceptos que desarrollaba la mecánica cuántica; pero todavía no he abordado de verdad estos temas en mis libros; supongo que las condiciones reales de supervivencia en el mundo me han tenido demasiado ocupado. De todas formas, me sorprende un poco oír que hago buenos retratos psicológicos de los individuos, de los personajes: puede que sea verdad; pero, por otra parte, tengo a menudo la impresión de que los individuos son prácticamente idénticos, de que lo que llaman su “yo” no existe en realidad, y que en cierto sentido sería más fácil definir un movimiento histórico. Puede que ahí se vean los primeros efectos de una complementariedad a la manera de Niels Bohr: onda y partícula, posición y velocidad, individuo e historia. A un nivel más literario, siento la fuerte necesidad de dos enfoques complementarios: el patético y el clínico. Por un lado la disección, el análisis frío, el sentido del humor; por otro, la participación emotiva y lírica, de un lirismo inmediato.

Sobre la poesía

La poesía es el medio más natural de traducir la intuición pura de un instante. Existe, sí, un núcleo de intuición pura que puede traducirse directamente en imágenes o en palabras. Mientras vivimos en la poesía, vivimos también en la verdad. Los problemas empiezan después, cuando hay que organizar esos fragmentos, establecer una continuidad a la vez razonada y musical. Probablemente mi experiencia con el montaje me ha ayudado mucho en eso.

Sobre referentes cinematográficos y la relación entre filmar y escribir

Murnau y Dreyer me gustaban mucho; también me gustaba todo lo que se ha dado en llamar expresionismo alemán, aunque la referencia pictórica más importante de esas películas fuera del romanticismo y no el expresionismo. Hay un estudio de la inmovilidad fascinada que intenté traducir primero en imágenes, y luego en palabras. Y también hay algo más en el fondo de mí mismo, una especie de sentimiento oceánico. No he conseguido llevarlo a una película; en realidad no he tenido ocasión de intentarlo. Creo que con las palabras he tenido más éxito, a veces, en algunos poemas. Pero estoy seguro de que en algún momento tendré que volver a las imágenes.

Sobre lo que viene tras el pesimismo

Me gustaría escapar de la presencia obsesiva del mundo moderno; entrar en un universo tipo Mary Poppins, donde todo va bien. No sé si lo conseguiré. También es difícil pronunciarse sobre la evolución general de las cosas. Teniendo en cuenta el sistema socioeconómico actual, teniendo en cuenta, sobre todo, nuestros preceptos filosóficos, es evidente que el ser humano se precipita a corto plazo y en condiciones terribles hacia una catástrofe. De hecho, ya la tenemos encima. Las consecuencias lógicas del individualismo son el crimen y la desdicha. Llama la atención el entusiasmo que nos anima a perdernos; es de lo más curioso. Por ejemplo, sorprende ver la alegre despreocupación con la que se acaba de desbancar al psicoanálisis para sustituirlo por una lectura reduccionista del ser humano basada en hormonas y neurotransmisores. La disolución progresiva, en el curso de los siglos, de las estructuras sociales y familiares; la tendencia creciente de los individuos a considerarse partículas aisladas, sometidas a la ley de choques, compuestos provisionales de partículas más pequeñas..., todo eso impide que se pueda aplicar ninguna solución política. Así que es legítimo empezar por desmontar las fuentes de huero optimismo. Si volvemos a un análisis más filosófico de las cosas, nos damos cuenta de que la situación es todavía más rara de lo que creíamos. Vamos hacia el desastre, guiados por una imagen falsa del mundo; y nadie lo sabe. Ni siquiera los neuroquímicos parecen darse cuenta de que su disciplina se mueve sobre un campo minado. Antes o después abordarán las bases moleculares de la conciencia; y entonces se darán de bruces con los modos de pensamientos derivados de la física cuántica. No nos libraremos de una redefinición de las condiciones del conocimiento, de la noción misma de la realidad; tendríamos que tomar conciencia de todo esto, a nivel afectivo, desde este mismo momento. En cualquier caso, mientras insistamos en una visión mecanicista e individualista del mundo, seguiremos muriendo. No me parece sensato empeñarse durante más tiempo en el sufrimiento y en el mal. Hace cinco siglos que la idea del yo domina el mundo; ya es hora de tomar otro camino.

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