El día que conocí a Daniel Johnston

Daniel Johnston

Sucedió en una librería de Hollywood a la que llegué por casualidad, tres años antes de su muerte. Conversé con él, escribió una frase en mi libreta y traté de hacerle ver lo valioso de su existencia. Esta es la historia de cómo el azar me llevó a conocer a uno de los más grandes compositores de música popular de los últimos tiempos, uno de mis más grandes héroes en la vida. Con Daniel Johnston, comencé a dejar de ser la persona que era.



Fue un viaje cargado de hitos para un fan de la música. No todo estuvo planeado. Partió con la idea de asistir al único tour que la súper banda liderada por Chris Cornell, Temple of the Dog, haría en toda su historia. Con el grunge como parte importante de mi adolescencia, el día que la prensa anunció los exclusivos cinco conciertos que harían en Estados Unidos, sin vacilación acordé con uno de mis amigos viajar hasta Nueva York. Una semana después, y frente al computador, conteníamos la frustración de ver que las entradas se habían agotado en apenas minutos. Pero en un último suspiro, clickeamos en el botón de compra para otra de las ciudades en gira. Un salto torpe y exclamaciones ilegibles fueron nuestra celebración. Nos íbamos a Los Ángeles.

Llegamos a Hollywood y nos hospedamos allí por varios días. Fue nuestra base para ir, además, a un recital de Har Mar Superstar en el mítico Echoplex —con Sweet Spirit como teloneros— y al Outpost Festival en Santa Ana, que tendría a la cabeza una de mis bandas favoritas de entonces, Real Estate; también caminaríamos hasta el mural de Sunset Boulevard que fue usado como portada del Figure 8 de Elliott Smith; y en al menos dos tardes nadaríamos por Amoeba, la tienda de discos más grande del mundo.

Para entonces, Daniel Johnston ya era una figura presente en mis compilados, mi ropa, en un póster de Hi, How Are You, y en mi colecciones de películas pirateadas y acordes para guitarra; pero en el plan de viaje, no estaba siquiera en las notas al pie. Era la segunda semana de noviembre de 2016.

Supe de la existencia de Johnston gracias a los algoritmos de Internet. Recién egresaba del colegio y, como consumidor musical empedernido, YouTube se consolidaba como un paraíso para conocer nuevas bandas. Cada noche pasaba largas horas en eso, pero esta vez me empujaba algo nuevo, una triste experiencia por la que nunca antes había pasado: el fin de una relación. Aunque todo el proceso posterior se tornaba angustiante, me conmovía que fuese desconocido. Advertía una atracción masoquista por todo lo que sonara profundo y melancólico, convirtiendo a las canciones en el medio para revelar que, por fin, ya entendía lo que era enamorarse. Guitarras en reverb o voces en echo me hacían abrazar esta evolución, aunque doliera.

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Daniel Johnston

“In The New Year”, de The Walkmen, fue una de estas canciones que descubrí yendo de video en video, tan paralizadora que dejé de operar el mouse y el siguiente artista fue escogido por la máquina. Y entonces la epifanía: jamás, nunca antes, había escuchado algo tan extraño y hermoso a la vez. Su voz, desafinada y pretenciosa, era a su vez tan honesta y emotiva, que pude creerle cuando cantaba: This is life / And everything’s alright / Living living living… living life. Era él, era “Living Life”, y sentí que todo iba a estar bien. Me sentí en compañía de alguien entrañable y quise conocerlo. Escribí su nombre en Google y encontré un documental biográfico que pude descargar en siete partes. Las uní en un pendrive, lo conecté a un televisor, y crecí. Con The Devil & Daniel Johnston, comencé a dejar de ser la persona que era.

El día que supuestamente veríamos a Real Estate se desmoronó. El Festival anunciaba su suspensión y devolución de entradas. Fue un golpe anímico importante. Los venía escuchando en los trayectos del viaje y no era menor haber llegado hasta allí desde un extremo de Sudamérica, a donde probablemente esos cinco talentos de Nueva Jersey nunca volverían a tocar (lo habían hecho en Primavera Fauna 2014). Cambio de planes. Almorzamos sin presiones y con desgano acordamos pasear por la meca del cine. También fuimos a Amoeba por segunda vez, y compramos lo que antes no quisimos con tal de guardar dinero para el festival. Al salir, Yerko, mi amigo que hasta hoy es un fanático de las historietas, me propuso ir a un lugar que había encontrado en Google Maps, Meltdown Comics, una tienda donde seguro él congregaría mayor consuelo. En mi caso, no sabía qué podría encontrar allí, tal vez una colección de Peanuts, o nada. Ya anochecía y, en silencio, caminamos bajo el clima húmedo y cálido de California.

Daniel Johnston

Meltdown se asemejaba a un Blockbuster tipo, pero con figuritas, discos, cómics, libros y pósters en cubículos y paredes completas. Deambulé en solitario por sus pasillos y, al terminar, a Yerko aún le restaban varias góndolas por recorrer. Busqué un lugar donde descansar y en uno de los extremos de la tienda vi un sillón bastante generoso. Me acerqué. Bajé la mochila de mis hombros y me dejé caer con el peso de la decepción, dejando la mirada fija a esperas de que mi cerebro divagase por donde quisiera. Pero pronto hubo una imagen que sentí como un choque eléctrico: mi vista, que iba en dirección hacia una pared, coincidió exactamente con un pato humanoide, musculoso y con la facultad del lenguaje. Ya había visto algo así antes. El shock pasó a ser un hormigueo detrás del cuello. Las piernas se me vaciaron y, aún así, me puse de pie hasta caminar a él. Era un dibujo enmarcado; su firma, Daniel Johnston.

El mismo día que visioné el documental, leí cada artículo y referencia que encontré, escuché todas sus canciones y grabé en un CD las que realmente me sacudieron: “Hey Joe”, “The Sun Shines Down On Me”, “Follow That Dream”, “You Put My Love Out The Door”, “Grievances”, “Held The Hand”, “I Had Lost My Mind”, “True Love Will Find You In The End”... Y entonces lo entendí todo. Daniel Johnston era un artista íntegro, condicionado desde su juventud por padecer de esquizofrenia, y cuya desbordante creatividad le animó a jamás preocuparse de seguir los patrones a los que la industria nos acostumbraba. ¡Fue tanto así que hizo todo por cuenta propia! Al comienzo de su trayectoria, materializó este ímpetu en uno de los relatos más representativos del do it yourself en la historia de la música popular: en su residencia de turno, interpretó y grabó un puñado de canciones tantas veces como casetes tenía, dibujó sus carátulas, y los repartió pasando por alto las normas de producción, sin más ambiciones que distribuir lo que ya no quería que fuese únicamente de él. Pues bien, resultó ser una obra cuya susceptibilidad alcanzó lo extraordinario. Louis Black, cofundador de Austin Chronicle y SXSW, fue una de las primeras personas en recibir este material: “Fue como si Bob Dylan te diera sus primeros discos”, contó. Fue así porque, para un joven sobrepasado de emociones, compartir su música no podía depender de consensos. Y lo quise por eso.

Escuché “The Story Of An Artist” y encontré allí un manifiesto. Junto con hacer música y escribir como un nobel contemporáneo de literatura, Daniel dibujaba con una genialidad desarrollada tempranamente, y luego alabada por sus compañeros y galerías en Berlín, París, Eindhoven, Washington... Así, como artista íntegro, canalizó en sus historietas y canciones los tormentos asociados a su enfermedad, el miedo a convertirse una persona malvada y el desconsuelo de un amor no correspondido; pero también, plasmó en ellas un soporte universal de confianza: la perseverancia en la búsqueda del sentido, y la determinación a no ceder antes los males a pesar de la desesperanza (Hope for the hopeless / When everything seems so tasteless / And all the colors seem to have faded away).

Esto hacía que, en cualquiera de sus facetas, proyectase una sobrecogedora habilidad para hablar con simpleza de los asuntos fundamentales de la vida. Yo apenas iba entrando a ese encuentro, con todo lo que implicaba dejar mi casa para ir a la universidad y luego entrar al mundo real. Y la manera en que había repercutido en mí ese fin de una relación, más todo lo que develaría en esa etapa que llaman madurez, me sugería estar configurando mi forma de ser. ¡Vaya momento! Aposté a que “Walking the cow” me identificaría por siempre, porque desde entonces traté de desglosar la existencia a través de cualquier referente que me impactara tanto como él, y cuestionar las reglas de inserción en una sociedad exitista que poca cabida da a los cuestionamientos. Desde ese momento, el autodescubrimiento dejó de ser tortuoso, y empecé a llevar a Daniel Johnston conmigo como una cantimplora en una escalada. Se convirtió, por su arte y sensibilidad, en un héroe inclasificable, pero héroe al fin.

Comencé a mirar hacia todos lados, como si me hubiese extraviado en una feria a los cinco años. Necesitaba saber qué carajo estaba pasando, dónde estaba parado, por qué estaba ese dibujo ahí. Reparé en que había dos, cinco, diez, veinte más ubicados uno al lado del otro en lo que era una exhibición. Una chica, que perfectamente pudo haber sido un personaje en Juno, se me acercó a hacerme un par de preguntas, y con un inglés nervioso y errático traté de seguirla:

—Hola, ¿te puedo ayudar?

—¿Son estos dibujos de Daniel Johnston? —lo hacía algo agitado.

—Sí.

—Me cago —solté en un español incrédulo—. ¡Y cuánto cuestan!

Inferí que la chica era la curadora, y comenzó a reírse.

—¿No eres de acá, cierto?

—No, soy de Chile. Estoy de vacaciones —pasé a la timidez.

Ella se inclinó hacia un lado, entre el límite de la compasión y el sarcasmo.

—Si andas con bolsillo de turista, la verdad no sé si estén a tu alcance. El más barato cuesta… —y me dio una cifra verdaderamente inalcanzable para mi bolsillo de turista.

–No puedo creer esto —agregué dando una vista panorámica—. Soy un gran admirador de él y… —volví a mirarla— No puedo creerlo.

En ese momento, vaciar la tarjeta de crédito o pedir a Yerko que me financiara el resto del viaje, ya dejaba de importarme. Entonces interrumpió:

—Pero espéralo.

El tiempo se detuvo. Hizo frío. Tomé aire y traté de pronunciar la siguiente pregunta como si diera una prueba oral de inglés.

—Dices que… ¿Daniel Johnston va a venir hasta aquí?

—¡Sí! —puso sus manos en mis hombros.

Me tomé la cabeza con ambas manos y arrastré algunos pasos sin destino. Ella volvió a reír, ahora hacia atrás, y entendí que no había ironías en su reacción.

—¡Juro que verte es emocionante hasta para mí! —se sinceró.

—¿Y viene pronto? —dejé caer los brazos.

—Sí, de hecho —miró su reloj— debió haber llegado hace cinco minutos.

Me invadieron los nervios. Salí de ese pequeño espacio de exhibición y, no sé cómo, había pasado por alto un cartel de letras grandes y puesto a mediana altura, casi delante del sillón donde me había dejado caer, donde anunciaba este y un próximo evento: Daniel Johnston performing at In This Together Festival, invitaba para del día siguiente, una alegría que duró apenas unos segundos, cuando instantáneamente asocié esa noche al concierto de Temple of The Dog en el At The Forum de Los Ángeles. Fuimos, por supuesto. ¡Pero qué importaba! ¡Estaría frente a Daniel! Ni haber comprado el más caro de sus dibujos o haberlo escuchado tocar sobre un escenario —ya lo había visto en Chile en 2013— se iba a comparar con la máxima utopía de conocerlo y, quizás, ¡conversar con él!

Daniel Johnston

Fui hasta donde Yerko. Le conté todo y soltó un carcajada al cielo, maldiciéndome por el tamaño de mi suerte. Se ofreció a sacar fotos del hito y acordamos que le entregaría la cámara cuando fuese el momento. No podía estar quieto. Por todos lados me puse a ver decenas de cómics que seguramente transitaban por todos los géneros. Digo seguramente porque de eso no recuerdo absolutamente nada, nada de lo que vi en esas hojas. Tomaba una revista y pensaba qué le diría; tomaba otra y craneaba una frase de entrada; otra, cuánto tiempo tendría para hablar con él; otra, y choqué con un señor alto, gordo y luminoso. Dos palabras lograron salir de mi boca:

—Hi, Daniel —le dije.

—Hi, friend —respondió.

Dos segundos pasaron y no quería creer que solo eso había sido nuestro encuentro. Amablemente me compartió un saludo, pero luego siguió su camino. La tristeza que debió embargar mis facciones hizo que Juno se acercase otra vez. Me preguntó si estaba bien y le conté que no había podido conversar con él, que nos habíamos topado sin querer y que él solo siguió. Con los ojos cerrados me escuchaba como si le diera exactamente las mismas explicaciones que predijo en su trayecto hacia mí, pero luego me dio las suyas. Me dijo que no había de qué preocuparse, que lo primero que él solía hacer era pasearse por todos los rincones de cada tienda, apilando cómics y libros para llevarse a casa; solo después, se sentaría a la cabecera de una mesa dispuesta especialmente para quienes quisieran conocerlo.

—La idea es que hagan una fila, y luego vayan pasando en turnos que deberán ser muy, muy breves —agregó.

Otra vez sentí que la atmósfera cambiaba de aire. Volví a ser feliz. Miraba a un Daniel resplandeciente que recogía sus libros y consultaba a una de las vendedoras por tal o cual edición. No aguanté el deseo y le tomé algunas fotografías, a la distancia, asimilando lo que estaba a punto de suceder. Luego esperé.

Daniel Johnston

Cuando solo quedaba una persona delante mío, Daniel pintaba con un plumón a su clásica ranita en los brazos de una chica. Luego pasó quien me antecedía, y trazó el mismo dibujo en una de las hojas en blanco que habían apilado sobre la mesa, y se la entregó. Todos quienes pasaban al encuentro, le saludaban, pero nadie hablaba realmente con él, y me preguntaba si acaso no estaba permitido. Un poco más allá estaba Dick, uno de sus tres hermanos, quien solía acompañarlo en giras y hospitalizaciones. ¿Estaría ahí para impedirnos una conversación?

Daniel Johnston

Y llegó el momento. No sentí control de la sonrisa que llevaba al caminar hasta quedar frente a él, olvidando todas esas inquietudes absurdas que alimentaron mi espera. Entonces, en un reducido —y para siempre perdurable— espacio de tiempo, le dije lo que le quería decir. Quizás fui poco innovador, pero vaya, se lo dije yo.

—Hola, Daniel —me senté.

—Hola, amigo —me miró—. Eres tú de nuevo, me traes recuerdos —¡se acordaba de mí!, ¡y bromeó!

—¡Sí! —reí alegremente avergonzado—. Mi nombre es David. Es mi primera vez en Los Ángeles, pero ya te había visto una vez, en Chile. Fuiste a tocar hace unos años.

—¡Oh, sí! Puedo acordarme de eso —asentía apartando sus libros, como si viajara hasta ese día en Santiago en una Ex Oz repleta.

—¡Genial! Fue un muy buen concierto.

—Sí, sí, me acuerdo, lo fue —evocamos juntos.

—Estoy muy feliz de conocerte, Daniel. Eres un tipo maravilloso. Te lo deben decir en todos lados y realmente lo creo.

—Gracias, amigo —sonrió.

—Tus canciones y todo lo que haces tienen mucho sentido para mí y estoy seguro que para miles también.

—Oh, lo aprecio mucho, amigo. Gracias —y sentí que por fin nos habíamos conocido, treinta años después de que se diera a conocer al mundo con su primera aparición en MTV, un año antes de que yo naciera. Estaba hecho: sin siquiera haberlo imaginado, la utopía había dejado de serlo.

—¿Podrías dejarme un recuerdo en mi libreta? —fue lo último.

—¡Por supuesto! —aceptó con sencillez.

Como dije, a todos les dibujaba la criatura de Hi, How Are You, en la piel o sobre hojas, pero extrañamente lo que hizo esta vez fue escribir: “She never stop lovin him”. Sin duda no tuvo la intención de hacer algo específicamente para mí. Pensemos que al menos desde 1990, tras un extenso periodo en el que estuvo internado y su obra se difundió masivamente, regalaría dibujos express y firmaría autógrafos a cientos de personas que empezarían a ir a sus presentaciones. ¿Por qué habría de ser este un caso especial? Creo que la respuesta amerita usar mi derecho —tras un increíble suceso como este— a forzar una interpretación, y lo pienso así: diariamente, a cada instante y en cada lugar, Daniel debe haber lidiado con un exceso de ideas y recuerdos de todo tipo, acumulados como un torbellino de pensamientos que encontraban la calma a través de la creación artística. En ese momento, Daniel no estaba componiendo ni dibujando. Estaba conmigo. Por tanto, para dejar algo en mi libreta, debe haber levantado la tapa de esa tómbola emocional, metido la mano para sacar uno de los papelitos que giraban allí, cada uno con una parte de su vida, y me lo compartió para la posteridad. Pienso que me tocó Laurie, la mujer que conoció en una clase de arte y que por largos años inspiró gran parte de sus canciones: She always made me feel at home / I never felt out of place / But she already had a boyfriend (…) / And they got married and had a little baby. Me tocó un amor no correspondido. Y un amor no correspondido me había llevado a conocerlo a él. Le di las gracias, lo abracé, y me despedí para siempre.

Decía al comienzo que el viaje estuvo lleno de hitos, porque también me crucé con Peter Matthew Bauer después de comprar el LP de You & Me, que felizmente firmó. Además escuchamos con Yerko la increíble voz de Chris Cornell —escasos meses antes de que falleciera— en una legendaria banda que jamás pensaríamos ver en vivo; nos abrazamos con Macaulay Culkin a la salida del Exchoplex, después de que estuviese en el escenario bailando un cover de Van Halen junto a Har Mar Superstar; y estuvimos en el mural del Figure 8 de Elliott Smith, dos años antes de que fuese tristemente removido casi por completo. Pero, la verdad, no hubo comparación. Una increíble serie de sucesos lo permitieron: las entradas a Temple of the Dog agotadas en NY, la cancelación del Outpost Festival, el tiempo que tardamos en Amoeba, la iniciativa de Yerko para ir hasta Meltdown Comics y, en suma, la fortuna de haber estado en ese lugar y en ese preciso momento. Es, hasta hoy, uno de los días más entrañables que pueda atesorar. Tres años después, Daniel perdería la vida.

Me gusta pensar en el alcance de su legado, que Kurt Cobain vistiera poleras estampadas con su dibujo más emblemático; que haya quedado inmortalizado en los muros de Austin, Houston e incluso Valparaíso; que Victoria Legrand haya incluido una versión de “Some Things Last a Long Time” en el primer disco de Beach House; o que artistas como Flaming Lips, Beck o Eddie Vedder sigan tocando sus canciones por todo el orbe. También pienso en las historias de quienes no llegaron a la fama y que hicieron de su música una obra tan preciada como la de él. La alemana Sibylle Baier o el norteamericano Arthur Russell, podrían llegar a ser en nuestra memoria artistas a los cuales también admirar. Y pienso en el valor de la expresión sin distinciones, la misma que clausuramos desde el prejuicio hacia quienes padecen complicaciones mentales, y que iniciativas como Radio Diferencia o Radio Locura en hospitales psiquiátricos de Valparaíso, han reivindicado al facilitar a personas diagnosticadas el dirigir sus propios programas y abrirse con libertad a compartir lo que piensan, tal como Johnston en esos largos minutos conversando con su grabadora, tal como en sus canciones.

Daniel Johnston

Cuando aún no fallecía, Mabel, su creyente madre, aseguró que Daniel iría al cielo por ya haber pasado por un infierno, y Margary, su hermana, advirtió que su arte no era infernal, sino un trabajo feliz y con un concepto basado en el amor: “Un superhéroe vendría a salvarle y entonces se convertiría en un buen chico”. Esas alusiones son para mí un consuelo y una definición. Pienso que, sin paradigmas de por medio, la plenitud tras la muerte es una indiscutible retribución a su nobleza. Y pienso también, en términos universales, que es a veces la vida a cuestas lo que determina cuán auténtico, importante y hermoso es el arte creado durante ella. Johnston, ni en su música ni en sus historietas cedió a las fuerzas demoníacas que siempre estuvieron a la expectativa de una crisis, el tormento, la rendición. Los medicamentos le ayudaron a mantenerse conectado a la realidad, pero fue con sus canciones y superhéroes que venció a la maldad —como él decía— y se mantuvo por largo tiempo a salvo. Más aún, nos regaló estas armas, el argumento de su trascendencia, una gallarda y hermosa declaración para invitarnos a perseverar en las dificultades y no vivir nuestras vidas en vano.

A mediados de 2018, Meltdown Comics —que curiosamente ese día era atendida por un chileno, Francisco— cerró sus puertas por última vez después de 25 años. Aún recuerdo la fachada, la noche cálida, el júbilo al salir de allí y querer contárselo a todo el mundo. De a poco la veo oscurecerse; y de fondo, escucho “Life In Vain” y a Daniel despedirse: We’re giving it up so plain / we’re living our lives in vain / We gotta really try, try so hard to get by / And where are we going to? / Goodbye... Goodbye…

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