Camiroaga de culto: cinco capítulos recónditos que explican al animador

Luciano Bello en la Teletón. Foto: Archivo histórico/ Cedoc Copesa

A diez años de su muerte en el accidente aéreo de Juan Fernández, aquí un repaso por personajes, historias y momentos que consagraron al animador como una figura pop cuyo alcance fue más allá de la TV.



*Mi mentor fantasma

Felipe Camiroaga le debe parte de su carrera -o al menos el inicio, el despegue, ese espaldarazo del primero que cree en ti cuando aún eres nada- a un personaje desaparecido desde hace décadas de la televisión chilena: Fernando “Pelado” Lira, director de varios programas en el canal 11 de los años 80, pero famoso por transformarse en Extra Jóvenes en una de las primeras voces en off de la pantalla local, disparando con tono cavernoso desde el switch chistes y comentarios al margen, posta que luego tomarían otros emblemas de la presencia televisiva fantasmal, como Pato Frez.

En el caso de Lira, su apuesta por Camiroaga se debió más bien a una medida de emergencia. En 1988 dirigía el espacio juvenil Videotop, conducido por Justus Liebig, voz emblemática de la antigua radio Carolina. Pero un día, Liebig cayó enfermo. Lira se acordó de un asistente de producción del área de prensa, de sólo 22 años, que había conocido en los pasillos del canal, alto, de buena facha, ánimo ligero y humor algo afilado.

Lo convocó para ocupar el puesto. No fue la mejor idea. El fuerte de Camiroaga no era la música ni el manejo del inglés, por lo que le pidieron que volviera rápido a su trabajo tras las cámaras.

Pero Lira tenía el olfato de quienes intuyen que un traspié no marchita a un posible diamante en bruto. Porque puede que Camiroaga no haya manejado con fluidez a las bandas anglo del momento, pero sí tenía frescura y vitalidad en la aún adormecida TV local de los 80.

Camiroaga y Salosny

Por lo mismo, lo telefoneó a fines de 1989 para que se integrara al espacio Extra Jóvenes -que ya llevaba cinco años al aire al mando de Katherine Salosny-, pero sólo como panelista esporádico. ¿La sección? El baúl de los recuerdos, un nombre nada original para un segmento que miraba al pasado pero que se adelantaba a un ejercicio que marcaría el futuro: Camiroaga abría una maleta donde mostraba objetos pretéritos que le servían además para evocar trivia pop de antaño. Retromanía antes de la retromanía.

Pero el mayor futuro que portaba ese baúl de los recuerdos no estaba en sus piezas sino que en lo que generó entre Salosny y Camiroaga: química pura. El “Pelado” Lira sintió que había llegado el momento: en 1990 decidió sentar a Camiroaga al lado de Salosny e inauguró la mejor era del programa.

Eso sí, fue un lapso breve. El mismo talento percibido por Lira fue detectado por los ejecutivos de TVN, quienes en 1992 ficharon al conductor para una nueva aventura matinal llamada Buenos días a todos.

En ese punto, Camiroaga y Lira separaron sus destinos. El director siguió hasta 1995 en el canal -ya bautizado como Chilevisión-, pero después se alejó de la TV por asuntos personales. Su derrotero posterior, de hecho, estuvo muy distante de las cámaras: fue jefe del área de recuperación de ventas de Falabella, tuvo cargos de administración en el Parque Arauco y en la Universidad San Sebastián, y hoy se desempeña como jefe de plataforma de Entel.

Su apuesta de aguantar a Camiroaga pese al revés inicial sería el sino que cruzaría buena parte de la trayectoria del animador. Una parte casi mayoritaria de su primera década en la red estatal fue puro ensayo y error, sacudirse de varios bodrios para después ver la luz: en el registro quedan el mismo matinal (duró apenas siete meses), La gran apuesta, El chapuzón y Contigo en verano -además de su debut actoral como Aldo Tapia en Jaque mate- antes de consolidarse como el animador más sólido y versátil del medio local.

El éxito de Camiroaga se construyó en un camino muy largo. Y en el inicio estuvo ese protagonismo sin rostro de Fernando “Pelado” Lira.

Mándame un saludo

Una de las claves del éxito de Camiroaga en Extra Jóvenes fue un bien escaso en la pantalla de esos años: el humor. Pero no sólo la chispa de una buena talla, sino que algo aún más ausente: reírse de sí mismo. El rostro que nunca se toma tan en serio.

¿Ejemplo? Cuando La Ley llegó hasta el programa juvenil en 1991, luego de un resonante éxito de su versión para Angie de The Rolling Stones, el conductor le reconoció en cámara al grupo que unos días antes había comentado al aire que las bandas chilenas no debían cantar en inglés. “Una estupidez que se me ocurrió”, admitió sin nunca adquirir pose de especialista.

Ese ánimo a momentos mordaz lo llevó a idear sketches y momentos que sólo estaban reservados por esos días al Jappening con Ja: reírse sin problemas de otros espacios de la TV nacional. Ahí donde el Jappening imaginó Feas y patudas para replicar la telenovela Bellas y audaces, Extra Jóvenes hizo lo propio con 24 holas para sacarle la lengua al engolado 24 horas de la red pública.

El animador en 24 Holas. Archivo Histórico/ Cedoc Copesa

Acompañado por Marcelo Comparini, la dupla aparecía ataviada con ternos de cartón -como circunspectos lectores de noticias- y se dedicaba a enviar saludos anotados en papelitos. Sí, también parecían unos muppets con rostro humano.

El humor fue una virtud que Camiroaga no extravió nunca -el posterior Luciano Bello lo corrobora-, aunque su partida de Extra Jóvenes acabó con el falso noticiero de los trajes acartonados.

En su reemplazo, llegó alguien mucho más real y movedizo: el Guille, semi leyenda de la generación tevita noventera, encarnado por Hernán Hevia, y célebre por su barba pintada con plumón, sus irrupciones en medio de los colegios que participaban en el programa y por ese baile de Chiquetere en que los brazos se mueven de arriba hacia abajo para propulsar el cuerpo como un émbolo de éxtasis y ritmo.

Soy el mejor

Parece que su objetivo fue siempre descolocar un poco las prácticas mesuradas en que descansaba la pantalla chica. La estampa ridícula y boba de 24 holas fue sólo el germen que luego amplificó en su personaje más recordado: Luciano Bello, ese animador estridente mezcla de Elvis embutido en un casino con el Puma Rodríguez en su sabor más caribeño, y que se atrevía a decirle pesadeces a otros rostros, cuando lo que reinaba era esa suerte de fair play donde nadie podía lanzar ni siquiera una mueca de desdén al prójimo. Ahí también rompió la lógica de la figura televisiva atrapada en una correcta solemnidad donde sólo vale hablar lo justo y necesario.

Bello aterrizando en grande, en helicóptero. Foto: Archivo histórico/Cedoc Copesa

Camiroaga -o Luciano Bello- también fue en parte Yerko Puchento mucho antes de Yerko Puchento. Porque el personaje dientudo y estrafalario se permitía insolencias como pedirle una foca a Don Francisco o reírse en su cara de esa cancioncita llamada El pachi pachi.

El personaje nació en La noche del Mundial, programa desprendido de la participación de Chile en Francia 98, y fue creación del mismo conductor, según contó el director Mauricio Correa en el programa El camino del comediante (Canal 13). Él también hacía los libretos y prefería que todo se diera fluido e inesperado: para la primera emisión, se desapareció del estudio, se fue a disfrazar y pidió volver al set en un momento fuera de todo cálculo y planificación. Entró bajo la fanfarria del tema See see rider y el rating nunca más bajo.

“Eso era la genialidad de Camiroaga. Eso era lo que lo hizo distinto a todos”, sentenció Correa en el mismo programa, agregando que -otra vez- ni los mismos ejecutivos de la estación creian mucho en el personaje de bufanda y lentejuelas

Es muy posible que hoy el humor de Bello sea visto con cierta inclinación machista, por su actitud hacia las mujeres y por su obsesión con el aspecto físico de ellas. Pero al menos en el Chile de hace casi 25 años, su carácter más deslenguado con sus pares televisivos y con el medio en general no pasó inadvertido.

Camiroaga rock

En varios momentos de su carrera, Camiroaga estuvo en el momento justo y en el lugar indicado. Cuando por ejemplo el rock chileno vivía un florecimiento de nuevos nombres y sonidos, los que sí o sí tenían que pasar por Extra Jóvenes, la vitrina juvenil más importante de principios de los 90 en la TV chilena.

Tuvo la oportunidad de entrevistar a Los Tres presentando el video de Amor violento; a La Ley mostrando sus primeras grandes cartas con la salida del casete de Doble opuesto; y a Los Prisioneros en un sentido inverso, en el camino de vuelta, despidiéndose de los escenarios en 1991, en el último show que dieron en televisión en la primera etapa de su carrera. En rigor, Camiroaga tuvo al frente historia pura de la música del país.

Quizás fue una revancha del mal debut de Videotop. Vaya que sí: años después, el animador fue tentado por MTV para poder integrar sus filas, cuando la señal todavía poseía la videomúsica como parte de su médula.

Por lo demás, siguió entrevistando a músicos en los programas que luego lo consolidarían entre fines de los 90 y los 2000. El propio Jorge González en su vida solista no tuvo problemas en asistir a Pase lo que pase y Animal nocturno, ambos de TVN. También regresó a Extra Jóvenes, aunque ya en 1999, cuando estaba al mando de Daniel “Huevo” Fuenzalida.

Simbólicamente, una canción de un conjunto chileno se convirtió en el himno del adiós del Halcón hace una década: Ángel para un final, original de Silvio Rodríguez pero en la versión de Los Bunkers. Era su composición predilecta. Era la que quería que se escuchara fuerte en su funeral.

El retiro

A mediados de 2011, sólo un par de meses antes de su muerte, Julián Elfenbein le preguntó en pleno Buenos días a todos a Camiroaga dónde pretendía pasar la etapa más adulta de su vida. Básicamente, en qué lugar residiría tras decir adiós a la TV. El fallecido comunicador no lo dudó ni un segundo: “Me voy a ir a Coihueco”.

Camiroaga visitaba esa zona desde que era niño para pasar sus vacaciones y en mayo de ese mismo 2011 -según informó este medio- había comprado un predio de 200 hectáreas que le costó cerca de $ 700 millones, ubicado en el sector de La Palma, a medio camino en la ruta que conecta Chillán con Coihueco. Uno de sus mayores anhelos era limpiar el fundo y habilitarlo para la crianza ganadera, actividad a la que se quería dedicar fuera de la pantalla. Incluso en ese momento ya había adquirido 50 vacas, las que convivían con una docena de perros y caballos que habían sido trasladados en un flete desde su casa en Chicureo.

El animador a fines de 2007. Foto: Archivo histórico/Cedoc Copesa

El responsable de su flechazo con el sur fue su propio padre, Jorge Camiroaga Puch, quien lo llevaba desde pequeño hasta allá, impulsado también por la empresa de la que era propietario, Moller & Camiroaga, consagrada a la comercialización de maquinaria pesada. Incluso en 2005, al animador lo hicieron miembro del Club de huasos de Coihueco.

Todo estaba listo para que fuera el refugio de su vida adulta. No fueron pocas las señales que dio de su hastío de la TV, sobre todo después de ser abucheado en la entrega de los Copihues de Oro de 2010, cuando parte del público lo culpaba por la salida de Salosny de Buenos Días a Todos. El retiro ya merodeaba su hoja de ruta.

Pero sus nuevos rumbos no se pudieron cumplir. El 2 de septiembre de 2011 todo aquello tuvo el punto final más inesperado.

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