La noche en que Raúl Zurita intentó quedar ciego arrojándose amoníaco

Fue en 1980 cuando el poeta llevó a cabo una de sus acciones más recordadas, y que, para su suerte, no terminó bien. Por lo demás, la relata en su último libro.



Fijó los párpados con tela adhesiva. La idea, como en la recordada escena de La naranja mecánica, era que los ojos no se cerraran en ningún momento y que el líquido entrara presto y sin obstáculos.

En un bidón ubicado en la pieza del fondo de la casa en calle Lincoyán, en Ñuñoa, donde vivía, tenía almacenado el amoníaco. Para la noche del 18 de marzo de 1980, Raúl Zurita era entonces un poeta que había publicado su primer libro, Purgatorio, el año anterior, vía Editorial Universitaria. Para el segundo, Anteparaíso, tendría que esperar dos años más.

Pero no nos desviemos. En ese marzo, según cuenta el mismo Zurita en su reciente libro Sobre la noche el cielo y al final el mar, había decidido cegarse usando amoníaco. En tercera persona, cuenta: “Pensaste que era más efectivo arrojarte ácido y listo, pero no querías que las quemaduras te desfiguraran toda la cara”.

Entonces, el amoníaco fue una alternativa que estudió. “Habías leído en un manual de accidentes del trabajo que el amoníaco causaba lesiones irreversibles en las córneas y que con una pequeña cantidad bastaba”.

¿Por qué alguien decide cegarse? En el citado libro señala que tuvo que ver una imagen que lo impactó. Su entonces pareja, Diamela Eltit (a quien no identifica directamente) se sacó unas fotografías en que mostraba unos tajos en brazos y piernas, además de quemaduras en partes de su cuerpo, las cuales cubría con vendas. Meses antes, el poeta se había quemado su mejilla. Era una espiral en la que ambos parecían empecinados en dañarse. “Parecía una competencia en el daño, en cuál de los dos llegaría más lejos en esa furia mutua que incluía la autodestrucción”.

En esa competencia, Zurita había decidido que los ojos no le eran necesarios y que para eso tenía a su pareja. “Todo era al final tan simple: tú querías literalmente que ella fuera tus ojos, Que ella viera lo que tu ya no podrías ver”.

Así que decidió hacerlo. Para esos efectos, decidió acudir a Cerrillos, la zona industrial por excelencia de la capital. Hasta ahí llegó Zurita arrastrando un pequeño bidón plástico azul. Fue muy simple. Pidió, le llenaron el bidón, pagó, y se fue. Claro que no contó con el detalle del penetrante y fuerte olor del líquido.

Ese 18 de marzo, mientras su pareja se encontraba al lado, en el living, departiendo junto a un amigo del poeta, este echa un poco de amoníaco en una taza. El vaho insoportable comienza a copar la habitación y a picar los ojos que intentan por inercia zafarse de los adhesivos. Antes de arrepentirse, se arroja el amoniaco a los ojos y el vate se va con silla y todo al suelo.

A las horas, se encuentra en la Asistencia Pública. Los párpados, en un acto desesperado, habían finalmente logrado desprender los adhesivos. El acto de ceguera voluntaria no había resultado.

“Siento un gran alivio de que no haya resultado, pero no me arrepiento. ¿De qué podría arrepentirme? ¿De haberlo intentado y de que no haya resultado? La poesía tiene vocación de extremos, no es un arte para amarillos”, dice el mismo Zurita consultado en 2021 sobre el episodio. Posteriormente vendrían una serie de libros y premios: Anteparaíso, Canto a su amor desaparecido, El día más blanco, Zurita, Tu vida rompiéndose y uno cuyo título tuvo más sentido que nunca tras el episodio: La vida nueva. Literalmente, lo fue.

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