La difícil trastienda de El obsceno pájaro de la noche (y cuando Buñuel la quiso llevar al cine)

Publicada en 1970, la trama tuvo la visión de una persona deforme como disparador. Pero con los años, José Donoso la fue complejizando con historias de familiares y leyendas del campo chileno. Le tomó casi "siete u ochos años" escribirla, y fue un doloroso episodio de salud el que finalmente le hizo cuajar todo.



La idea al principio era hacer algo corto, al menos esa era su expectativa cuando se acomodó frente a la máquina de escribir. Cuando María Pilar, su mujer, le preguntó qué iba a hacer, José Donoso respondió: “Solo sé que quiero escribir una novela muy sencilla y clara, sin ninguna de las experimentaciones y dificultades que estos escritores que tanto me han gustado están haciendo”.

Esos “escritores que me han gustado” eran básicamente tres: el cubano Alejo Carpentier, el mexicano Carlos Fuentes y el argentino Julio Cortázar. Del primero, había leído Los pasos perdidos y El acoso; del segundo, La región más transparente; y del último, su fundamental Rayuela. Todas novelas poco apegadas al formato tradicional.

Eso lo relató él mismo, años después, en un texto titulado Claves de un delirio, que hoy se encuentra en la edición de Alfaguara de El obsceno pájaro de la noche, la novela publicada en 1970 y resultante de su intento por escribir algo breve. Corría 1960, y por entonces Donoso ya había publicado su primera novela, Coronación.

El monstruo del auto

Como suele ocurrir, siempre hay un disparador que siembra la idea inicial. Eso, según palabras del mismo autor, ocurrió tres años antes, en 1957, mientras transitaba por Santiago en compañía de su amigo Fernando Rivas. Entre talla y talla, algo llamó la atención de Donoso. Un lujoso automóvil negro llevaba un singular pasajero en su asiento trasero.

“Un muchacho de edad indefinida, aunque ya pasada la adolescencia, magníficamente vestido -camisa de seda, traje de franela listado-, pero totalmente deforme. Era un enano, un gnomo, una criatura de feria: la cara cosida, los ojos asimétricos, la nariz estropeada, el labio leporino....todos los accidentes e irregularidades que puede tener un rostro, incluso la saliva brillando en los labios y la lengua que asomaba un poco. El cuerpo era igualmente deforme, con las piernas cortas y nudosas, torcidas, y la mano -aferrando una manilla colgante a su lado, lo que le permitía reclinarse tan cómodamente, tan lujosamente en el interior del coche- igualmente nudosa y de dedos cortos”, relató en Claves.

Al comenzar a escribir la novela -en una casa de campo alquilada en el sector de Santa Ana, en Santiago-, Donoso comenzó a relatar el nacimiento de ese ser deforme que vio tres años antes y cuya imagen no había olvidado. Le inventó un apellido vinoso: Azcoitía y luego siguió un peregrinaje que según su autor “duró entre siete y ocho años”.

Otro aspecto importante -y que cruza varias de las novelas de Donoso- es la presencia de una casona. En este caso, Rinconada, donde los Azcoitía terminan por crear un micromundo de monstruos y seres repugnantes. “La palabra casa y la palabra novela son una y la misma para mí”, reconoció. Y una casona que lo inspiró fue el Convento de las Monjas del Buen Pastor, ubicada entonces, en la actual comuna de Independencia, la cual conoció en compañía de sus amigos Jorge y Poli del Río. El escritor simplemente se enamoró del edificio y lo incluyó en la novela como la Casa de Ejercicios de la Encarnación de La Chimba.

La novela fue armándose lentamente, con un primer título definido: El último Azcoitía. Pero fue en su estadía en España, a finales de los 60, cuando Donoso pudo dar con la novela, que ya estaba lejos de ser breve y sencilla. “Fue en España que logré escribir, por fin, El obsceno pájaro de la noche, con lo cual, al parecer me deshice de una vez y para siempre de todos los fantasmas de ese Chile reaccionario, residual, donde había crecido, que me repelía y me fascinaba a la vez, pero que en todo casi me tenía -y tal vez todavía me tenga- preso en sus garras”.

José_Donoso,_1981

Crear un mito

Para entonces, ya había agregado otra capa a la novela, basada en una historia familiar, la de una tía de su madre, Blanquita Portaluppi, quien falleció soltera en una pensión, y tras su muerte, Donoso se encontró con algo que lo enganchó. “Empezaron a abrir cajones, a mirar bajo la cama vacía, detrás del ropero, adentro, y encontraron que tenía muy pocas prendas de vestir, pulcras y en buen estado, pero que todo estaba habitado por una loca población de paquetes, paquetitos, porquerías que atiborraban los cajones, debajo de la cama, por todas partes con sus signos sin significado, obsesivos, enfermos, inmundos, desde quién sabe cuántos años, recordando quién sabe qué”. Estos paquetes, y la anciana muerta fueron otro mundo más, y a partir de ellos creó una serie de personajes, mujeres ancianas algo locas.

“Estas viejas...tenían algo profundamente significativo: encarnaban todo lo que yo detestaba de mi país, lo retrógrado, lo reaccionario”, relata Donoso. Además, añadió una tercera capa, que denominó “la conseja”, basado en cuentos y relatos de su familia y en historias de brujas de la zona del Maule. “Oí historias de niñas violadas -y embarazadas- por peones de tez oscura, y luego casadas presurosamente con algún tío solterón que sería un padre para ese hijo indeseado. Cuentos de fortunas amasadas o perdidas, de pájaros de mal agüero que cantaban ‘tue-tue’, de años de sequía y de peste”.

Pero tanto material, viejas, monstruos y leyendas del campo, no fueron algo fácil de amoldar. “Todas esas páginas no lograban ajustarse en una sola cosa, en una sola obra”, recordó Donoso. Eso sumado a su apretada situación económica que lo obligaba a trabajar en diferentes cosas que no le interesaban y le dejaban poco tiempo para escribir. Luego, siguieron estadías en México y en Estados Unidos, en la Universidad de Iowa, donde dictó un taller, en esta última, la experiencia estuvo lejos de ser placentera. “Me siguió el dolor lacerante de la úlcera que hacía tiempo me torturaba, y no pude escribir una sola línea de El obsceno pájaro de la noche”.

En España, Donoso y su familia sobrevivieron gracias a la ayuda de amigos, y le cayeron unas lecturas que le hicieron cuajar todo. “Por esa época leí, intrigado, Cien años de soledad, La casa verde y Pedro Páramo. Debe haber sido durante la lectura de alguna de esas novelas que comprendí que los mitos no eran oficiales, sino creados; que se hacen genéricos al ser usados en la ficción; que antes de convertirse en literatura sólo tienen autoridad antropológica, y que un buen escritor puede convertir cualquier cosa en un mito”.

Novela desde el dolor

Desde la madre patria, Donoso viajó a Fort Collins, Colorado, Estados Unidos, a enseñar literatura durante un trimestre, para hacer caja. Ahí, mediante un episodio doloroso, ocurrió lo que le hizo finalmente cuajar todo. “Un par de semanas después de mi llegada a Colorado...sufrí mi tercera hemorragia de úlcera, esta vez sumamente grave, y tuve que someterme a una operación de urgencia. Creo que ese episodio fue el punto de quiebre en la biografía de El obsceno pájaro de la noche”, relata el autor.

Postrado en cama, un profesor de lógica amigo suyo lo acompañó. “Estuvo sentado frente a mi cama mientras yo alucinaba, y tomó notas. Semanas después, cuando yo estaba en recuperación, me mostró esas notas”, recordó. “Toda esa alucinación tenía una extraña estructura que él llamaba ‘una perfecta construcción patológica del universo’...de modo que esta operación logró afiatar en mí El obsceno pájaro de la noche, pude encontrarle por fin una forma a la novela”.

Finalmente vio la luz en 1970, y el cineasta español Luis Buñuel se interesó en llevarla al cine. “Me advirtió que no pensaba filmar a partir del texto tal como yo lo había escrito”, de hecho, la idea era que Donoso ni siquiera pisara el set de filmación, sin embargo, Buñuel le comentó que lo que quería filmar: “Te puedo adelantar que sólo pienso utilizar la parte de las viejas en la casa de la Chimba, pero la parte de los monstruos en La Rinconada no me gusta y no la voy a utilizar”.

Advertencias más, advertencias menos, la idea no se hizo, y finalmente fue el mexicano Arturo Ripstein quien llevó otra de las novelas de Donoso al cine, El lugar sin límites (1978), posteriormente, el chileno Silvio Caiozzi llevó a la pantalla grande Coronación (2000).

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