Cazador de baladas: las memorias del hombre que salvó la música

Harriet McClention cantando para Lomax en un lugar de Sumterville, Alabama. Foto: Ruby Terrill Lomax / Biblioteca del Congreso de EE.UU.

Llega a Chile la primera edición en español de la autobiografía de John Avery Lomax, el investigador estadounidense que hace un siglo recorrió su país para grabar canciones de presos, vaqueros y campesinos, la matriz de lo que hoy entendemos por música popular en Occidente.



Si la película Yesterday (2019) imaginaba un mundo sin los Beatles, habría que imaginar un mundo sin John Avery Lomax. No es fácil. Sin él, probablemente, no hubiesen existido los Beatles, no al menos como los conocimos. Tampoco los Rolling Stones, ni Bob Dylan, ni Nirvana, ni el blues, ni el folk y su revival, ni buena parte de la rica tradición de música afroamericana en EE.UU. que desemboca en el hip hop. Tampoco el rock ni todas sus variantes. La música popular del último siglo le debe demasiado a este investigador cuyo impacto ha trascendido fronteras y del que no se sabe mucho fuera de su país.

Cazador de baladas, editado por primera vez en español y disponible desde este mes en librerías chilenas, ayuda en parte a enmendar esa omisión histórica. Publicadas originalmente en 1947 -un año antes de su muerte- bajo el título de Adventures of a ballad hunter, las memorias de Lomax sirven para entender lo fundamental del trabajo que realizó entre fines del siglo XIX y mediados del XX, recorriendo miles de kilómetros y 33 estados para recolectar y grabar en terreno el variado folclor de su país. Desde cantos tradicionales de vaqueros a lamentos surgidos en iglesias, cárceles y campos de algodón del sur, la matriz de diversos géneros que hoy se entienden como música popular en Occidente, transmitida hasta entonces por tradición oral y que sin los registros de Lomax muy probablemente se hubiesen perdido, al menos parcialmente.

“Toda mi vida me han interesado las canciones de la gente, la expresión poética y musical íntima de las personas analfabetas, un grupo del que provengo directamente”, reconoce en sus páginas el pionero de la musicología yanqui, quien se interesó por el canto tradicional gracias a Nat Blythe, un joven sirviente negro de su familia que de niño le mostró las melodías que lo fascinaron.

J. A. Lomax junto a su hijo Alan, quien siguió sus pasos y expandió su trabajo.

Desafiando el desdén de la academia hacia un arte considerado inferior, en 1908 salió a recorrer su país en busca del canto regional de cada zona, premunido de un viejo fonógrafo Edison y cilindros de cera, tal como años después harían Violeta Parra, Margot Loyola y Gabriela Pizarro, las tres folcloristas por excelencia de la historia musical chilena. Una labor que continuó durante las siguientes décadas, acompañado por su hijo Alan y cambiando el caballo por un Ford.

De allí salieron varias antologías en su momento rupturistas y a la postre fundamentales (como Cowboy songs and other frontier ballads, de 1910, y American ballads and folk songs, de 1934); cientos de piezas perdidas de la “América profunda” que se convirtieron en standards del cancionero estadounidense (Down in the valley, Dixie, Cotton eye Joe, Yankee Doodle, la Amazing grace que cantaron Elvis, Aretha Frankin y tantos otros) y, en total, cerca de 10 mil grabaciones que hasta hoy preserva el archivo de la Biblioteca del Congreso estadounidense.

Nacido en Mississippi y criado en Texas, Lomax mostró una vocación inquebrantable para salir en busca de los tesoros de cada rincón de su tierra, con una disciplina que hasta entonces no existía. Con memoria prodigiosa, el profesor de literatura inglesa va reconstruyendo en su autobiografía historias de vida cargadas de heroísmo anónimo, sus encuentros con cantores perdidos en el mundo rural, el hallazgo de melodías de legendarios forajidos y de mineros californianos, de cantos a la tirolesa para arrear ganado y de espirituales de esclavos que luego darían forma al gospel.

Cazador de baladas (editorial Planeta) llega este mes a librerías chilenas.

Paradójicamente, las baladas más hermosas aparecieron en los sitios más hostiles. En una cárcel de Texas grabó por primera vez a James “Iron Head” Baker y Moses “Clear Rock” Platt, profetas de los “gritos de campo” que los presos interpretaban durante los trabajos forzados, precursores del blues. En la Penitenciaría estatal de Louisiana, conocida entonces como “la Alcatraz del Sur”, azotado por un régimen de abusos y aislamiento cercano a la esclavitud, se le apareció Lead Belly, la joya de la corona, el reo acusado de asesinato que le mostró Midnight special, In the pines y otros himnos que años después se volverían clásicos modernos y que el investigador bautizó entonces como “country blues”, para luego tramitar su libertad condicional y convertirlo en su asistente de campo.

“Sin Lead Belly no habría existido Lonnie Donegan; sin Lonnie Donegan, no habría Beatles”, sentenció alguna vez George Harrison. Lo propio hizo el irlandés Van Morrison durante un masivo homenaje al legendario cantante, a quien presentó como la piedra fundacional del blues, del rock británico de los 60 y su posterior “invasión” a EE.UU., gracias a un repertorio que, de no ser por Lomax, probablemente hubiese muerto junto a su autor. El mismo que Kurt Cobain presentó a una nueva generación de auditores versionando Where did you sleep last night en el célebre Unplugged de Nirvana de 1994.

El cazador de baladas murió en 1948 sin poder ver todos los frutos de su trabajo y sin poder cumplir su real objetivo. “Viajando por el sur estos últimos años me doy cuenta que siempre estoy buscando a Nat”, reconoce en el libro sobre el viejo amigo y mentor que nunca pudo volver a encontrar. “Sus amigos negros creen que lo asesinaron por dinero y que su cuerpo (...) fue arrojado al río Bosque”, se lamenta.

Fue su hijo Alan Lomax quien continuó y expandió su legado, “descubrió” a Muddy Waters, presentó a Woody Guthrie y Pete Seeger a las masas y llevó la forma de trabajo de su padre a otros formatos y rincones del planeta, llegando a grabar cientos de horas de folclor europeo, caribeño e incluso cantos chamánicos selknam en Tierra del Fuego.

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